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Miércoles, 13 de Diciembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

El amor es más fuerte que el mal

El amor es más fuerte que el mal
Imagen tomada de https://www.infobae.com -

La fuente del Mal es la capacidad del hombre de adherirse a él mismo, a decidir no entrar en el juego del Amor verdadero

“Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31) No se trata de que estaba bien, mucho más allá: estaba muy bien. Así culmina el primer capítulo del Génesis, así comienza la Creación: con la afirmación de que todo estaba «muy» bien. Es por ello que los cristianos estamos convencidos de que Dios no creó el mal. Al no haber sido creado por Dios, al no ser una expresión del corazón de Dios, entonces concluimos que el amor es más fuerte que el mal, ya que, como también sabemos: Dios es Amor. Esto lo recordé mientras descubría a Maurice Zundel, teólogo suizo, en un libro en el cual me orienta en la tarea de mirar al hombre de una manera distinta a como lo solicitan los rigores fríos y, a veces desalmados, de la modernidad. En el libro afirma lo que ya hemos dicho, el amor es más fuerte que el mal a partir de una exhortación que hace. Nos pide que hagamos silencio para poder escuchar el grito de inocencia de Dios que dice “No fui yo quien inventó la muerte, no fui yo quien inventó el mal, no fui yo quien inventó el dolor. Yo lo sufro. Más aún: muero por él”. No podemos tener conciencia de esto a menos que nos pongamos primero frente a la intimidad divina y escuchar al Señor en esa intimidad. Una vez allí, se abrirá frente a nuestros ojos, los del corazón, la certeza fundamental, la roca inconmovible, dirá Maritain, a la que debemos aferrarnos en esta cuestión: la inocencia absoluta de Dios frente al problema del mal.

Santo Tomás de Aquino lo señala primero, en Dios no hay ninguna idea, ninguna matriz perceptible del mal. Hasta el poeta Lautreamont lo vio con claridad cuando afirmó que Dios es absolutamente inocente del mal. La falta primera, la falta de gracia viene estrictamente de nosotros los hombres. En el hombre está la iniciativa primera del mal moral. Dios no es el creador del mal, ni de la muerte, ni del dolor, pero es la principal víctima del mismo y por él muere. Y, como afirma Zundel, no se trata de algo que pasó un día, hace mucho tiempo, es que algo que está pasando ahora, quizás mientras lees estas líneas, siempre, todos los días, pues desde que existe Creación, también existe reciprocidad. Por ello, Zundel nos habla de los «dos huertos», el primero, aquel huerto por el cual deambularon desnudos los primeros padres, no es más que la imagen pretérita del segundo huerto, el de la agonía, “donde el pecado original adquiere por fin todo su sentido en la muerte de Dios”. No hay otro momento en la historia de la humanidad en el cual resuene la inocencia de Dios hasta taladrarnos el corazón que la agonía de Jesucristo en Getsemaní. “Jesús está ahí, tan pobre, tan abandonado, tan hundido por el dolor, que busca entre sus Apóstoles una amistad que estos no le dan”. Dios es inocente y su grito de inocencia reverbera en el debate de Jesús, cuerpo a cuerpo, inexpresable, con la muerte para vencer nuestra muerte con la propia, con la única finalidad de pudiéramos ver el rostro de un Dios que no deja de estar cerca de nosotros, cerca de ti, de mí, de todos y cada uno de nosotros, y que, por ello, nunca deja de querer en nosotros la armonía. En Jesús podemos contemplar, preferiblemente en silencio, a un Dios herido de muerte por la muerte, “a un Dios herido de muerte por el mal, herido de muerte por todas las veces que le negamos el amor”, pero que, a pesar de todo, no deja de esperarnos.

Cuando el hombre logra situarse en el corazón mismo de la verdad que se desnuda en el Evangelio, en su corazón vivo, en sus perfumes, entonces puede ver el verdadero rostro del pecado, en toda su extensión, es allí donde aparece el mal como una tragedia divina. “Ahora ya no se trata de acusar a Dios como si no cumpliera con su oficio de Creador. Se trata de comprender nuestra dignidad y el alcance infinito de nuestra libertad”. La libertad de la que gozamos, podemos llamarla también libre albedrío, tiene la capacidad para hacer fracasar al mismo Dios hasta transformar a la Creación en algo disonante. Eso es lo que el novelista Albert Camus logra ver, el escándalo del pecado, la desgracia del hombre que se entrega a un Dios que lo aplasta. Lo que no logra ver, y no puede hacerlo, como tantos otros antes, hoy y seguramente mañana, es que detrás de ese escándalo hay un Amor infinito “y eterno que no cesa de velar por nosotros, de esperarnos y de llamarnos” por nuestro nombre. Lo que no logran ver muchos es que ese Amor nada puede hacer sin nosotros, ya que ese mismo amor es la esencia de nuestra libertad, “una libertad que se dirige hacia nuestra libertad y no puede nada sin ella, sin su consentimiento”.

