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Jueves, 18 de Enero de 2018

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¿Cuál frontera está en crisis?

¿Cuál frontera está en crisis?
Cientos de colombianos cargan sus pertenencias por el río Táchira desde Venezuela hacia el sector La Parada (Colombia). Foto: EFE | Mauricio Dueñas Castañeda -

¿De cuál frontera hablamos cuando decimos que la frontera está en crisis? La frontera geográfica nunca estará en crisis, no puede estarlo, es imposible que lo esté. Entonces, ¿qué está en crisis realmente cuando decimos que la frontera está en crisis?

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  • Valmore Muñoz Arteaga
  • Domingo, 30 de Agosto de 2015 a las 5:30 a.m.

El episodio de la frontera con Colombia nos ubica en la frontera con lo humano y desde allí debemos cuestionarnos e interrogarnos sobre la dignidad del hombre

En el Laudes (Liturgia de las Horas) correspondiente a la mañana en que escribo estas líneas se cita el Salmo 50, en cuya lectura sobresalen unas líneas que arden –o deberían arder– en la dinámica actual. Dice que un corazón quebrantado y humillado nunca es despreciado por Dios, ya que, como se puede leer en las preces, Él cuida con solicitud de todos los que ha creado y redimido con la sangre de su Hijo. Estas líneas me impulsaron a escribir mis propias líneas sobre lo que he presenciado con espanto, horror y vergüenza. No sé si algo semejante se vivió en el pasado en este país que sólo recibía hermanos en conflicto para abrirles oportunidades de crecimiento y progreso. Lo que sí sé es que, este episodio nos ubica en la frontera de lo humano, única frontera sobre la cual quiero hacer referencia. Estamos en este momento detenidos en la frontera de lo humano, aquí justo donde todo comienza y todo termina. Una frontera que es, además, un momento, un instante, en el cual deberíamos detenernos para mirar, para saber mirar que no es más que contemplar. Intentar contemplar, de ser esto posible, la realidad con ojos limpios, con los ojos de aquel samaritano que nos cuenta la sagrada parábola. Nuevamente, hay mucho ruido, mucho escándalo y esto, no lo niego, es comprensible. Creo que se habla mucho de la frontera, se piensa la frontera, se discute y se insulta por ella, pero, ¿importa acaso? A mí, particularmente, no me interesa, pese a que, contrariamente a lo que se pueda pensar, esa es tierra sagrada en cuanto a que es parte de la casa común ofrecida por Dios a los hombres para su administración. Entonces, me desagrada esta sensación que tengo de que, al parecer, la frontera se transformó en otro espacio más para el ocultamiento del hombre. ¿Hay problemas en la frontera? Sin duda, pero todos y cada uno de ellos, sean los que sean, son producto del estado desértico del corazón humano.

Martin Buber, filósofo en cuyo corazón las fronteras se transformaron en palabras que derrumban fronteras, afirmaba que el ser humano que realmente vivía en la plenitud de la existencia era aquel que alcanzaba la posibilidad de darle contenido al otro a partir del amor. Quien desconozca esto, arguye, aunque impute al amor los sentimientos que perciba, que sienta, que goce y que exprese, no conoce el amor. El amor es una acción cósmica que permite contemplar al hombre totalmente liberado de todo lo que los mezcla con la confusión universal; es decir, “buenos y malvados, sabios y necios, bellos y feos, todos, uno después del otro, se tornan reales a sus ojos” por medio del amor como seres liberados, únicos e irrepetibles, encarnaciones de un milagro más allá de todo razonamiento, a los cuales ve cara a cara. Un amor que nos indica sabiamente que cuanto más somos el otro, más somos nosotros mismos y este sentimiento cósmico que es el amor sólo es reconocido en su realidad interna por el amor y no quiere más recompensa que el amor que corresponde. De tal manera que, si no hemos sido capaces de ver el amor transitando la amargura camino a su propio calvario, es porque el amor se ha entenebrecido en nosotros. Esos hombres y mujeres ultrajados allí, pero allá también y más allá y más allá, son los rostros del amor que hemos negado.

