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De la virginidad y otras formas de despotismo machista

De la virginidad y otras formas de despotismo machista
De la serie "Purity", del fotógrafo David Magnusson. Foto: David Magnusson. Tomada de http://fotografiska.eu/en/utstallningar/utstallning/purity/ -

Y quizás, la virginidad, con toda su carga simbólica, sea el elemento que deba transformarse finalmente, no en un estigma que juzgue, sino en una celebración del poder de la mujer sobre sí misma.

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  • Aglaia Berlutti
  • Domingo, 27 de Septiembre de 2015 a las 5:31 a.m.

Sobre la virginidad y la concepción machista de la pureza femenina

Hace unos días, me tropecé con la serie de fotografías "Purity Balls" (puedes verla aquí) del fotógrafo David Magnusson, que retrata las llamadas "Ceremonias de Pureza", durante las cuales las jóvenes y niñas realizan un juramento de castidad antes sus padres. Las imágenes muestran a padres sosteniendo las manos de sus hijas - algunas virtualmente niñas - en una especie de rito de paso que asegura que en el futuro, la "homenajeada" se desposa con Dios y sólo podrá asumir su sexualidad al momento del matrimonio. La insólita celebración comenzó a llevarse en el año 1998 en Colorado Springs (Colorado, EEUU) e insiste en que la mujer sólo debe asumir la sexualidad como una idea basada en el dogma religioso. De hecho, los feligreses insisten en que "las ceremonias de pureza" tienen por objetivo no solamente recordar la importancia de los llamados "valores cristianos", sino además hacer énfasis en la idea de la virginidad como conducta. Un voto de pureza que no sólo se limita al sexo sino a cualquier expresión sentimental: desde besos hasta relaciones casuales, la prohibición abarca un tipo de concepto sobre la castidad muy parecido al de la castración emocional.

El llamado "juramento de castidad" solo apunta a la virginidad femenina, como si la sexualidad de la mujer fuera un riesgo que debe ser analizado y atacado desde la infancia. Como si ese "esposo simbólico" que se relaciona directamente con el Dios judeocristiano, fuera el límite de lo que la mujer puede decidir con respecto a si misma. De hecho, quienes practican las ceremonias de pureza insisten en que la mujer debe ser educada para "acatar" que su cuerpo no le pertenece sino que es parte de una "idea divina", que incluye por supuesto, el placer sexual.

Por supuesto, no se trata de una idea nueva: a pesar de nuestra optimista percepción sobre la evolución de lo femenino, aún existen muchos argumentos que analizar sobre el derecho de la mujer sobre su cuerpo, su sexo y el placer. Y es que con más frecuencia de lo deseable, la mujer sufre esa herencia histórica que la señala como "origen del mal" y que se utiliza a menudo, para menospreciar su individualidad. Quizás por ese motivo, la virginidad se haya convertido en un tema crucial y un debate histórico tan relacionado al valor de la mujer. En un ritual de paso que define a la mujer como deseable - o no - o incluso, como valiosa - o no - a los ojos de la cultura a la que pertenece. Desde el Imperio Romano, a la mujer se le consideraba propiedad de la familia - y no miembro, un ligero matiz de enorme importancia - por lo que su vida sexual y capacidad reproductiva se encontraba bajo la decisión del padre y después del marido. Era el hombre quien decidía cuando o por qué la mujer podía disponer de su placer y era el hombre quien adjudicaba un significado a la mujer según el disfrute de esa sexualidad. Una idea que imperó por siglos y convirtió la virginidad no sólo en un elemento indispensable para la celebración de lo femenino sino en la castración definitiva de la primitiva Diosa voluptuosa en la Dama etérea que más tarde sería la única concepción de la mujer.

El “Purity Ball” y ritos parecidos sólo demuestran que todavía en nuestro siglo, la virginidad de la mujer, no se percibe como un asunto íntimo sino un debate grosero e invasivo sobre su sexualidad. Para buena parte de la cultura occidental, la virginidad no sólo se concibe como un deber sino también, como una idea que se relaciona directamente con la capacidad cultural de controlar a la mujer. ¿Por qué se exige pureza a la mujer pero no se le educa sobre su capacidad para concebir? ¿Por qué se insiste en el valor canónigo de la castidad para definir el poder sexual de la mujer? ¿Por qué se menosprecia la necesidad sexual de la mujer y se le tilda de pecaminoso por el mero hecho de trasgredir la norma moral? ¿Por qué el sexo y el goce sexual femenino debe estar relacionado con una serie de ideas arcaicas sin mayor sentido que para quienes las apoyan? ¿Hasta dónde esa noción de la mujer objeto continúa siendo parte de una sociedad que continúa estigmatizando a la mujer sexual?

Suele decirse que en lo tocante a la liberación sexual, los últimos treinta años han sido mucho más revolucionarios que toda la evolución sucedida durante cinco siglos. Aun así, queda un largo trecho que recorrer, desde esa noción del sexo como pecado primigenio y la mujer como principal perpetradora. Y quizás, la virginidad, con toda su carga simbólica, sea el elemento que deba transformarse finalmente, no en un estigma que juzgue, sino en una celebración del poder de la mujer sobre sí misma. En una evolución personal, que sea parte de su madurez emocional y personal. A la mujer que construye su vida sexual a partir de una idea íntima y natural. Una visión por completo nueva.

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