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Domingo, 10 de Diciembre de 2017

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El caballo de Ledezma y otras inficciones

El caballo de Ledezma y otras inficciones
- Foto: Archivo
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  • Ricardo Azuaje
  • Miércoles, 22 de Noviembre de 2017 a las 11:06 p.m.

Una lectura de algunos momentos recientes e inverosímiles de nuestra historia política desde Buenos Aires

El domingo estuvimos un rato en Palermo, dando una vuelta cervecera por las calles Honduras y Jorge Luis Borges, en la que volvimos a toparnos con un mismo fenómeno ya contemplado en San Telmo y que aparentemente se repite en otras zonas rumberas –o tangueras– de la ciudad. Antes un paréntesis para la familia: ustedes dirán que no puede ser que por un lado les escriba que la situación está mal y que estamos pasando aceite, y por otra cada cierto tiempo publique una crónica en la que aparecemos bailando rumba argentina (un género musical notablemente inmamable) mientras libamos cerveza artesanal en distintos puntos de la madrugada porteña. No hay contradicción, hermanos, tía Chinga, primo Pepo, es sólo que nos invitan y nosotros a nada decimos que no, o preferimos raspar el excedente cuando sólo son centavos e igual vamos a tener que pedir un adelanto la semana siguiente para hacer mercado. Cierro paréntesis.

El fenómeno consiste en que más del noventa por ciento del personal que atiende las mesas o se encuentra tras las barras de bares y restaurantes suele ser de procedencia venezolana; y es lo mismo en los kioscos (sobre todo en los turnos nocturnos), entre los delivery de los distintos negocios de comida rápida y es cada vez más común entre los taxistas y los empleados de call center. No tengo cifras actualizadas, pero debemos haber sobrepasado los cincuenta mil y ya empieza a hablarse de algunos delitos cometidos por venezolanos (arrebatones de celulares), por lo que es posible que estemos haciendo acto de presencia en otros ámbitos más próximos al malevaje y la crónica policial.

Somos tantos que ya empezamos a aparecer en los lugares menos pensados. Dense una vuelta por youtube y en clásicos como “Cambalache”, “El día que me quieras” o “Raros peinados nuevos”; tras la voz de Susana Rinaldi, Gardel o Charly comienzan a escucharse acordes de cuatro, una maraca por aquí y quizás un furruco más allá, ahora que nos acercamos a diciembre. También es posible comenzar a ver venezolanos acompañando a los soldados de Lavalle en la famosa marcha de Sobre héroes y tumbas (pueden reconocerse porque hablan como Emilio Lovera, llevan uniformes de la milicia bolivariana, armas de madera y están habituados a seguir cadáveres insepultos), malandros cobrando peaje en cuentos de cuchilleros de Borges, divas de telenovela en los de Bioy Casares y hasta se dice que consiguieron a un venezolano tratando de ingresar con un maletín lleno de dólares a Santa María, la ciudad de Onetti, que es uruguayo, pero no importa.

Pero quizás como respuesta a esta situación, así como los venezolanos expulsados por el chavismo están empezando a ocupar espacios de la ficción, hay espacios de la ficción que comienzan a ocupar regiones de esa pesadilla conocida como la realidad venezolana. Sólo así podemos explicarnos algunos momentos recientes e inverosímiles de nuestra historia política, como la batalla de Nagua Nagua, toda la locura que rodea ese delirio legislativo mal llamado asamblea nacional constituyente (manténganlo en minúsculas) y la extraña fuga de Antonio Ledezma.

Es verdad, no es tan extraña si recordamos cómo fueron los escapes de Pedro Carmona o Carlos Ortega, o de los pranes supuestamente presos que terminaron asesinados en night clubs o playas margariteñas, o en un apartamento de Iris Varela, pero ayúdenme a mantener la ficción, y vean conmigo cómo se acerca un jinete con el rostro cubierto por un pañuelo, en medio de la noche, llevando otro caballo cogido por la brida; da un silbido con los primeros acordes del himno de Acción Democrática y observa tenso cómo una sombra se mueve vacilante por las tejas quebradizas del corredor, bajo el cual se encuentran dormitando los lanceros del sargento Maduro. El salto directo a la silla de montar y la cabalgata desesperada hacia la frontera mientras intercambian disparos con la partida organizada de modo apresurado por un sheriff del Sebín con los primeros integrantes de una cola madrugadora para recibir bolsas clap.

El jinete misterioso podría ser Diego Arria, o Jorge Rodríguez.

Ésta vendría a ser una fantasía producto de la combinación de capítulos de El Zorro –que aquí siguen trasmitiendo al mediodía– con otros de Bonanza (Ledezma podría ser personificado por Lorne Greene), que podría pasar. 30 alcabalas: no me extraña que no lo hayan detenido porque no están pensadas para hacer cumplir las leyes sino para el matraqueo y la extorsión. Y que haya cruzado el puente hacia Colombia como si estuviera en un intercambio de espías, o fuera a hacer mercado a Cúcuta, tampoco me parece jalado por los pelos. Mucho menos en su caso, de alopecia avanzada. Pero que una guardia nacional lo haya reconocido y en vez de detenerlo le haya dicho, “adelante, ciudadano, salga del país para que pueda seguir luchando por Venezuela”.

¿Una guardia nacional? ¡Noooo!

No.

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