Martes, 12 de Diciembre de 2017

Entrevista

Para la escritora la alimentación es nuestro derecho y preservarla es nuestro deber

Lena Yau: "Siendo dueños de nuestra historia culinaria también se hace resistencia"

Lena Yau:
Lena Yau, narradora, poeta, periodista e investigadora venezolana, residenciada en España, aboga por la comida como forma de resistencia - Fotos: Cortesía Lena Yau
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  • Rubén Darío Rojas
Especialista en vincular literatura y gastronomía, la autora venezolana residenciada en España, cuenta en exclusiva para Contrapunto su especial relación con los sabores venezolanos y sus ideas sobre la "literatura gastronómica"

La conversación telefónica con la escritora gastronómica venezolana Lena Yau, derivó en un cuestionario que le permitió a la escritora, desde su espacio de confort, responder pausadamente, sin preocupación de husos horarios ni distancias, las preguntas que le hicimos desde Caracas.

–Cuentos, novelas, poemas, ensayos se inspiran o tienen como protagonistas a cocineros, platos, ingredientes o sensaciones referidas a sabores y olores, algunos textos son realmente recetarios “dramatizados”, ¿en qué casos tú crees que se puede hablar de "literatura gastronómica"?

–Se entiende como literatura el arte de la expresión verbal, el conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género y el conjunto de las obras que versan sobre una determinada materia. Esas son las tres primeras acepciones que maneja el diccionario de la Real Academia Española cuando consultamos el término. Hablamos entonces de literatura gastronómica desde esos y muchos más ángulos. Desde el punto de vista verbal, todo contenido de transmisión oral y escrita que gire alrededor del universo gastronómico es literatura.

Desde el punto de vista de un cuerpo que engloba lo que se produce en esa materia en un territorio determinado (en el caso que nos ocupa, nuestro país) es literatura gastronómica venezolana y, en el caso de los géneros, se abre de nuevo el abanico de opciones: los recetarios y manuales, los textos que recogen las biografías de los cocineros y restauradores, los diccionarios y glosarios culinarios, los libros de antropología e historia de la alimentación, las guías de restaurantes, las reseñas y críticas a platos y productos en publicaciones periódicas impresas y digitales.

También los que enfocan el tema de manera lateral: los diarios, los diarios de viajes, las crónicas de Indias, los textos sagrados, los libros que dan cuenta de la presencia de convites, banquetes y bodegones en la obra pictórica de un determinado artista, los estudios que analizan los usos y costumbres en la alimentación y la mesa y su evolución en el tiempo, en fin, todo aquello que se centre en o rodee al alimento, a la mesa, a la cocina, a lo culinario, es literatura gastronómica.

A esto hay que sumar los trabajos de ficción: novelas, cuentos, poemas, micro cuentos, gastroficciones. En estos trabajos, el discurso gastronómico puede ser central y descriptivo, soterrado y simbólico o una mezcla de lo evidente y lo cifrado. En el primer caso se encuentran "Como agua para chocolate", de Laura Esquivel; "El festín de Babette", de Isak Dinesen; "El Gourmet", de Lu Wenfu. En el segundo caso las novelas de Coetzee, de Herta Müller o la poesía de Juan Gelman. Y en el tercer caso, "Réquiem", de Antonio Tabuchi; "Una mosca en la sopa", de Charles Simic y "El Rodaballo" de Gunter Grass.

"Hormigas en la lengua" ha inspirado a cocineros y artistas interesantes propuestas

–El tema sensorial es fundamental en tus escritos, al menos así lo percibo yo ¿Cómo entra a tus letras ese tema?

–No fue una decisión consciente. Traduzco la vida desde lo onírico, y lo onírico es el relato derruido y yuxtapuesto de lo que ocurre en vigilia. El sueño busca recomponer un puzzle, armándolo con algunas piezas boca arriba y otras boca abajo. El intento de conexión da lugar a un tejido sinestésico. Al despertar el remanente de ese código de lectura entinta al código de vigilia y ya no somos capaces de percibir la realidad en su naturaleza inmediata, ya no queremos lo fáctico. Eso es lo que me sucede a mí. Al no encontrar un interlocutor que maneje esa lectura, sólo me queda el papel. Por eso escribo. Por eso me comunico desde la escritura. Siempre filtro la realidad desde la comida. Desde que tengo conciencia, la mesa, los platos, los sabores, tanto en lengua como en letras, me dicen al mundo. Al dormir y soñar, la presencia de lo sensorial permanece. Lo interesante es que en vigilia lo sensorial es un espacio de libertad. En los sueños esa libertad se eleva a potencias sin número posible.

