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Sábado, 26 de Mayo de 2018

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

El designio de la sangre

El designio de la sangre
- Foto: Caninomag.es

La más reciente película del realizador Yorgos Lanthimos, “El sacrificio del ciervo sagrado”, se estrena en Venezuela para traer al presente la significación de la tragedia griega

Los antiguos griegos sabían que a través de la tragedia no solo podían explicar (o por lo menos intentarlo) el funcionamiento de su sociedad, sino también aproximarse a la esencia de la conducta humana, ese “¿hasta dónde somos capaces de llegar por defender lo propio?” del que surgen comportamientos que bien pueden permanecer en el rango de lo socialmente aceptable o traspasar sus límites.

Desde que irrumpió en el panorama del cine actual con la surrealista película Canino (2009), el realizador griego Yorgos Lanthimos (Atenas, 1973) nos ha hecho partícipes de su bestiario humano: hombres y mujeres, de cualquier edad, ajenos a las convenciones sociales, víctimas inequívocas de la incomunicación, eunucos emocionales, criaturas incivilizadas, animalizados, protagonistas todos de historias con una fuerte y cínica carga de fabulación.

No ha sido fácil olvidar, por ejemplo, al padre de Canino, una especie de semidiós que decide aislar del mundo exterior a sus tres hijos y hasta les enseña el significado de algunas palabras con una acepción totalmente distinta a la aceptada en todos los idiomas: el “mar” es un “sillón” y un “zombie” es una “pequeña flor amarilla”. ¿Y qué decir de la locación en la que ambientó La langosta: un hotel en el que está prohibida la masturbación, pero no así la estimulación sexual que la sirvienta del establecimiento le ofrece a sus huéspedes?

Lanthimos es un artista inusual, a la vanguardia de un tipo de historias que no se cuentan en el cine contemporáneo. Ahora llega a Venezuela su filme más reciente, El sacrificio del ciervo sagrado, obra con la que el cineasta repite el tono fabulador de sus anteriores creaciones, pero con un inusitado apego a las perversiones de las antiguas tragedias griegas.

Porque en lo que se cuenta en El sacrificio del ciervo sagrado hay mucho de la historia de Agamenón, el héroe de la mitología griega, citado en La Ilíada de Homero y al que la diosa Artemisa condujo a sacrificar a su hija Ifigenia en castigo por haber matado a un ciervo dedicado a su culto. O era la joven inocente o la devastación del ejército griego a causa de una peste enviada por la deidad. Un mortal obligado a decidir entre la inmolación de la sangre de su sangre y la existencia de su país.

Llevado a un ámbito más reducido –el familiar–, lo nuevo de Lanthimos transforma a un respetado médico cirujano encarnado por Colin Farrell en una versión moderna de Agamenón. En el pasado, Steven Murphy (Farrell) perdió a un paciente en plena intervención quirúrgica. Se comenta que durante el procedimiento, el doctor estaba bajo los efectos del alcohol. Por lo menos, eso es lo que piensa Martin (excepcional Barry Keoghan), el hijo de 16 años del paciente fallecido y quien se acerca a Murphy y su familia con el extraño objetivo, no de vengarse, sino de sentenciar a muerte al responsable de la muerte de su padre.

Pero para el cirujano existe una posibilidad, que se la da el propio Martin: o sacrifica a un miembro de su familia o tanto su esposa como sus dos hijos dejaran primero de caminar, luego de comer, sangrarán por los ojos y finalmente morirán…

Todo lo anterior es puesto en escena por el artista griego con un uso preeminente del gran angular, que hace más desolador y angustiante el espacio en el que se mueven los personajes, pero sin dejar perder detalle alguno. En la fría vastedad de los salones de la casa de la familia Murphy o de los pasillos del hospital, estas desesperadas criaturas de Lanthimos interactúan como movidos por un designio del que no se pueden zafar. También se exhiben como seres que oscilan entre la frialdad que les provee su zona de confort y el desconcierto de lo que les toca vivir.

El sacrificio del ciervo sagrado es una película que exige un abordaje no literal. Obliga a leer entre líneas. Por un lado, funciona como un thriller psicológico sobre un doble secuestro: el que ejerce Martin contra la familia del médico al que hace responsable de la muerte de su padre, y el que el doctor Steven ejecuta en contra de este chico al verse acorralado ante el inexplicable declive de su familia. Pero por otro lado, quizás el más interesante, opera como un despiadado retrato de las mentiras sobre la que se sustenta la institución de la familia y del estado de degradación moral que puede dejar en evidencia la toma de decisiones extremas. En algún momento de la película es inevitable preguntarse: ¿A qué estamos dispuestos a renunciar por el bienestar propio y de los nuestros? Antiguos o contemporáneos, allí están los ritos, a veces trastocados, a veces en pleno reacomodo. Lanthimos vuelve a enfrentarnos a la disyuntiva de un tiempo –el ahora– vaciado de contenido y significación. Sencillamente, brillante.


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