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Sábado, 20 de Octubre de 2018

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Cable al sur | Literatura, política, memorias y otras ficciones

Alguien que andaba por ahí

Alguien que andaba por ahí
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Y a propósito de estos vínculos entre la literatura y la sangre fría, ¿han escuchado aquello del Che como un Quijote americano? Sí, yo tampoco lo creo, pero ¿se imaginan lo contrario? ¿El Quijote comportándose como don Ernesto?

Es curioso que una exposición dedicada al Che en París me haya hecho pensar en la Casa de Los Regalos, una tienda en el bulevar de Sabana Grande en la que trabajé durante un par de meses en 1978, antes de irme a estudiar a Mérida y en la que por primera vez compartí como un igual con la clase trabajadora, es decir, con un par de vendedores, una cajera y dos muchachos del depósito, entre los que se encontraba un chamo llamado Kelly o Kenny, con el que todos nos llevábamos bien. Yo venía de una especie de militancia en las brigadas socialistas del MEP, a las que me incorporé cuando estudiaba tercer año en el Armando Castillo Plaza, pero había decidido enseriarme y unirme a una célula del MIR apenas comenzara clases en la escuela de Letras. De hecho, no me había hecho mirista desde el principio por la misma razón por la que decidí no estudiar sociología: para no pasarme toda la carrera o la militancia respondiendo a la pregunta “¿Tú no eres el hermano de Caretabla?”. Y la tienda me dio la oportunidad de practicar esa especie de catequesis marxista que era el intento de ganar gente para la “causa”. Esa vez sin éxito debido a la intervención de Kelly, o Kenny, que no había hecho ningún curso de formación ideológica, pero conoció a una cubana que lloraba cada vez que hablaba de lo que habían hecho los comunistas con su país, y eso fue suficiente para alejar a todo el personal de mis ideas.

Sí recuerdo mi actitud de absoluto desprecio por el argumento de Kenny, o Kelly –el llanto de una exiliada–, y algún intento de defender lo indefendible como el hecho de que un gobierno trate a sus ciudadanos como enemigos, o traidores, por no estar de acuerdo con su proyecto ideológico; y he aquí una temprana revelación personal de lo que podríamos denominar como la clásica falta de piedad o compasión de la militancia revolucionaria.

Esa falta de piedad y solidaridad básica con el otro podría explicar, aunque no disculpar, la actitud de Cortázar, si es cierta una historia contada por Salvador Tenreiro en su muro: que Julio habría conocido al Che en Cuba mientras éste daba disparos de gracia a un grupo de fusilados contrarrevolucionarios, y que lo que le quedó de ese encuentro fue un dilema porque éste lo habría invitado a vivir un tiempo en Cuba, y no por el hecho de haber visto a su héroe dando disparos en la nuca a esos desagradecidos que se habían negado a sumergirse en el mar de la felicidad revolucionaria.

Pensando en esto quizás deba sacar de mis relecturas al menos dos relatos de Cortázar en torno al Che y a Cuba: el primero, “Reunión” (en Todos los fuegos el fuego, 1966), convierte un ataque de asma en un concierto de Mozart y en un ensalzamiento de la lucha armada. Y el segundo, “Alguien que anda por ahí” (en Alguien que anda por ahí, 1977), en el que el fantasma de Chopin elimina a un contrarrevolucionario cubano, convirtiendo al compositor polaco en un agente del G-2. Probablemente esté recordando mal los dos relatos, pero no la intención.

Y a propósito de estos vínculos entre la literatura y la sangre fría, ¿han escuchado aquello del Che como un Quijote americano? Sí, yo tampoco lo creo, pero ¿se imaginan lo contrario? ¿El Quijote comportándose como don Ernesto? Un Che Quijano volando molinos de viento u obligándolos bajo tortura y frente a un paredón a autocriticarse y confesar ser gigantes disfrazados; comandando fusilamientos de rebaños de ovejas y apoyando a Sancho en un golpe sangriento en la Ínsula Barataria. Y Dulcinea huyendo al Peñón de Gilbratar y de allí a otra isla con mejor suerte en lo que a libertades se refiere, en donde se convertiría en bloguera.

Y estos cuentos –no los del Che y el Quijote, sino los de Cortázar– vendrían a cuento porque la revancha de Kelly, o Kenny, tardó en llegar, pero finalmente me alcanzó y justamente en la tierra del Che y Cortázar, que nuevamente convergen en la ciudad tan amada por Julio, París, y en una polémica exposición dedicada a un héroe que cada vez se revela más en su faceta de asesino estalinista, a pesar de las franelas y las canciones que lo ensalzan, y gracias a tanto militarismo de izquierda, tan vivo todavía en Venezuela y en otras regiones del globo.

Y la revancha es la incredulidad con la que suelo toparme cada vez que hablo de lo que está sucediendo en Venezuela, de los 26.000 muertos del año pasado, de la hiperinflación y de la escasez y el hambre como herramientas para doblegar a los venezolanos, de la mortandad en los hospitales y la persecución política, de la dictadura narco-cívico-militar vendida al resto del mundo como socialismo bolivariano del siglo XXI. Este escepticismo, justificado por una supuesta manipulación mediática e imperialista –como la que sacó al kirchnerismo del poder– ante lo evidente suele ponerme en un estado que oscila entre la rabia y el llanto.

En algún lugar Kenny, o Kelly, sonríe tristemente, claro, si logró salir del país.

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