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Sábado, 23 de Junio de 2018

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Cable al sur | Literatura, política, memorias y otras ficciones

Dámelo con todo

Dámelo con todo
- Foto: Pinterest

Desde el sur nos llega una posible historia de un venezolano que, sin preverlo, le tocó "pagar la promesa" de cruzar el continente junto con tantos otros en búsqueda de "Nuevos Aires"

Yo inventé los “ni ni”. En serio, todo el mundo cree que fue Héctor Bujanda pero no, fui yo una noche en el Café Rajatabla, antes de que el Ateneo de Caracas fuera expropiado, o desalojado, y se convirtiera en Unearte. Estábamos rajando cervezas y a medio país político cuando uno de los amigos de Deyanira me emplazó a decir claramente de qué lado estaba, y fue cuando se me ocurrió cuestionar la obligación de estar en uno de esos dos lados, de tener que ser chicha o limonada. ¿Y si yo quería ser naranja con zanahoria? “¿Quieres saber lo que soy? Soy un ni ni: ni con el chavismo militarista ni con la oposición golpista”. Y la verdad no sé cómo ni quién lo puso a correr aunque había tres periodistas amigos de mi mujer en esa mesa, entre ellos el que me serruchó , pero ya en los siguientes días se hablaba de los ni ni en todas partes.

¿Publicidad? No, soy licenciado en Letras, hice mi tesis en torno a la influencia de País portátil, la película de Iván Feo y Antonio Llerandi, sobre la novela de Adriano, y la titulé “Iván Feo y Antonio Llerandi, autores de País portátil”. Fue mención publicación, aunque preferiría verla en documental. Sí, Letras de la Central, ¿cómo adivinaste? U, u.

Trabajaba entonces para un grupo multidisciplinario que se especializaba en proyectos especiales; hacían desde exposiciones en el Museo del Transporte hasta la “Exposición de motivos y Considerandos” del Ministerio de Relaciones Interiores o de Cancillería, esa vaina que llaman “memoria y cuenta” y que nadie lee o cree; pero también campañas de difusión para organizaciones no gubernamentales como Súmate o Primero Justicia, que después intentaron hacerse gubernamentales, pero sin mucho éxito. Tienes razón, el brinco del movimiento de Julio Borges fue mucho antes y quizás no trabajamos para ellos, pero sí para la organización de aquel calvo que tenía un programa en Globovisión por las mañanas, donde nos regañaba a diario; que después fue coordinador de la MUD. Un pionero del GPS con alarma para no caer por error en un nido de malandros: “Radar de los Barrios” se llamaba su organización.

Deyanira decía que lo nuestro era cinismo y que éramos una banda de mercenarios, que estaba poniendo mis “poderes” al servicio del mal. Yo respondía que tal vez fuese así, pero solo cuando el mal paga bien.

Nos iba bien, teníamos clientes todo el tiempo y los dueños estaban considerando hacerme socio cuando pasó lo de la reforma de la Constitución. Conseguimos un contrato con Miraflores y yo estaba trabajando una idea –“¿Por qué de lo bueno poco? Chávez hasta la muerte”–, pero algo en mí se rompió y decidí sincerarme con el equipo, que además eran mis amigos, ¿no? Les dije que estaba en desacuerdo con la reelección indefinida y que no podía seguir con este proyecto. Ellos asintieron comprensivos, y al poco tiempo me botaron aduciendo mi impuntualidad y un par de errores cometidos en una campaña para tratar de mejorar la imagen de Jorge Rodríguez.

Mi ex dice que era inevitable, que había algo en mí que no había logrado corromper, y que tarde o temprano iba a perpetrar un acto de honestidad, así fuera por error.

Terminé en la calle, pero a ellos no les fue mejor, porque un par de años después quebraron y me he cruzado al menos con dos aquí en Buenos Aires. Iban en un BMW, seguramente prestado, con unas de esas catirotas de ojos azules que aquí crecen como la soya.

Si algún día decides escribir una historia del chavismo podrías usar este subtítulo: “Del MBR y el MVR al BMW”, y cuando lo publiques me lo envías por DHL.

A mí se me fueron cerrando las puertas, Deyanira me pidió el divorcio y se quedó hasta con la perra (si alguien de Los Naranjos llega a leer esto, díganle a Polola que su papi la extraña). Después te doy la dirección completa de la furcia, que por lo menos accedió a vender el apartamento comprado con mi trabajo y a darme una parte, con la que pude venirme a Argentina respondiendo a una invitación de un excompañero de trabajo que ya tenía tiempo aquí y al que supuestamente le estaba yendo bien. Gregorio Barreto.

