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Martes, 26 de Septiembre de 2017

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

De la hipocresía cultural y otras imposiciones tradicionales

De la hipocresía cultural y otras imposiciones tradicionales
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¿Quién protege a la mujer del prejuicio?

Uno de los primeros libros “adultos” que leí fue “Carta a un niño que nunca nació” de Oriana Fallaci. Tenía doce años y no comprendí demasiado su argumento durísimo y abrumador, con una rara belleza existencialista que me hizo llorar más de una vez. Aun así, me llevó dos relecturas para comprender a cabalidad el mensaje real del libro. Para Fallaci, “Carta a un niño que nunca nació” es una forma de análisis de la libertad personal femenina pero además, un reflejo sobre lo que el aborto puede significar en la vida de una mujer. Un duro manifiesto sobre la libertad del espíritu femenino y su poder para crear. Con apenas 100 páginas, Fallaci consigue condensar y elaborar un poderoso manifiesto sobre el sufrimiento invisible de la mujer que aborta y sobre todo, la herida espiritual y moral que debe soportar como parte de un proceso devastador. La autora no toma partidode hecho, su voz narrativa parece más interesada en el diálogo entre la emoción y el miedo que cualquier otra cosay se esfuerza por mostrar lo complejo de una visión de la maternidad a mitad de camino entre la pérdida y la supervivencia.

El relato del libro resulta desgarrador por su simplicidad: una mujer decide practicarse un aborto pero debe luchar contra los prejuicios, dolores y temores que la mera idea le provoca. Fallaci logra algo muy poco frecuente al analizar el tema del aborto como problemática social: la empatía. La escritora no está interesada en dar respuestas sencillas a los dolores y padecimientos de su personaje, sino más bien abarcar una visión mucho más amplia sobre los prejuicios y dolores que padece una mujer en medio de un trance semejante. Porque el libro habla sobre el aborto pero también expone con una profundidad desconocida, el derecho de una mujer a decidir sobre su cuerpo, un matiz levemente diferente sobre el concepto y que abarca la percepción de la individualidad femenina más allá de la mera concepción y capacidad reproductora. Un tema tabú e incómodo que muy pocas veces se toca en literatura más allá del juicio y el señalamiento moral. Oriana Fallaci medita acerca de la soledad, la espiritualidad femenina y el dolor emocional que un hecho traumático semejante, una mirada íntima en la que muy pocas veces se profundiza y mucho menos, cuando el contexto y el discurso sobre el aborto parece basado en la posibilidad de estigmatizar a la mujer. Por supuesto Fallaci parece consciente del hecho del aborto como una decisión moral e intelectual y abre un espacio de discusión sobre la controversia pero también, sobre el temor y el dolor que rodean a uno de las discusiones más polémicas sobre los derechos femeninos. Para la escritora, la maternidado su interrupciónes un hecho relacionado directamente con la identidad femenina. Y desde debe comprenderse.

Recuerdo el libro y todos sus durísimos y profundos cuestionamientos, mientras escucho el relato de mi amiga C. y su traumática experiencia al intentar practicarse un aborto terapéutico debido a un severo cuadro de Lupus. No sólo se trataba de un embarazo de alto riesgo sino además, de un cuadro médico que puso en peligro su vida y estuvo a punto de provocarle la muerte. Aun así y a pesar de vivir en un país en el que aborto es un derecho legal, mi amiga tuvo que enfrentarse a la indiferencia de un sistema obsoleto, retrógrado y moralista que asume a la mujery su condición físicacomo una mera percepción sobre su capacidad para concebir. Entre lágrimas, me cuenta todos los obstáculos que debió atravesar y vencer para lograr ayuda médica y finalmente, el procedimiento que al final le salvó la vida.

Tenía apenas seis semanas y todos los análisis médicos dejaban claro que llevar adelante el embarazo afectaría mis riñones y otros órganos mayoresme explicapero a pesar de eso, la mayoría de los médicos insistieron en no brindarme ayuda por “respeto al niño”.

