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Jueves, 22 de Junio de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Encarnación o la fenomenología de la carne

Encarnación o la fenomenología de la carne
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La Vida nunca es un concepto, sino una vida real, fenomenológicamente efectiva

Afrontar el pensamiento de Michel Henry viene a ser una labor de divulgación científica alrededor de una de las propuestas fenomenológicas hasta cierto punto desconocida en el universo académico actual. Sin embargo, a propósito de la construcción de una fenomenología de la vida y del cuerpo, Henry se ocupa de las nociones de la fenomenología y la intuición sujetada a la intencionalidad de la conciencia, que se orienta a las cosas que ingresan en el espacio de transparencia que llamamos mundo. El hacer ver premeditado revela lo que brota en el fuera de sí del aparecer mundano. Henry expone la revelación de la vida que origina otra definición de fenomenalidad. Esta ofrenda se separa de la del mundo porque no es exterior sino íntima, no es insensible y torpe para crear, sino que fecunda y solaza perseverantemente al ser vivo. La afirmación de la vida se confiere en el viviente a través de su Verbo, que se adopta a través de los matices cálidos que laceran la carne enseñando qué es vivir. En sus inicios el filósofo francés propone que la filosofía es una fenomenología del ego. De hecho, este título rondaba la cabeza del filósofo francés en el año de 1946, fecha en la cual disponía sus investigaciones fenomenológicas iniciales, y que verían la luz en 1960, año en el que se publicará La esencia de la manifestación. Sin embargo, con el nombre de la fenomenología del ego, Michel Henry quiso dar inicio a una exploración radical al problema de la subjetividad en la filosofía moderna: su demanda en esta obra buscaba conferir un fundamento absoluto del que carecía el ego cogito. La intuición primaria que describe la obra de Michel Henry no se fundamenta en la certidumbre racional del ego, sino en una impresión originaria, en tanto que es el sujeto sintiente (afectividad), el lugar antropológico desde el cual se define la existencia del yo. “El horizonte trascendental desde el cual se rastrea el problema del ego nos confronta con la inmanencia radical del sentimiento. La vida de la subjetividad materializada en la sensibilidad del cuerpo, se explica a partir de la ipseidad donde la interioridad incursiona en el mundo de la invisibilidad”.

En todo caso, el tema que nos preocupa es el concepto que Michel Henry maneja como Fenomenología de la Carne. La idea central del planteamiento es la posibilidad de concebir al cuerpo subjetivo como un cuerpo inmanente inmediatamente tejido a sí en la experiencia del arrojo y la resistencia. La existencia corporal está adherida a la estructura del absoluto en relación y se encuentra determinada como una necesidad de orden ontológico. Esta disociación ―y hasta quiebra― entre intelecto y afectividad o entre razón y emoción, ha transcurrido paralela al privilegio del alma sobre el cuerpo o, más bien, antes que eso, y más fundamentalmente, a la duplicidad del ser del hombre en estas dos entidades. “La encarnación no es entonces un hecho contingente sino una prescripción de la esencia. Es preciso, pues, dejar atrás el dualismo de substancias tradicional que inevitablemente fracasa a la hora de «unir» al alma un «cuerpo» que considera contingente y heterogéneo respecto del «alma»”.

Lanza al ruedo la idea encarnación partiendo de una lectura a las primeras líneas del Evangelio según San Juan que contiene, según él, una de las afirmaciones más osadas del Cristianismo que es aquel que anuncia la transformación del verbo en carne, la cual le lleva a comprender que la carne de Cristo es similar a la nuestra y que el hombre es carne, prueba que le sirve para constatar la unión perfecta entre verbo y carne. Para Henry, el término encarnación distingue la condición de un ser que tiene un cuerpo o una carne, como la palabra indica con más exactitud. Cuerpo o carne, ¿son, por tanto, la misma cosa? Como toda cuestión fundamental, la del cuerpo –o la de la carne- remite a un fundamento fenomenológico que sólo se puede dilucidar a partir de él. Por fundamento fenomenológico conviene entender el aparecer puro que se presupone en todo lo que aparece. Es este aparecer puro el que en primer lugar debe aparecer, si alguna cosa es a su vez susceptible de aparecer, de mostrarse a nosotros. La fenomenología no es la ciencia de los fenómenos, sino de su esencia, de lo que permite que cada vez un fenómeno sea un fenómeno. Ciencia no de los fenómenos sino de su fenomenalidad pura considerada como tal, en una palabra, de ese aparecer del que hablamos. Hay otras palabras susceptibles de expresar ese tema propio de la fenomenología que la distingue de todas las demás ciencias: postración, desvelación, manifestación pura, revelación pura, o incluso, si se toma en su sentido absolutamente original, verdad. No deja de tener interés observar que estas palabras claves de la fenomenología son también en muchos aspectos las de la religión y, por tanto, de la teología. Existen dos modos fundamentales del aparecer –dos modos diferentes y decisivos, según los cuales se fenomenaliza la fenomenología: el aparecer del mundo y el aparecer de la vida.

