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Miércoles, 23 de Mayo de 2018

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Acuérdate de abril

Acuérdate de abril
El empresario Pedro Carmona Estanga, durante el golpe del 11 de abril de 2002. - Foto: AFP

¿Cómo es posible que se siga dudando que el 11 de abril de 2002 no hubo un golpe de Estado preparado con antelación, que la marcha fue deliberadamente desviada hacia Miraflores sabiendo que iba a haber muertos?

Recuerda, o rebobina. Unas semanas atrás, quizás un par de meses antes, comencé a recibir correos de Américo Martín y Alberto Franceschi, ex dirigentes del MIR y ahora (es decir, en 2002), uno, defensor de las empresas que querían una explotación más abierta y descarada de los recursos mineros de Guayana (un verdadero pionero del proyecto de saqueo ambiental madurista conocido como el Arco Minero), y el otro justificando la necesidad de un “baño de sangre” como única manera de salir de Chávez. Supongo que me tenían en alguna lista, lo cual es raro porque al mismo tiempo muchos amigos y otros no tan me consideraban chavista, a pesar de que ya había difundido en un par de notas, y en una encuesta realizada por una revista española, Lateral, mi consideración del comandante como un demagogo más y en algunos aspectos, un continuador de la política centralista y anti ambientalista de Caldera, con un discurso distinto, pero al final más de lo mismo.

¿Nos estamos desviando? Puede ser. Lo cierto es que ese día, el once, nos encontrábamos dictando un taller de diagnóstico participativo en Kumarakapay, a una hora de Santa Elena y a un siglo de distancia de las actuales redes sociales, cuando apareció el director regional de Inparques con la noticia de que algo muy grave estaba sucediendo en Caracas, por lo que suspendimos el taller y regresamos a las oficinas de EDELCA, donde ya a las dos de la tarde llegaban noticias de que se trataba de un golpe de estado en proceso. También nos llegaron rumores de que en el Comando de la Guardia Nacional estaban celebrando desde el día anterior, el diez, y una amiga periodista, Liliana, sacó de su cubículo –aunque esto pudo haber pasado varios días después– el número de la revista Exceso de ese mes, cuya portada era el empresario Gustavo Cisneros con una banda presidencial, el artículo principal una fiesta a todo dar en su casa del Country con una lista de invitados en la que estaban todos los participantes directos e indirectos del golpe que irían apareciendo mencionados y acusados en los siguientes días, y hasta un horóscopo de Adriana Azzi pronosticando la caída del gobierno en el transcurso de ese mes.

Todos nos fuimos temprano a casa y terminamos frente a la televisión, control remoto en mano, zappeando y tratando de entender lo que estaba pasando. Han pasado dieciséis años desde ese día y hay cosas que no sé si me pasaron a mí o a mi hermano, porque sobre esto volvimos después tantas veces, pero lo cierto es que entre siete y ocho de la noche, cuando Chávez todavía no había sido obligado a renunciar por el alto mando (un golpe de generales que no se contempla en ninguna constitución), vimos pasar rápidamente la figura de un tipo que inicialmente confundimos con Morales Bello, pero que luego reconoceríamos hasta el hartazgo: Carmona el Breve.

También recuerdo de esa noche haber visto a Alfredo Peña pasar por varios programas de entrevistas afirmando que los miembros de la Policía Metropolitana que acompañaban a la marcha no estaban armados y no habían disparado. Y era curioso porque en más de un programa se podía ver claramente imágenes de policías metropolitanos disparando, rodilla en tierra, y no precisamente al aire (a menos que estemos hablando del aire de los pulmones).

En los siguientes días, cuando volvimos al curso natural del gobierno chavista que desembocaría en el actual desastre, leí en El Nacional una entrevista a Allan Brewer Carías donde contaba que días antes le habían mostrado el decreto de Carmona, y él les dijo que no tenía ninguna base constitucional. Que era ilegal.

¿Cómo es posible entonces que se siga dudando que se trató de un golpe de estado preparado con antelación, que la marcha fue deliberadamente desviada hacia Miraflores sabiendo que iba a haber muertos, es más, con los muertos posiblemente ya contados en la ejecución de este plan que debía concluir con la salida de Chávez?

¿Alguien duda todavía de la complicidad de los principales medios de comunicación con este plan, o de la manipulación descarada de las imágenes de Puente Llaguno?

Porque hubo manipulación de las imágenes, y además hubo un juicio y también experticias del CICPC que probaban que desde el puente no se mató a nadie.

Agentes de la Policía Metropolitana durante el golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Foto: AVN

Sí hubo una masacre, pero no fue en Puente Llaguno, y más de un victimario se encontraba del otro lado de las cámaras. Por eso, cuando veo la imagen de Richard Peñalver dieciséis años después, demacrado, enfrentando a opositores en Tenerife que lo denuncian como el “asesino de Puente Llaguno”, no puedo evitar una sensación de escándalo, de malestar y profundo disgusto con una oposición que en abril de 2002 tocó un fondo de barro y mierda, pero sigue sin reconocerlo, o mintiéndose a sí misma y a sus descendientes.

Me pregunto si antes de morir, alguien en Miami encaró a Peña por los muertos del 11 de abril (policías metropolitanos disparando con pistolas y ametralladoras hacia Puente Llaguno, hay fotos, para abrirle paso a una manifestación que ya allí era ilegal), o si le han gritado y lanzado un martini en Manhattan a Miguel Henrique Otero, o si le han vaciado en la cara la copa de piña colada en Punta Cana a Gustavo Cisneros (claro, quitándole el paragüitas antes, no es cuestión de sacarle un ojo). No, ¿verdad? Los únicos gritos que escuchan Cisneros y Miguel Henrique son “¡Por aquí, doctor, por aquí!”.

O a Carmona Estanga mientras se come una bandeja paisa en Bogotá, o al ex general Vásquez Velasco, disfrutando de una paella en Ibiza, o Madrid.

En realidad, a Cisneros y a Otero habría que aventarle los tragos dos veces –lo siento por el inevitable derramamiento de aceitunas– por haber actuado como padres de la criatura y por haber intentado abortarlo a destiempo.

Entretanto, yo sigo creyendo en una oposición democrática, que se deslinde de cualquier clase de aventura golpista y deje de inventarse un pasado heroico que no es tal, tal y como hace con el cuatro de febrero o con los días del Caracazo la dictadura chavomadurista.

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