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Jueves, 23 de Noviembre de 2017

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Opinión

Gol a favor, gol en contra

José Altuve al bate: lo insólito se ha puesto de moda

José Altuve al bate: lo insólito se ha puesto de moda
Foto: EFE -

En Venezuela pasan cosas que ni Robert Ripley podría creer. Muchas cosas para reseñar, como el caso de la muchacha que vendió su carro para poder comprar los cauchos; mas, ninguna se compara con el 1,68 con el que José Altuve dibujó su gesta

Una joven vende su carro para poder comprar los cuatro cauchos. Un hombre entra al banco y no hay billetes, que al final sí consigue en un cajero de la misma institución bancaria. Una señora entra en una panadería donde no hay pan. Un arquero despeja un balón que pega en la espalda de un compañero y la bola caprichosa se devuelve y entra en su arco. Todo esto parece un relato de lo insólito, un cuento venido de un mundo bizarro, una historia vivida detrás del espejo de los tiempos.

Sin embargo, ninguna es tan insólita y alucinante como la de José Altuve, tan asombrosa como que desde el 1,68 de tamaño se las arregló esta temporada para mandar frecuentes pelotas a las gradas, para hacer campeón de la Serie Mundial a los Astros, y para que desde los graderíos de la ciudad texana los aficionados enseñaran, con orgullo y suficiencia, aquellos carteles con la inscripción “MVP”. El próximo jueves, día del anuncio, sabremos la decisión de los periodistas estadounidenses y si la fe de la gente en Houston tuvo el empuje suficiente.

Altuve desafió, con premeditación, alevosía y desventaja, principalmente desventaja, las leyes de la gravedad y los estatutos del propio equipo sideral, que siempre han considerado un sacrilegio contratar jugadores por debajo del 1,85 de estatura. Entonces, ¿cómo fue que el diminuto venezolano llegó a los Astros, y encima, a tan alto estrado? Es un misterio para oscuros alquimistas de la antigüedad, tan indescifrable como el de saber de dónde saca su fuerza de dinamo encendido. “El tiempo está a favor de los pequeños”, decía el título de una antigua canción de Silvio Rodríguez, y tal parece que según todo lo que es capaz de hacer Altuve el canto tiene vigencia, con aquellas estrofas de esperanza que la gente entonará por las calles después de oírla en las emisoras de radio cuando el hombre sea premiado como el Más Valioso de la Liga Americana. Ya imaginamos a carajitos venezolanos en los campos abiertos tratando de emular al segunda base de Houston, “porque si él pudo, nosotros también podemos”. Un nuevo ídolo se vislumbra, escala el monte Olimpo al que atletas de alta fidelidad, como Miguel Cabrera y Juan Arango, no han podido coronar la cima. Son admirados, mas no tan queridos… al menos, queridos como la gente comienza a apreciar a José Altuve.

En la antípoda del pequeño Altuve, y aun en las del gigantón Cabrera y del hábil Arango, se esconde un tipo como Marwin González. Tan callado como eficiente, tan taciturno como el mejor impulsador de carreras entre los peloteros venezolanos, no es mayormente tomado en cuenta, ni en Houston ni en Venezuela, ni se ha anotado entre los candidatos para disputar el campeonato mundial de la idolatría. Seguramente Marwin ha de ser así para todas sus cosas, para todo en la vida, porque en el deporte los atletas reflejan sus maneras de ser. Unos son estridentes, otros opacos, pero no por eso interpretan lo que hacen en tono menor. Nos vemos por ahí.

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