El lupus es un padecimiento autoinmune que provoca que el cuerpo humano produzca anticuerpos dirigidos contra células y tejidos sanos. El resultado son daños masivos y lesiones inflamatorias a múltiples órganos y sistemas biológicos. El embarazo no sólo podría empeorar el cuadro sino además agravar de manera definitiva los síntomas. Cuando mi amiga esgrimió su diagnóstico como causa para un aborto, no sólo recibió todo tipo de respuestas evasivas sino que incluso un médico insistió en que su deber “era morir para traer una nueva vida al mundo”. Una y otra vez, acudió a hospitales y consultas privadas, sin recibir otra respuesta que sermones morales y religiosos destinados a “convencerla” de continuar el embarazo, a pesar de su cada vez más crítico estado médico. Nunca tuvo acceso directo a los exámenes médicos que necesitaba para llevar a cabo el procedimientoun laboratorista se negó a entregar los resultados de pruebas sanguíneas una vez que supo cuál era el motivo por el que mi amiga se los practicabay tampoco, ayuda ginecológica y psicológica. Por último, mi amiga debió recurrir a la ley para lograr obtener ayuda ginecológica y obstetricia. A pesar de eso, sólo logró realizarlo casi al final del término legal para la interrupción del embarazo. Más de un año después de la experiencia, continúa sufriendo de graves secuelas físicas ocasionadas por el corto período de embarazo que tuvo que sobrellevar. A pesar de eso, no ha recibido ningún tipo de terapia ni mucho menos, apoyo psicológico: la mayoría de los expertos de su país continúan juzgando al aborto como “crimen” y que por lo tanto, se niegan a prestar apoyo y sostén psiquiátrico para casos semejantes.

Nadie parecía entender que estaba en riesgo mi salud e incluso mi vidame dice, aterrorizada y confusacomo si el mero hecho de concebir, me convirtiera en un recipiente biológico sin voluntad o derechos. Nunca olvidaré esa sensación de indefensión que me provocó entender que la ley no está interesada en protegerte como individuo. El miedo que me produjo sentirme tan vulnerable frente a una situación semejante.

Por supuesto, el caso de C. no es único ni mucho menos, poco frecuente. En la mayoría de los países del mundo y sobre todo, en nuestro continente el aborto es un tema que debe atravesar la durísima percepción de la moral tradicional y sobre todo, el peso del machismo. Hay un juicio moral inmediato, una serie de pareceres éticos y morales que aparentemente, no admiten ningún tipo de excepción o justificación. Para buena parte de la sociedad occidental, la palabra “aborto” remite a un crimen inquietante, a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Según ese criterio, para una mujer el aborto no debería ser una opción y la mera discusión de la posibilidad se plantea como una situación ética confusa, turbia y la mayoría de las veces inadmisible. Para la gran mayoría de las personas, el aborto no es una perspectiva sobre los derechos reproductivos femeninos, sino un concepto moral sin réplica alguna al que la mujer debe someterse sin titubeos ni tampoco, objeciones al respecto.

Claro está, hablamos de una sociedad obsesionada con la maternidad y la abnegación femenina como atributo ideales. Una percepción sujeta a cierta idea de sacrificio en la que se insiste como un modelo de conducta necesario. De manera que, el hecho una mujer no desee ser madre o que intente interrumpir el embarazo, plantea una polémica basada en confusas percepciones morales que pocas veces tiene un sentido concreto y que no incluyen la noción sobre la necesidad de la capacidad de decisión efectiva de la mujer sobre su cuerpo. Porque el aborto es un derecho de elección. Duro, doloroso pero que pertenece por completo a la mujer. O esa debería ser la opción más evidente. No obstante no lo es: el aborto parece caer en esa grieta entre la presunción de la moralidad sugerida de un sistema legal que la mayoría de las veces la infantiliza el rol y la identidad femenina. Preocupa que la mayoría de las discusiones sobre el aborto no incluyan aspectos de vital importancia como la salud biológica y mental de la mujer y las consecuencias inmediatas que puede sufrir durante un proceso de gestación no deseado. La diatriba casi siempre parece insistir en ese sesgo esencialmente en ese juicio de valor inconcluso y religioso que dictamina la decisión incluso antes del análisis. La maternidad convertida en una contraposición y una lucha de la sociedad y la interpretación cultural con el cuerpo de la mujer como escenario.

