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Jueves, 17 de Agosto de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino. Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Cien años de Romero

Cien años de Romero
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El mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres

A mi hermanita Ivanna López

En su tercera Carta Pastoral que busca explicar la relación entre la Iglesia y las organizaciones políticas populares fechada en agosto de 1978, Monseñor Oscar Romero afirma que los cristianos no temen luchar y saben cómo luchar, pero su opción, nuestra opción siempre será la paz. Sin embargo, cuando un gobierno viola seriamente los derechos humanos y quebranta el bien común de la nación, cuando se hace insoportable y cierra todos los canales de diálogo, de comprensión y de racionalidad, la Iglesia habla del derecho legítimo a la violencia insurreccional. Esto lo decía en medio del corazón grisáceo y frío de un estado de cabalgante injusticia en su país. Lo dijo sin miedo, sin titubeos, sin pactos, con el alma desnuda frente a una realidad que le cobraría con su sangre la aceptación del mandato divino: dar la vida por quienes se ama, “aun por aquellos que vayan a asesinarme”. Este hombre que, más bien, es una conciencia, una fuerza, una herida abierta en Latinoamérica está arribando al primer centenario de su nacimiento. Su vida, su pensamiento, su acción evangelizadora está hoy más vigente que nunca en mi país, Venezuela, y esto no es un adorno para engalanar estas líneas. Se trata de una realidad viscosa que nos sacude las fibras más íntimas de nuestra condición humana. Hoy, dos días antes de celebrar su nacimiento, quiero compartir con ustedes parte del universo religioso y transformador de Oscar Romero, santo de los pobres de América.

Cuentan que, al igual que Jesucristo, Oscar Romero comenzó siendo un aprendiz de carpintero y que muy pronto despertaría en él su vocación sacerdotal. El amor de Dios descendió en él entre martilleos y la promesa de que sin importar cuán rojos eran sus pecados, ese amor los dejaría blancos como la nieve (Cfr. Is. 1 18-19). Ese amor que abre las puertas del corazón al perdón a los enemigos y por esta razón es mensaje medular de la liberación cristiana. Ese Jesucristo que le mostraba por medio del misterio pascual que hay que rechazar toda violencia, puesto que la liberación, concepto tan manoseado como odiado, se realiza a partir del amor. Ese amor que nos desnuda el Evangelio para interpelarnos ante la historia abre las compuertas a una práctica más sensible de la vida sociopolítica. Sobre ello apunta Romero que no hay que perder la sensibilidad política y social “únicamente con odios, con venganzas, con violencias de la tierra. Elévense. ¡Arriba los corazones! Miren las cosas de arriba […] Cristo el Resucitado; Cristo, el que esta mañana canta la verdadera victoria sobre todas las opresiones de la tierra”. Amor profundo, amor que viene de arriba, amor que exige de la Iglesia y de los cristianos mirar a Cristo presente en la historia de los hombres. Amor que nos transforma en carne en la que Cristo se concreta y hace que la fe no nos separe del mundo, sino que, por el contrario, nos sumerja en él. ¿Cuál es este mundo?, responde Romero desde la tribuna donde se le confirió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Lovaina, “el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres. Y ese mundo de los pobres nos dice qué significa para la Iglesia vivir realmente en este mundo”.

Por estas razones, Monseñor Romero siempre insistía en mostrarnos un Evangelio encarnado, de una evangelización encarnada, de una Iglesia encarnada. Una encarnación que no permite separar la fe de las vicisitudes de la historia, de lo cotidiano, de nuestra realidad de hombres aparentemente arrojados al mundo. Romero, junto a Bernanos, comprende muy bien que el hombre es un ser que quiere hacer algo con su vida, algo, sin duda, bueno para él, de su hechura. Y ese «querer hacer algo» está estrechamente ligado con el don de la libertad. Ese don de libertad compromete al hombre éticamente, pues, ante la libertad de querer hacer algo cabe preguntarse ¿para hacer qué? Esa pregunta nos conduce directamente hacia el prójimo, hacia el otro, puesto que, lo queramos o no, en definitiva, en ese deseo de darle sentido a nuestra vida bien pronto descubrimos que ese sentido nos lanza necesariamente hacia el otro, hacia ese prójimo tan ajado por los discursos. Ese otro, ese prójimo, ese hermano induce al amor cristiano a no ser neutral, sino a entregarse como testimonio de sangre a favor de las víctimas de la injusticia social. Producto de un Evangelio verdaderamente encarnado los cristianos estamos obligados a no amparar ni acoger posturas de neutralidad frente a situaciones de maldad y de pecado, ya que “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18) Este es el sostén que da sentido a sus famosas, conmovedoras y muy seguidas homilías, como lo admite en una entrevista: “Si menciono hechos concretos de la semana es para encarnar en nuestra vida la palabra de Dios, explicando a mi pueblo que también ellos deben acostumbrarse a iluminar sus propias vidas y problemas a la luz de Dios”.

