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Martes, 12 de Diciembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Hablemos, una vez más, del perdón

Hablemos, una vez más, del perdón
Foto: AFP -

La profesora Hélène Cixous, dice que el lugar del crimen es también el lugar del perdón

“Entonces Pedro se acercó y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces debo perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No digas siete veces, sino hasta setenta veces siete»” (Mt 18, 21-22). No sólo hay que perdonar al hermano setenta veces siete que implica, sin duda, perdonarlo todas las veces, sino que, además, también nos pide, cuando nos enseñó a orar, que perdonemos de la misma manera y en el mismo número de veces como el Padre lo hace (Mt 6,12). Una petición que viene, no sólo de palabra, sino de testimonio profundo que brota en el clímax del martirio cuando en la cruz pide «Abba, perdónales; porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Esto nos desnuda ante un hecho que compromete de raíz a todo cristiano, más allá de la confesión que profese, ser discípulo, ser imitación de un hombre que fue la personificación absoluta del perdón sin límites. Benedicto XVI, papa emérito, nos explica, refiriéndose a la línea antes expuesta del Padrenuestro, que toda ofensa, cualquiera que sea, entre los hombres confirma de algún modo una transgresión de la verdad y del amor y así se opone a Dios, que es, como sabemos desde siempre, la Verdad y el Amor. La historia nos muestra que toda superación de la culpa es fundamental y vital para la existencia humana, por ello, todas las religiones giran en torno a ello. La ofensa, escribe Benedicto XVI, provoca represalia; se forma así una cadena de agravios en la que el mal de la culpa crece continuamente hasta hacerse difícil de superar. Asumo que por estas razones, Gandhi afirmó una vez que el famoso ojo por ojo dejaría ciega a la humanidad algún día.

Ahora bien, Dios nos perdona a nosotros que, por nuestros múltiples pecados, nos habíamos erigido, de alguna manera, en sus enemigos. A pesar de todo, nos perdona. Esto nos lo recordó constantemente el Papa Francisco cuando celebramos el jubileo de la Misericordia: el Señor, que es rico en misericordia, nos ofrece su perdón sanante y liberador haciendo de él el acontecimiento más grande y significativo de la revelación de la historia de los hombres y de la salvación. Ese amor, tan profundamente reconciliador, que es capaz de hacer de los enemigos amigos, hijo e hijas, es el corazón del drama salvífico y redentor encarnado en Jesucristo. El perdón es capaz de transformar a los enemigos en amigos, en hermanos. Por ello, San Francisco de Asís lo resalta en su personal Padrenuestro cuando, una vez que solicita el perdón del Padre concluye “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti”.

Pero, entonces, ¿qué significa todo esto de perdonar? El filósofo católico Robert Spaemann nos dice que perdonar es no tener demasiado en cuenta las limitaciones y defectos del otro, no tomarlas demasiado en serio, sino quitarles importancia. Desmond Tutu contempla el perdón como un recorrido que nos enseña a reconocer que nuestra dignidad está estrechamente ligada a la dignidad de los otros, de los demás, y que cada mala acción nos lastima a todos por igual. Recordamos hace unas semanas que para Monseñor Oscar Romero el perdón era la venganza del cristiano. Benedicto XVI no nos dirá qué es el perdón, sino cómo funciona, qué es lo que ocurre en él. La ofensa, el agravio, el ultraje, como queramos llamarlo, es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que hay que remediar, por esta razón, sin duda, el perdonar tiene que ser algo más profundo, algo que vaya mucho más allá del simple acto de olvidar o de ignorar. “La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada”. El perdón siempre cuesta algo, en especial al que perdona, pues tiene que superar en su interior el daño recibido, debe “como cauterizarlo dentro de sí”, buscando la renovación personal, de modo que luego de este proceso de transformación, de limpieza interior, “alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados”.

Pareciera ser algo muy sencillo, pero, para quienes vivimos en una cultura como la nuestra, llamada por algunos post-cristiana, conscientes, plenamente conscientes de que la historia moderna es una historia que parece tejida por el crimen sistemático, el tema del perdón nos resulta de una resonancia particular. Pensando en esto, en el crimen que subyace como hilo conductor de la historia del hombre, la profesora Hélène Cixous, dice que el lugar del crimen es también el lugar del perdón. Y esto, escrito de esta manera, me recuerda cuando el papa Juan Pablo II fue herido de muerte por Mehemed Ali Agca. El 17 de mayo de 1981, tan sólo cuatro días después del atentado que, sin duda, no sólo daría un vuelco a su pontificado, sino a su vida, los parlantes de la Plaza de San Pedro transmitieron sus palabras de agradecimiento por las oraciones y también el perdón al hermano que me ha herido y al que sinceramente he perdonado. Juan Pablo II, así como todo aquel que perdona, lo hace a partir de tener claramente asumido que no se puede deshacer lo que ya se ha hecho. Curiosamente, es esto lo que verdaderamente hace del perdón algo problemático, muchas veces, inaudito, pues, hemos crecido en una cultura, cultura de la muerte dirá la Iglesia, dentro de la cual al mal hecho sólo se le responde con odio. El perdón no puede devolver el tiempo, nada puede hacerlo, por lo tanto, el padre asesinado vilmente en la calle seguirá muerto, el hijo muerto en la protesta seguirá muerto, el GNB asesinado por quienes él quiso asesinar primero seguirá muerto. Humanamente hablando, el perdón sólo podría, en todo caso, aspirar a un como si los hechos que provocaron el sufrimiento no hubiesen ocurrido. Lógicamente, el perdón es un ideal o concepto límite, no es algo, en definitiva, concreto. No cabe criterio que lo explique o lo exija, tan sólo se trata, por lo visto, una reinvención de nosotros mismos.