Ya no era cierto, le había ido bien con Cristina, pero con Macri iba palo abajo y terminé compartiendo el apartamento con él, pagando sólo yo y prestándole para sostenerse mientras cuadraba un negocio con unos emigrados venezolanos que estaban cundidos de rial y no sabían en qué invertir.

Nosotros también estábamos cundidos, pero de pulgas; el pendejo se había contagiado de la manía porteña de las mascotas y vivía con un par de perros más parecidos a ositos de agua que a perros de verdad. Tardígrados, esos bichos microscópicos que Natgeo promociona como si los vendiera. Cada vez estábamos más cortos de plata y pasamos de los restaurancitos y las pizzerías a resolver la cena con un par de perros calientes argentinos, que aquí llaman panchitos, y con razón, porque perros perros, como los nuestros, no son.

Allí tuve la iluminación: una cadena de perros al estilo venezolano conservando el nombre argentino, pero con un apellido creado por nosotros: “Mandefuá’s”. Sí, yo sé que no me crees, pero yo soy el creador del concepto de Panchitos Mandefuá’s, y hasta de su primer slogan, “Porque todos nos merecemos una cena con el niño Jesús”, que aquí no se entendía del todo, pero pegaba por el lado sentimental, que en Latinoamérica es algo con lo que haces estragos. Hicimos un borrador, Barreto llevó la propuesta a los inversores y éstos aceptaron de inmediato; hasta nos dieron un jugoso anticipo con el que nos dimos una jartada de carne en el Rey de las Papas Fritas, que ni te cuento. En Corrientes, tienes que ir.

En Buenos Aires fuimos un éxito de inmediato, comenzamos en Palermo y San Telmo y al poco tiempo la franquicia se extendió por los principales barrios de la ciudad, y en cuestión de meses había Mandefuá’s desde Jujuy a Ushuaia. Era el negocio perfecto. Tú has visto los panchitos: una salchicha metida en un pan frío con un poquito de papitas encima y algunas salsas. Lo nuestro en cambio era el clásico perro criollo, con repollo, zanahoria, cebolla, el pan y la salchicha calientes, papitas y hasta queso blanco rallado.

Fue ese detalle lo que me hizo sentir que algo no andaba bien. ¿Cómo carajo hacían para poner en Argentina tanto queso blanco de año rallado? Lástima, porque nos estábamos llenando de pesos. Finalmente no pude ignorar todas las alarmas encendidas cuando Barreto se apareció con el plan de expansión de la franquicia hacia otros países latinoamericanos y del Caribe: Bolivia, Nicaragua, El Salvador, República Dominicana, Antigua y Barbuda, Cuba y Venezuela.

Tuve que darle un par de empujones y amenazarlo con hacerle tragar un paquete de salchichas Baruta que me traje de recuerdo y que tenía como cinco años en la heladera de mi abuela, para que finalmente confesara quiénes eran realmente nuestros inversores: un grupo de generales venezolanos que a su vez serían testaferros de un par de chivos rojos de alto nivel (los hermanitos Rodríguez o uno de los Tarek). Los milicos sólo pasan por Buenos Aires a cobrar o depositar y siguen para Bariloche, o Santa Cruz, donde es seguro que no van a avistar ballenas.

No pude evitarlo, lo mandé a la mierda. Quizás si me lo hubiera dicho desde el principio no me hubiera importado tanto. Pero así. Rompí la sociedad y con lo que me quedó monté este local, este localcito. Sí, “Memorias de un venezolano en la decadencia” no es un buen nombre, digamos que estoy pagando una especie de promesa. Tú sabes cómo son los argentinos, que lo recortan todo, e imagino que por eso lo llaman el Kiosco del Memo. Pero la ubicación es insuperable.

Por Independencia he visto pasar a Barreto un par de veces con una expresión que hace pensar que no se siente bien consigo mismo. En un Mercedes deportivo descapotable y acompañado por una de esas rubias, ojos azules, que aquí crecen como la soya. En algún rincón de Los Naranjos debe estar Deyanira sonriendo, y hasta queriéndome un poco. No sé.

Y aquí estoy, atendiendo un kiosco entre Independencia y Entre Ríos, vendiendo, entre otras cosas, panchitos argentinos. Sé que parezco arrinconado, pero he estado pensando: ¿te has fijado que no hay buenas marisquerías en Buenos Aires? He pensado en una a cielo descubierto, adaptada al hábito fumador del argentino promedio, que podría llamarse “El pez que fuma”, o “En la casa del pez que escupe el agua”, ¿Tú cuál elegirías?

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