Para comprender la existencia encarnada es necesario comprender su fenomenalidad, es decir, atender su experiencia como tema. Henry descubre a través de Maine de Biran el carácter subjetivo del cuerpo lo cual lo lleva a concluir que el cuerpo no es objeto de experiencia sino la experiencia misma, no es objeto de voluntad sino la voluntad misma, no es objeto del esfuerzo sino el esfuerzo mismo. “El cuerpo subjetivo es el saber inmediato en que consiste la experiencia y se revela en el poder y no en el pensar: sólo por esto caminamos, sólo por esto pensamos”. El movimiento de la mano, dirá Henry, se conoce sin ser aprehendido en un mundo y se da de modo inmediato en la experiencia interna trascendental que se confunde con el ser mismo en movimiento. De esta forma lo que puede reconocerse como ser del cuerpo trascendental, por corresponder a la esfera de inmanencia de la subjetividad, es su aparecer. De allí la idea que da nombre a uno de sus libros Yo soy mi cuerpo. El cuerpo siempre será, desde esta óptica, un cuerpo naciente, un advenimiento continuo de un sí trascendental con sus poderes. El feliz arribo de la vida como carne incandescente será el tema central de encarnación. La vida, la vida absoluta como origen de la carne.


¿De qué vida se trata? A lo que el propio Henry responde: “No es que nuestras impresiones y la carne que ellas componen no sean susceptibles de aportarse ellas mismas en sí, al ser dadas a sí solamente en la auto-donación de la vida —menos aún que esta vicia, por cuanto es la nuestra, no cumpla la auto-donación que hace de ella una vida—. Sólo una Vida absoluta portadora en sí de la capacidad de la que nuestra vida se encuentra desprovista en el principio, la de aportarse a sí misma en sí, generándose a sí misma en el proceso cíe su auto-revelación y bajo la forma de ésta, puede hacer de modo que haya vida en algún lugar y, solamente en él, en esta vida única y absoluta que es la que tiene sola el poder de vivir todas esas vicias que no son vivas sino en ella. Sólo las propiedades de esta Vida absoluta, no como sus propiedades facticias, sino como posibilidades transcendentales incluidas en el propio proceso de su autogeneración, pueden dar cuenta de las propiedades fenomenológicas esenciales de cualquier vida que se pueda concebir, consecuentemente de las propiedades fenomenológicas esenciales de nuestra propia carne, aunque ésta las obtiene de la vida”.

Vivir desde esta óptica significa probarse a sí mismo. Al proceso absoluto en el que la Vida viene en sí, se fecunda a sí misma experimentándose a sí misma y de ese modo revelándose a sí, corresponde en el principio la Ipseidad sin la cual es imposible alguna prueba de sí. Puesto que la Vida nunca es un concepto, sino una vida real, fenomenológicamente efectiva —real también, fenomenológicamente efectiva es la Ipseidad en la que ella se prueba a sí misma: es un Sí mismo real, el primer Sí mismo en el que la Vida se revela a Sí, su Verbo—. Porque a la posibilidad más radical de la Vida pertenece este Sí mismo que es su Verbo, también pertenece a toda vida concebible un Sí mismo. Y a la vez, a todo lo que encuentra en la auto-revelación de la vida su propia condición de posibilidad: a toda carne y a toda impresión. No hay carne que no lleve en ella un Sí mismo de modo que este Sí mismo implicado en la donación de esta carne a ella misma, se encuentre con que es el Sí mismo de esta carne como ella es la carne de este Sí mismo. No hay carne que sea una carne anónima, impersonal, la carne del mundo. Y lo mismo la impresión: no hay dolor, sufrimiento o gozo que sea el dolor, el sufrimiento o el gozo de nadie. La carne es la forma transparente, según Henry, que tiene la Vida de hacerse vida. Sin embargo, “esta conexión originaria y esta reciprocidad, esta interioridad recíproca de la Carne y de la Vida, sólo atañe a una vida como la nuestra porque, antes del tiempo, antes de todo mundo, se ha establecido en la Vida absoluta como el modo fenomenológico según el cual esta Vida viene eternamente a sí en el Archi-Pathos de su Archi-Carne”.

La carne es, para Henry, la disposición primitiva en el ser humano mismo y su sustancia fenomenológica es idéntica al conjunto de poderes que conforman la subjetividad del sujeto. Ofrecida graciosamente a su propia realidad, la carne resulta pasiva respecto de su propia generación de vida. “Henry llama archi-pasibilidad a la posibilidad apriórica que posee la vida infinita de traerse a sí misma a sí bajo el modo de efectuación patética. Por hallar la totalidad de sus recursos en la vida infinita, la carne es “la pasibilidad de una vida finita que abreva su posibilidad en la archipasibilidad de la vida infinita”. La carne es, al mismo tiempo, memoria inmemorial de los poderes humanos, “memoria sin retención, una suerte de sabiduría propia del estado de inocencia original en que los poderes se experimentan interiormente sin recordar ni anticipar”. La carne es verbo ardiente, sentiente y sentido, fraguar sosegado y mudo que talla en la interioridad del ser el poder en él mismo para que, a partir de allí, adueñándose de sí, pueda poder efectivamente. El concepto de carne no va a referir una realidad posible y necesaria sino a una realidad efectiva, esto es, el punto de partida de toda voluntad, el punto silencioso “pero no inconsciente donde nuestros poderes se apoyan en su propio fondo patético para desplegarse cuando, al realizar un movimiento, despliegan el cuerpo orgánico”. En el cuerpo orgánico se enraízan los poderes que intencionalmente conforman el cuerpo trascendente brindándole ser y sentido.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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