Los venezolanos estamos viviendo una crisis profunda de caridad, una crisis abismal de humanidad. Hemos sido testigos de espectáculos atroces cuya única explicación personal ha sido mirar al cielo y apretar los puños. Hemos escuchado testimonios de violaciones de los más elementales derechos humanos, testimonios de madres que cuentan la muerte por hambre de un hijo, de padres que dan cuenta de cómo su pequeño murió por carecer de medicamentos, de tantas, tantas, tantas historias que nos estremecen hasta los huesos y nos hacen imposible creer que hayamos llegado a esto. Historias que, en muchas oportunidades, nos recuerdan los episodios más oscuros de los crímenes en Centroamérica, particularmente en El Salvador. La búsqueda de la seguridad nacional se ha transformado en una guerra bestial contra el pueblo, en especial, contra los más humildes. Una guerra que nos ha impulsado a tener que elegir entre el mal mayor y el menor, es decir, entre un supuesto terrorista o que perezcan ciudadanos inocentes. El ambiente lo hemos vuelto tan tóxico, tan espeso, que, nada más el asomo de la palabra perdón o amnistía, nos puede llevar a ser víctimas de agresiones verbales casi tan fulminantes como las balas que les disparan a quienes reclaman justicia en la calle. En el libro Políticas del Perdón (2004), Sandrine Lefranc, afirma que, en muchas partes del mundo, la amnistía, o si se quiere: perdón político, ha sido utilizada como elemento de una retórica del perdón para la reconciliación, también como elemento para evitar un quebrante en el corteza democrática, en todo caso, para evitar mayores derramamientos de sangre. La reconciliación, hija madura del perdón, es fundamental para nuestra vida personal, tanto en lo privado como en lo público, pues, nos ayuda a reencontrarnos con la sacralidad que habita en toda persona. Ahora bien, la reconciliación nacional es una prioridad, pero empleando los métodos realmente apropiados, pues, hasta los momentos, perdonar se ha transformado en una utopía debido a que, los responsables de las masacres, torturas, desapariciones, genocidios, amparados en amnistías mal interpretadas o en comisiones de la verdad vulnerada por los intereses políticos de sus integrantes, no son llevados ante la justicia. Recordando que, por ejemplo, pedir perdón implica reconocer totalmente tanto el crimen como la responsabilidad en el crimen.

La crisis venezolana no parece estar cerca de ver una solución real y profunda. Pienso que cada venezolano tiene una enorme cuota de responsabilidad en abrir espacios serios para el perdón y la reconciliación. Esto no es sólo trabajo de políticos profesionales en hacer política y que, en modo alguno, cuestiono por eso. Sin embargo, no es allí, en ese escenario donde el país hallará su sanación. El perdón es esencial para la curación de cada uno de nosotros y del colectivo, eso debemos asumirlo, como también hay que asumir y comprender que el perdón, muchas veces, no es automático, ni se decreta como estúpidamente algunas corrientes espirituosas pregonan por televisoras, no se trata de una terapia vulgar reconciliadora, se trata de un proceso largo, complicado, a veces, lacerante, pero necesario, muy necesario para cada uno de nosotros. No es fácil, sin duda, supongo que para nadie, pero una vez alcanzado, una vez transformados, la vida cambia total y absolutamente. Pongámonos en manos de Dios para poder comprender la irracionalidad del perdón que es capaz de perdonar lo inexcusable, aquello que nos pueda resultar hoy imperdonable, que no ubica en el límite, en la frontera. Si el mal pudiera ser exento, si hubiera circunstancias atenuantes, si el mal no fuera el mal, el perdón sería algo meramente superficial y bastaría la indulgencia que emerge de la razón. No arrojemos la primera piedra, que como aquellos hipócritas que intentaron apedrear a la mujer por adulterio, ninguno de nosotros ha estado cerca de haber cumplido a cabalidad con la vida humana. Entonces, como Pedro que preguntó cuántas veces había que perdonar, Cristo nos mira, nos interpela, nos dice que hay que hacerlo siempre si es que realmente no tememos cuando le decimos al Padre que nos perdone como nosotros perdonamos a quien nos ofende y lo que no perdonamos plenamente, como escribiera San Francisco de Asís, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti”.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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