Esa luz invita permanentemente a no tener miedo y de allí su afán constante a no dejarse sorprender ni temer ser perseguidos, pues eso es lo que Jesucristo dijo que sucedería a quienes se mantuvieran fieles a su Palabra. “La persecución es necesaria en la Iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida”. En tal sentido, Romero abraza fervorosamente la idea sobre la Iglesia pascual que teje el mensaje de Medellín., pues “no se puede ser parte de la Iglesia sin ser fieles al movimiento que va de la muerte a la vida […] La razón de ser de la Iglesia es hacer tangible y operativo el poder de la muerte y resurrección de Cristo”. ¿Qué significa para Romero el concepto pascual?, nos responderá en su Primera Carta Pastoral que se trata, sencillamente, del “acontecimiento de la salvación cristiana mediante la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo […] Por este misterio, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”. Al mismo tiempo, el misterio pascual nos habla del tránsito de la esclavitud a la libertad por medio de mares y desiertos, por medio de tempestades y conflictos. En tal sentido, Romero nos señala a una pascua siempre actual en cuanto a que Cristo es siempre actual. Ese misterio también es una invitación a una conciencia siempre abierta a la esperanza, ya que “los fracasos e imperfecciones de esa historia no los desanimaba porque la pascua estaba abierta a lo escatológico y, en el esfuerzo por el presente, brillaba la esperanza de una Pascua más perfecta, más allá de la historia, que era la felicidad de una perfecto banquete pascual”. El misterio pascual nos impulsa a reflexionar y a encarnar en nosotros la certeza de que con la muerte de Cristo queda destruido el imperio del pecado, del infierno y de la muerte, “su resurrección que implanta ya en la historia el imperio de la vida eterna, nos ofrece la capacidad para las más audaces transformaciones de la historia y de la vida”.

Además del Evangelio, ¿cuáles eran las líneas de pensamiento que seguía con fidelidad Monseñor Oscar Romero, que alimentaban su sentir la Iglesia? Romero fue un entusiasta de las líneas doctrinales del Concilio Vaticano II que hallaron en Medellín y Puebla sendos espacios de reflexión y compromiso. También fue impactado de manera muy positiva por la Exhortación Apostólica de Pablo VI sobre la evangelización en el mundo moderno, Evangelii Nuntiandi, publicada después de la Tercera Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la Evangelización, celebrado en Roma en 1974, con la cual conmemoró el 10º aniversario de la clausura del Vaticano II. No cabe duda de que también fue arrebatado por los documentos de San Juan XXIII. Así como Redemptor Hominis del recién electo San Juan Pablo II. No hubo en él otros atajos, ni caminos distintos a los que marcaba la Iglesia, principalmente, en su doctrina social. Sin embargo, no sólo sus enemigos, sino algunos movimientos políticos latinoamericanos, buscaron vincularlo con ideologías de corte marxista debido a su infatigable lucha en favor de los oprimidos con la finalidad de justificarse ante la opinión pública. “Cuando la Iglesia toca intereses del gobierno o del capital, se le tilda de comunista” dirá con amargura. No fue comunista, tampoco fue simpatizante de ninguna teología ni doctrina distinta a la de la Santa Iglesia Católica. Sin embargo, el contexto en que le tocó vivir lo llevó a oponerse a gobiernos de derecha, serviles al capitalismo norteamericano, pero que, a diferencia de muchos, seguramente hoy estaría levantando su voz evangélica contra regímenes de izquierda que vulneran con gozo y saña la dignidad y los derechos humanos de los pueblos.

A Monseñor Romero no le interesaba cambiar únicamente las estructuras y los sistemas que procuraban la injusticia y la violencia. Su preocupación mayor era cambiar el corazón del hombre, buscar su conversión, ya que, siguiendo la voz de Medellín, “de nada sirve cambiar estructuras, si no tenemos hombres nuevos que manejen esas estructuras. Hombres con los mismos vicios, con los mismos egoísmos […] si se cambian las estructuras, si se hacen transformaciones agrarias y demás, pero vamos a ocuparlas con la misma gente egoísta, lo que tendremos serán nuevos ricos, nuevas situaciones de ultraje, nuevos atropellos. No basta cambiar estructuras. Es esto del cristianismo y en esto he insistido. Por favor, entiéndanme, que el cambio que predica la Iglesia es a partir del corazón del hombre. Hombres nuevos que sepan ser fermento de sociedad nueva”.

El próximo martes, Monseñor Oscar Romero, estará arribando al primer centenario de su nacimiento. La Iglesia universal, en especial, la latinoamericana, tendría que celebrar con júbilo y compromiso esta fecha que, además, es día de la Asunción de la Virgen Santísima, mensaje de esperanza que nos hace pensar en la dicha de alcanzar el Cielo, la gloria de Dios y en la alegría de tener una Madre que ha alcanzado la meta a la que nosotros aspiramos. Recordamos ese día a María como obra maravillosa de Dios que, al mismo tiempo, nos recuerda que nosotros también lo somos. Eso lo sabía Romero y por eso su empeño infatigable por la defensa de los derechos humanos. Que la Virgen María interceda para que aprendamos de Romero a ser decididos defensores de la verdad, comprometidos con la justicia social y buscadores incansables de la paz verdadera. Ese sería, sin duda, el mejor homenaje que los cristianos podemos hacerle a este mártir de la Iglesia y santo de los pobres de América en esta hora menguada.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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