La escritora venezolana ojea desde la distancia los sabores de Venezuela

"Comencé a escribir y no sabía que los elementos relacionados con los sabores, con el paladeo, con la oralidad, con la lengua que lame, que gusta, que pronuncia, vertebraban mi trabajo. Sólo cuando comencé a leerme, a conversar con amigos, a analizar mis lecturas y la forma de hacer esas lecturas y a repasar mi diario, me di cuenta que mi cartografía se movía en esos vértices. Escribir y leer son memoria y la memoria es caprichosa", explica Lena.

–¿Cuál es el plato de infancia que más recuerdas, o extrañas, y del que quisieras escribir?

–Más que platos, recuerdo y extraño dos cosas: la reciedumbre de los ingredientes y la posibilidad de comerme al paisaje directamente desde el paisaje. Lo primero no es necesariamente sublime, estético, ensoñador. Pero para mí es la perfección: la tierra húmeda que llena las raíces del cilantro y en las se puede oler la lluvia, la resina acre y pegajosa que lloran los mangos, los huevos de gallina con plumitas y caca, la piña que rebanas y te agua los ojos, que muerdes y te rompe el velo del paladar, el jugo de caña que deja poso en el vaso de plástico, la carne de Santa Bárbara: llevarte un trozo a la boca es sentir el calor, es escuchar los pasos de las reses. En cuanto a lo segundo, echo de menos el placer de comerme al paisaje en el paisaje: comerme una lapa recién despegada de la piedra, sorber un erizo abierto recién sacado del mar y abierto en dos mitades por las manos de mis padres.

El azar me ha premiado con amigos que son genios de los fuegos y que me hacen volver a esos lugares de infancia. Crean platos que, sin ser los mismos, y muchas veces sin tener los ingredientes de mi añoranza, me trasladan a esos lugares que mi memoria gustativa reclama. Intuyen mis querencias y las calman. Pero sólo lo justo. La querencia siempre debe estar viva. Me queda pendiente escribir sobre esto. También sobre el huevo que no llegó a ser pollito y regalarle el texto a Sumito. Me queda por escribir sobre muchos goces y sobre muchos “no goces”. Los alimentos hacen un diccionario y los diccionarios son una invitación constante a crear.

Portada del glosario de "Literatura y Gastronomía" por Lena Yau

–La escritura es una forma de resistencia, ¡ahora insistimos que la cocina también los es!, ¿cómo hacemos resistencia desde las ollas?

–Entendiendo que la alimentación es nuestro derecho y que preservarla es nuestro deber. Comprendiendo que si bien nos secuestraron el alimento tangible no podemos permitir que nos secuestren el alimento simbólico.

El alimento simbólico es aquel que nos explica como cultura. Para proteger la historia de nuestra alimentación y el futuro devenir de la misma, tenemos la palabra. El día que dejemos hablar de comida, olvidaremos las palabras que designan a los alimentos que no están, y si olvidamos esas palabras, perdemos los recursos para reclamar su regreso. Asumiendo que elegir lo que comemos, sentir placer mientas se cocina y frente a la mesa, glosar el disfrute, golosear el paladar, alimentarnos como decidamos, son acciones inherentes a la libertad.

Haciéndonos dueños de nuestra historia culinaria; leyendo textos que explican por qué somos maíz, ají y casabe; siendo conscientes de la ruta de nuestras preparaciones; descifrando qué ingredientes de nuestro mapa tienen una receta, qué ingredientes vinieron en barco.

Apoyando a nuestros productores, a nuestros cocineros, a nuestros cronistas, a nuestros emprendedores, a nuestros centros de enseñanza, desde los primeros años educativos hasta la universidad, desde la señora que enseña a hacer tortas y postres en su casa hasta las escuelas culinarias; cuidando nuestros fondos bibliográficos; atendiendo actividades en centros culturales y librerías; asistiendo a los festivales y concursos populares de comida; siguiendo el trabajo que hacen los gestores de la cultura gastronómica y la Academia.

Comiendo lo que leemos y leyendo lo que comemos; defendiendo a nuestras recetas de cualquier intento de falseamiento e ideologización; no permitiendo que se haga de nuestra comida un vehículo de propaganda; cocinando siempre, registrando las recetas que se han inventado para paliar la crisis; documentando cada cambio en nuestras costumbres; conociendo el nombre de nuestros frutos, de nuestros peces, de nuestras legumbres; ubicando la responsabilidad de la crisis alimentaria a quien corresponde.

El cocinero hace su trabajo. Él no creó el hambre. Por el contrario, su hacer busca mantener el hambre a raya, no sólo atendiendo comensales sino como fuente de trabajo para un grupo importante de trabajadores. Agarrando la sartén por el mango para guisar cuando toca, y para protestar haciendo de ella un tambor, tantas veces como sea necesario. Diciendo comida con la misma fuerza que decimos sol cuando llueve. Así. Sigamos diciendo comida.

https://www.youtube.com/watch?v=kb2hnNNFUi8