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Jueves, 23 de Noviembre de 2017

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Opinión

Diversidad en perspectiva | Pensamiento crítico contra las discriminaciones modernas

Entre el pudor y la misoginia

Entre el pudor  y la misoginia
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La necesidad de tutela masculina no quedó sepultada en el oscurantismo religioso, por el contrario, sigue siendo criterio de valoración del lugar de la mujer en la contemporaneidad

En las diferentes etapas del proceso histórico social las mujeres han sido consideras inferiores, incapaces, irracionales, pueriles, irresponsables y antiéticas, en contraposición al hombre como persona justa, ética y lógica. Pero al mismo tiempo, a la mujer le fueron atribuidas como condición intrínseca de la feminidad la castidad, la abnegación, la ingenuidad, la candidez y la virtud. Es decir, las mujeres son concebidas desde una ambivalencia arquetípica, oscilante entre la feminidad sagrada/la diosa perdida, el pecado/la redención, la penitencia/la virtud, la santa/la pecadora, la pudorosa/la libertina, la madre/la prostituta.

De acuerdo a ello se construyó un discurso patriarcal promotor de la supeditación de la mujer a la imprescindible tutela masculina, el cual sería legitimado en los discursos del cristianismo. Uno de ellos sería San Pedro quien expresó: “Los maridos, a su vez, comprendan que deben compartir su vida con un ser más débil, como es la mujer”. Tertuliano quien afirmó: “El hombre debe ser su guía, pero también ha de guardarse de ella, pues como responsable y símbolo de la caída es un peligro mortal, es la puerta del infierno”; y finalmente Santo Tomas de Aquino quien diría que la mujer: “Debe estar sometida al marido como su amo y señor, pues el varón tiene una inteligencia más perfecta y una virtud más robusta”.

Sin embargo, contrario a lo que creemos, esta idea de la débil virtud femenina y la necesidad de tutela masculina no quedaron sepultadas en el oscurantismo religioso, por el contrario, siguen siendo criterios de valoración en la contemporaneidad. Un ejemplo de ello serían las reacciones ante la desnudez de hombres y mujeres en la sociedad venezolana.

Hace algunas semanas, en el contexto de las protestas antigubernamentales un hombre joven que intentaba emular las icónicas imágenes del rebelde desconocido y de la niña quemada por napalm, se desnudó, se enfrentó a los cuerpos de seguridad, se subió a una tanqueta y caminó un largo trayecto entre lágrimas. El hombre fue considerado un héroe, su actuación fue calificada de una clase de dignidad, un acto de gallardía, fue entrevistado por múltiples medios de comunicación y su imagen fue viralizada en todas las redes sociales. El hombre en cuestión salió del anonimato con su desnudo, se convirtió en un ícono, un ídolo, y su desnudez fue reconocida y celebrada. Los detractores del hombre desnudo cuando mucho criticaron su actuación de ridícula, y -en una sociedad machista- las burlas se dirigieron a lo pequeño de su miembro viril. Sin embargo, nadie dijo que el joven hombre estaba “buscando”, nadie dijo (ni sus seguidores o detractores) que no tenía pudor, nadie dijo que se estaba exponiendo a una agresión sexual, nadie dijo que estaba necesitado de sexo, nadie dijo que se estaba desvirtuando la protesta.

Empero, no son esas las reacciones cuando la desnudez proviene de una mujer. A pocos días de la referida escena, en la denominada “marcha de las mujeres” (la cual estuvo cargada de estereotipos en los que se legitimó la condición de cuidadoras y reproductoras de las mujeres como esposas, madres y abuelas) muchas de ellas optaron por mostrar sus pechos como signo de protesta. Algunas marcharon sin que nada cubriera su torso, algunas taparon sus pezones, otras solo se atrevieron a levantar brevemente sus blusas ante las cámaras, mientras que un grupo optó incluso por quitarse los pantalones y lanzarlos a los cuerpos de seguridad (haciendo referencia a la poco hombría o la feminización de los cuerpos de seguridad, por lo cual necesitaban ponerse los pantalones). No obstante, esta actuación de las mujeres generó respuestas similares desde los sectores de oposición y del oficialismo; las redes sociales se inundaron de comentarios en los que se calificó dicha actuación de las mujeres como inapropiadas, se dijo que desvirtuaban la protesta, que estaban “buscando”, que estaban faltas de sexo, que necesitaban hombres, que no las satisfacían en sus casas, que no tenían pudor, ni moral, que estaban haciendo quedar mal a todas las mujeres, que no era necesario desnudarse. Fueron llamadas meretrices, busconas, frígidas, cachondas, se dijo que podían violarlas, se dijo que si les pasaba era su culpa.

La desnudez de los hombres es aplaudida, promovida y aceptada, mientras que la desnudez de las mujeres -cuando no es impuesta y exigida por los hombres- es criminalizada, repudiada, rechazada, criticada y sancionada. Al respecto, una vez más como en las antiguas sentencias del cristianismo la masculinidad se pronuncia sobre el cuerpo y el “pudor” de las mujeres, una vez más el patriarcado intenta controlar y legislar sobre sus cuerpos. Ya no es San Pedro, Tertuliano o Santo Tomas de Aquino, sino Hermann Escarrá en la Venezuela del siglo XXI quien en un reciente foro dirigido a trabajadores del Estado afirmaba: “Es impresionante ver otra dama quitándose los pantalones y su ropa interior y tirándosela a la Guardia Nacional, ¿Dónde está el pudor de nuestras mujeres?, ¿Es que no son venezolanas?, ¿de dónde vinieron?, dónde se educaron?, ¿Cuál es su formación?, pues bien, llegó la hora de recomponer las cosas en el marco del Estado del derecho”.

Hoy una vez más se intenta imponer un derecho masculinista, como lo ha llamado Alda Facio, el cual norma y regula de forma diferenciada y desigual la conducta y actuación de hombres y mujeres; legislaciones que privilegian a los hombres, o aquellas que no son capaces de reconocer y actuar contra la discriminación, perjuicio y violencia experimentada por las mujeres. No obstante, el Estado de Derecho no puede ser una excusa para criminalizar y sancionar los cuerpos de las mujeres, el Estado de Derecho no puede ser una justificación para el ejercicio del sexismo y la misoginia institucional, el Estado de Derecho no puede ser el pretexto para que los hombres -de cualquiera que sea su tendencia política- continúen decidiendo sobre el “ser” y “deber ser” de la feminidad.

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