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Domingo, 22 de Octubre de 2017

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Amigos invisibles

Amigos invisibles
Supuesta imagen de la supuesta tribu perdida o invisible del amazonas. - Foto tomada de http://spanish.peopledaily.com.cn

En el caso de los pueblos originarios y los gobiernos latinoamericanos, sin importar su orientación política, más vale ser invisible que estar demasiado a la vista. Y aun así, cuando hay intereses económicos de por medio, logran verte

Pudo haber sido en 2008, si nos atenemos a los artículos en internet, o un poco antes, si le creemos a mi memoria, cada día menos confiable, aunque todavía conserve el recuerdo de los tiempos en que mensualmente compraba mi número de National Geographic y lo leía íntegro mientras hacía la cola de la gasolina (¿no es increíble que esté empezando a extrañar la cola de la gasolina?). Transectas de África ecuatorial, pirámides olvidadas en el desierto sudanés, momias peruanas, aves del paraíso, paleoantropología, naciones emergentes en el centro de Asia. Un día de cada mes me sumergía por unas horas en las imágenes y crónicas extraordinarias del mundo y más allá: recuerdo un número dedicado a Marte y otro a las fotografías del espacio profundo tomadas por el telescopio espacial Hubble.

Fue justamente en una de esas inmersiones que me topé con un artículo de un antropólogo brasileño de la Funai (la Fundación Nacional de Ayuda al Indio), sobre un grupo indígena localizado, o intuido, en la frontera amazónica de Brasil y Perú, en la cuenca del río Envira, que todavía no había sido contactado por representantes del mundo occidental y que los antropólogos de la Funai decidieron mantener así, al crear una reserva con un perímetro de selva bajo vigilancia que nadie pudiera atravesar y así evitar el contacto con algún miembro de esta etnia, bautizada por la prensa como los “invisibles”.

Ese mismo año, si fue 2008, como para hacerlos más tangibles, una avioneta sobrevoló el territorio de este grupo logrando fotografiar en un claro en la selva un par de casas y media docena de sujetos amenazando con arcos y flechas al gran pájaro de piedra o como hayan decidido bautizar ese insólito aparato que los intimidó desde el aire (“Pra mim, é uma Cessna 206, rapaiz”, afirmó el chamán), y que de por sí constituyó una forma de contacto.

¿No les parece una digna continuación en la realidad del relato perfectamente inconcluso de “El informe de Brodie”? Y espero que una respuesta literaria a esta pregunta no alerte a los abogados de María Kodama, esa Yoko Ono de la literatura fantástica. El estudio de los amigos “invisibles” podría ser la primera piedra de una vertiente de la antropología: la etnología lacaniana, la investigación de un pueblo a partir de lo que se ignora sobre él y evitando cualquier dato o información basado en un contacto con alguno de sus miembros. ¿Se imaginan? Mientras más lejos te mantengas del objeto de estudio más legítimas serán las observaciones y conclusiones, lo que favorecería cursos y seminarios sobre este pueblo en universidades de todo el mundo, con excepción de las de Acre, por estar demasiado cerca del objeto, es decir, del grupo étnico, por lo que las monografías y papers podrían verse contaminados por algún dato o informante real. Además, siempre estaría la tentación de querer verificar las afirmaciones con algún tipo de trabajo de campo.

Una disciplina de esta clase —sin calor, riesgo de paludismo o informantes irresponsables empeñados en contradecir tu tesis—permitiría revertir la tendencia actual de los pueblos indígenas a desaparecer, víctimas de la deforestación, la minería, la expansión de las fronteras agropecuarias, los proyectos turísticos (esa manía aborigen de escoger lugares bonitos para vivir), o la etnovergüenza pura y simple; no porque se vayan a proteger los pueblos originarios actuales, sino porque podrían reemplazarse con pueblos imaginarios por venir, construidos de modo verosímil y académicamente correcto, con el apoyo de todas las escuelas de antropología del mundo (con excepción de las de Acre, Tocantins, Amazonas venezolano, peruano y brasileño, Bolívar, o Chubut), mientras se pasan al olvido los incómodos pueblos actuales, llenos de contradicciones y reclamos territoriales.

Esta modalidad permitiría también explotar los recursos minerales, forestales y de cualquier otra clase sin necesidad de considerar los derechos de los pobladores actuales.

Ya hay señales que apuntan en esa dirección, como el hecho de que hace un par de semanas se denunciara el asesinato de diez miembros de la tribu de los invisibles (cuyos cuerpos, naturalmente, no han podido ser encontrados), realizado por garimpeiros que pretenden ocupar y explotar sus territorios, aprovechando que el actual gobierno de Brasil parece no estar muy interesado en proteger los pueblos indígenas, sean visibles o no. Una tendencia que va más allá del gobierno de Temer, si consideramos el trato que han venido recibiendo los yukpa en Zulia o los diputados indígenas no reconocidos del estado Amazonas, en Venezuela, o los mapuche en Chile y Argentina.

En el caso de los pueblos originarios y los gobiernos latinoamericanos, sin importar su orientación política, más vale ser invisible que estar demasiado a la vista. Y aun así, cuando hay intereses económicos de por medio, logran verte.

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