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Sábado, 29 de Abril de 2017

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Caracas pública | Cartografía de la vida urbana

Intoxicados de revolución

Intoxicados de revolución
Miembros de la Milicia Bolivariana en concentración para celebrar el 24 de julio. Año 2014. - Foto: Nelson González Leal

Aunque ya en mi muro de Facebook un viejo amigo poeta, desde su intoxicación, me promete esperarme en su trinchera, augurando sangre y fuego. Yo desde la calle, a la que tengo derecho y donde seguiremos conviviendo, como siempre de frente le repito: no más autoritarismo.

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  • Cheo Carvajal
  • Miércoles, 19 de Abril de 2017 a las 12:59 a.m.

A propósito de este 19A, día de una gran movilización contra este gobierno autoritario, una reflexión militante en medio de amenazas y discursos bélicos

Todavía no me imagino a mis amigos chavistas vestidos de milicianos, con un fusil al hombro. Me cuesta verlos marchar y atender órdenes. Me cuesta verlos apuntando a algún objetivo, menos aún si ese objetivo es otra persona. En general mis amigos (y esto vale para los de un lado y del otro) se parecen más a esos “atorrantes” que “se exhiben sin pudor” y que “beben a morro” de Joan Manuel Serrat, que a los arrebatos guerreros de Silvio Rodríguez cuando decía “te doy una canción, con mis dos manos, con las mismas de matar”. Probablemente peque de romántico al mirar atrás, pero mis amigos, los de verdad, en la práctica siempre estuvieron más atentos a la creación que a la destrucción. Más proclives a la fiesta que a la revuelta. Más cercanos a la poesía que al panfleto.

Eso siempre fue así, pero los hechos sugieren que eso se está desdibujando. Con el correr de estos últimos cinco años, en los que el enflaquecimiento corporal ha producido una esclerosis de la sensatez, algo parece estar rompiéndose, si es que acaso ya no se rompió del todo.

Miembros de la Milicia Bolivariana. Foto: Nelson González Leal


Yo estoy ubicado en ese amplio y variopinto espectro ciudadano que hoy reclama respeto a la democracia como forma de mediación política y convivencia, respeto a las reglas de juego, que este gobierno de manera escalonada decidió ir obstaculizando, estirando a conveniencia, hasta definitivamente romperlas. Y a pesar de que reconozco que (por su beligerancia originaria) este gobierno ha sido sistemáticamente atacado, desde dentro y fuera de nuestras fronteras, estoy convencido de que hemos llegado a esta fase (de escalada de violencia y de amenazas superlativas), por una contradictoria mezcla de obcecación y complicidad. Obcecación con un modelo que se agotó (porque dependió estrictamente de la renta petrolera) y complicidad con los que, desde adentro del propio gobierno (ese intragable pasticho “cívico-militar”) lo esquilmaron. Pero no es lo único.

Esa obcecación siempre pasó por la premisa (oculta o disfrazada durante los años de la gran bonanza) de que las revoluciones nunca han tenido vocación democrática. Digamos, pueden tener sed de justicia, pero vocación democrática nunca. La democracia la pueden asumir como un medio, siempre y cuando no ponga en jaque al poder revolucionario. Y es ahí donde todo se desmorona. Porque en nuestra sociedad pesa mucho la idea de la capacidad ciudadana de tomar decisiones. Para que nadie establezca una verdad hegemónica. O, en todo caso, para que al menos la venda de manera convincente. Pero nunca para que la imponga, ni siquiera en nombre del bien común.

La Milica Bolivariana participando en la marcha conmemorativa del 13 de abril. Año 2011. Foto: Nelson González Leal


Ya estamos en una fase en que, a pesar de que sigan echándole la culpa a los dragones de otras comarcas y a los monstruos de nuestro reino, a pesar de meter miedo uniformando y armando a miles, la verdad es que somos millones de venezolanos hartos de mentiras y jugarretas, hartos de retórica guerrerista y saqueo. No se pueden abrogar una supremacía moral en nombre de unas bondades ahora enclenques, que dependieron en demasía de la renta petrolera y que ahora intentan capear con otras formas de extractivismo insostenible.

Pero volvamos al inicio: no me imagino a mis amigos vestidos de milicianos, empuñando un viejo fusil. Y espero que mucho menos uno nuevo, porque ellos saben que hay otras urgencias que atender con los mermados recursos con que cuenta este gobierno (incluyendo las elecciones regionales no atendidas bajo la excusa de la “emergencia económica”). Lo más perverso de mi imposibilidad imaginativa (no los veo de kaki), es que salvo excepciones, de milicianos se visten los más pobres, los sistemáticamente excluidos, los que no tienen otra opción. Ellos son los que llevan el peso de ese fusil. Ellos serán los que apunten, si los de arriba lo estimaran necesario.

Aunque ya en mi muro de Facebook un viejo amigo poeta, desde su intoxicación, me promete esperarme en su trinchera, augurando sangre y fuego. Yo desde la calle, a la que tengo derecho y donde seguiremos conviviendo, como siempre de frente le repito: no más autoritarismo, no más militarismo, no más violencia de Estado y violación de derechos humanos. Los venezolanos exigimos se respeten las reglas del juego democrático.

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