Afirma Zundel que pocos como Camus sintieron de manera más profunda el problema del mal en el hombre y lo expresó de manera impecable. “No pudo aceptar el escándalo de que un ser llamado a crearse a sí mismo, inviolable para sí mismo y para todos si es fiel a su dignidad, sea entregado en sí mismo a un Universo capaz de aplastarle”. El amor, hermano Camus, es más fuerte que el mal. He allí la respuesta cristiana. Detrás de todo, de cualquier problema, de cualquier catástrofe, por muy terrible que nos resulte, detrás está siempre el Amor. Esa es la respuesta del cristianismo, la que siempre ha dado, en la que siempre ha creído y que, por alguna razón, imagino que por la soberbia humana, los pensadores que se lo han preguntado siempre terminan arrasados por la angustia y la desesperación al no comprenderla, al no lograr verla. El cristianismo muestra, sin complejos, “que el Mal es infinito y que puede serlo, y, a continuación, que el Mal, en efecto, tiene en ocasiones tales proporciones que es absolutamente intolerable y que, para comprenderlo, hay que darle unas dimensiones propiamente divinas”. Eso es lo que significa la Cruz erigida sobre el Calvario, es decir, el Mal tiene proporciones divinas, ya que es Dios quien sufre en el Mal. Sin embargo, sentencia Zundel: “si es Dios quien padece en el Mal, hay, por consiguiente, en el corazón del Mal ese Amor que no cesará nunca de acompañarnos y de compartir nuestra suerte”. Dios siempre es alcanzado por el Mal primero que nosotros, en nosotros y por nosotros. Cuando tú sufres, Dios ha sufrido primero y con mayor intensidad, ya que, además, Él nos amó primero, antes de todo tiempo y espacio.

Ahora bien, ¿cómo puede ser Dios alcanzado por todo mal antes que nosotros? La respuesta la encuentra Zundel el ejemplo de las madres cuando su amor es verdadero. “Una madre puede sufrir a través de su hijo, más que su hijo y por su hijo mediante un amor de identificación. Una madre repleta de salud puede vivir la agonía de su hijos con más dolor que él mismo, en virtud de esta identificación del amor con el ser amado”. Por esta razón, es fácil deducir que cuando tú, que me lees, eres herido por una falta, cuando sufres por la injusticia, Dios sufre primero, en ti, antes de ti, más y por ti. También sufre por quienes son responsables de las injusticias que otros, en especial los más pobres, sufren. Por estas razones, no quiere el Mal, ya que, entre otras cosas, Él es su primera víctima. Si existe mal en el mundo se debe a que su Amor no es recibido, es rechazado, fundamentalmente por la soberbia del hombre, por nuestra soberbia, la tuya y la mía. Desde el Génesis hasta la revelación el hombre tiene ante sí el grito de la inocencia de Dios, ahora, ¿lo ha escuchado realmente? ¿lo puede escuchar?

¿Cuál es la única fuente del Mal? Para Zundel está muy claro, no se trata que nuestra conducta rebose en ambición, avaricia y sensualidad. La fuente del Mal es la capacidad del hombre de adherirse a él mismo que es, al mismo tiempo, rechazarnos a nosotros mismos, a decidir no entrar en el juego del Amor verdadero, “no dar crédito a la inmensa ternura de Dios, quedar fuera de la casa en la que siempre se nos espera y siempre se nos acoge”. Cuando nos apartamos de Dios, cuando nos ausentamos de Él, así como Adán que se ocultó tras los matorrales del edén, es allí donde se teje el abismo de todas las tinieblas. “Todo lo que Dios espera de nosotros no es otra cosa que nuestra Presencia, nuestro consentimiento y nuestro amor. Eso es lo único indispensable en su Plan creador y redentor, eso es lo único que nos ilumina y nos colma”. A cada instante, desde que se abre la mañana hasta que declina el sol en el anochecer, podemos renovarnos en el Corazón de Dios, confirmar nuestro consentimiento ahondando en la comunión con Él. En cuanto salimos de esa entrega todo en nosotros se vuelve falso, insustancial, sin sentido. La Iglesia, experta en humanidad, insiste siempre en atender al llamado a la generosidad que hace de nosotros una respuesta ardiente y viva a la ternura de Dios. “Se trata de entrar, por fin, en esta Creación que ha sido puesta en nuestras manos, en fin de que llegue a ser lo que quiere ser eternamente en el Corazón de Dios: una Creación de armonía, de gracia, de juventud, de belleza y de amor”.

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