Generalmente, el aborto se estigmatiza a nivel cultural. Incluso en los casos de naturaleza terapéutica como el de mi amiga, el abortoo la posibilidad de realizarlodebe enfrentar en la mayoría de los países un tortuoso camino legal donde la prioridad no es, como podría suponerse el bienestar de la mujer sino la del feto que gesta. El debate sobre la protección de la vida y la reflexión ética sobre la capacidad de reproducción femenina, pocas veces parece incluir a la Madre. ¿Cómo puede debatirse e incluso tomar decisiones que involucren la vida del feto sin tomar en consideración que pueda ocurrir con la madre que lo lleva en el vientre? ¿Hasta que punto la sociedad debate el aspecto moral de una decisión personal anteponiendo análisis morales antes de una visión sensible sobre la condición de la mujer? La respuesta a ambas preguntas desconcierta pero sobre todo, preocupa. ¿Quién tiene el derecho a decidir sobre la capacidad de reproducción femenina?

Deliberaciones sobre el derecho de la mujer para decidir sobre su salud sexualy la idea que la mujer no tiene la capacidad para hacerloes un irrespeto total ante el principio de la vida. Me reservo mi opinión personal sobre el aborto pero estoy a favor que la ley proteja a la mujer que por las razones que seano me siento en disposición para juzgardecida practicarse uno. El Estado debe velar por la salud de los ciudadanos y no sólo cuando apruebe o desapruebe sus decisiones éticas o intelectuales. La mujer no puede ser definida únicamente por su don para engendrar vida. Es un atributo, pero no la definición como ciudadana de la historia. Como bien apuntaba Fallaci en su libro, la maternidad es un aspecto de lo femenino pero no el único y por supuesto, tampoco el más importante. Es parte de todo la compleja visión sobre lo que una mujer puede ser y más allá de eso, lo que puede aspirar sin depender de la ley o la opinión ética basada en una presunción machista sobre su cuerpo y su derecho a decidir sobre sí misma.

El aborto es un hecho traumático que amerita atención médica especializada y sobre todo, brindar sustrato legal a la decisión efectiva de una mujer sobre su cuerpo. No obstante, son pocos los gobiernos del mundo que deciden legislar para asegurar las condiciones médicas, psiquiátricas y ginecológicas mínimas que la protejan. Una buena parte de las sociedades occidentales consideran el aborto como un crimen que debe ser castigado sin atenuantes. La estadística que indica que en el 85% de los países del Mundo, el aborto es considerado no sólo un delito penal sino que condena a la madre a penas mayores de diez años de prisión en caso de cometerlo. No obstante, al revisar el porcentaje en protección de madres en riesgo, los números muestran una realidad descarnada: solo el 25% de los países del Mundo poseen leyes que brindan seguridad social y económica a mujeres con embarazos no deseados. Tampoco es menos preocupante la perspectiva sobre las cifras que muestran un panorama para la mujer poco menos que agresivo: en el 56% de los países del Mundo, las violaciones tienen penas inferiores a 15 años y los reos disfrutan de beneficios de libertad incondicional al quinto años. En el 67% de los países Occidentales, no existe un órgano de protección que asegure la salud mental y física de las víctimas de violación. No obstante, el 68% de los países del mundo tienen castigos punitivos a cualquier mujer que se practique el aborto, incluso en situaciones que pongan en riesgo su salud física y mental.

Como Fallaci describió en su obra de 1975, el aborto es una circunstancia que la mujer debe atravesar a solas, en medio de la agresión y el sexismo, sometida a todo tipo de criterios y sobre todo, restricciones penales y morales cuyo único parece ser la protección del feto sin que la salud de la mujer parezca tener la misma importancia. ¿En que momento la salud reproductiva y ginecológica deja de tener relevancia en contraposición a las leyes que protegen al bebé que se engendra? ¿Por qué los derechos de la mujer sobre su cuerpo parecen sometido a todo tipo de limitaciones y el peso de un conservadurismo con reflejo legal tan determinante? ¿Hasta que punto casos como el de mi amiga C. reflejan el hecho que la legislación sobre el aborto sigue siendo una combinación de regulaciones subjetivas que se atienen a una opinión ética sin verdadera validez legal?

La filósofa Simone Veilpromotora de la primera ley que impulsó el aborto legal en Franciasolía decir que la capacidad de la mujer para concebir debe ser tan respetada como un derecho inalienable y eso, por supuesto, incluye la decisión eventual de interrumpir el embarazo cuando la mujer lo considere necesario. No se trata de una afrenta a la ética ni tampoco a la sensibilidad pública, sino de una comprensión muy clara sobre el control que todo ciudadano debe tener sobre su cuerpo. Una forma de asumir la individualidad como un elemento indispensable de justicia y equidad, pero sobre todo, un derecho inalienable que todo Estado debe reconocer de manera absoluta.

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