Quien lanzó sobre ellos violencia es el mismo que con violencia allí los lanzó. Quien desconoció la ley para sembrarlos allí con una falsa esperanza por delante es el mismo que ahora esgrime la ley para escupirlos de la esperanza por detrás. No puede hacerse justicia, ni cumplir con la ley, ni ejercer el amor a través de la repugnancia. De esto está repleta la historia de la humanidad, cuyo contenido esencial se pierde o se recobra desde la frontera de lo humano. Si el amor no mueve nuestras acciones para sembrar el bien en el mundo, entonces, el mal vendrá por sus fueros con otros nombres. Sí, lo sabemos, pero ¿por qué no lo sabemos? Quizás la respuesta esté en el origen de todo: “la maldad de los hombres sobre la tierra era grande y que todos los pensamientos de su corazón siempre se inclinaban hacia el mal” (Gen 6,5). Ahora, aquí en la frontera, preguntémonos, ¿por qué nos inclinamos hacia el mal? No tengo respuesta para ello, tan sólo el recuerdo de San Juan Pablo II pidiéndome que mire a Cristo y que no tenga miedo, entonces, ¿la cruz es la respuesta? Ay, misterio de la Cruz que te elevas tan simple y tan complejo.

¿De cuál frontera hablamos cuando decimos que la frontera está en crisis? La frontera geográfica nunca estará en crisis, no puede estarlo, es imposible que lo esté. Entonces, ¿qué está en crisis realmente cuando decimos que la frontera está en crisis? Recordemos el Evangelio de Lucas, específicamente la Parábola del Samaritano. Si nos ubicamos allí, quiénes de los protagonistas están realmente en crisis: el sacerdote que pasó de largo para continuar su historia, el levita que siguió de largo para continuar su historia o el samaritano que detuvo su historia para hacer suya la historia del otro. Curiosamente, los dos primeros se los comió la historia, quedaron allí, sombras que decoran un pasaje bíblico, dos historias sin historia, ya que, no fueron capaces de comprender su instante en la frontera. ¿Sentir lástima y pasar de largo? ¿De eso se trata el amor?, ya lo decía Silvio Rodríguez, a estos amores ni el recuerdo los puede salvar. El Santo Padre Emérito Benedicto XVI, nos explica a la luz del evangelio que estamos obligados a convertirnos en prójimo con la única finalidad de que el otro cuente para mí tanto como «yo mismo». Esta parábola nos ofrece el conocimiento de un amor que es capaz de atravesarlo todo, todo orden político, todo orden económico, todo orden social, todo orden cultural, todo orden religioso, todo, absolutamente todo. En la Carta Encíclica Laudato Si, el Papa Francisco nos recuerda una verdad que tendría que iluminarnos hasta los espacios más profundos de nuestro ser: fuimos concebidos en el corazón de Dios donde bebimos de su amor y nos hicimos parte de su amor. A través de ese amor es que nos conoce y nos permite esa intimidad con Él. Cada uno de nosotros, también nos lo recuerda Benedicto XVI, es fruto de un pensamiento de Dios.

Estoy en la frontera. El odio, la irracionalidad y la desesperación de otros me empujaron hasta aquí. Me detuve ante los diversos rostros que puede llegar a asumir el horror. Caí atormentado en el tormento de otros. Fui confrontado. Estoy siendo confrontado. Me pregunto, me cuestiono aquí, en la frontera de lo humano y la única respuesta ante lo que se desnuda en frente es que el mal se vence con el bien y sólo se logra a través del amor, ya que, si no es por el orden del amor, entonces el mal vendrá con otro nombre. Estoy en la frontera de lo humano cuestionado por el rostro doliente de Cristo, contemplándolo en el rostro de tantos hombres y mujeres desorientados por la barbarie, contemplándolos y tratando de comprender lo paradójica que me resulta la esencia del Cristianismo. Cada hombre, cada mujer, cada ser humano que llora atravesando la negación de su dignidad me habla del grito de Jesús en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Ese grito nos dice, nuevamente, que un corazón quebrantado y humillado nunca es despreciado por Dios, ya que, Él cuida con solicitud de todos los que ha creado y redimido con su sangre. Dios nunca nos deja solos ni cuando estamos solos.

Laus Deo. Pax et Bonum.

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