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Sábado, 23 de Septiembre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

La ambigüedad de Sofía Coppola

La ambigüedad de Sofía Coppola
Imagen tomada de www.jotdown.es -

Lo más reciente de la directora de “Las vírgenes suicidas”, “La seducción”, llega a la cartelera local para mostrar, otra vez, la obsesión de la cineasta por la estética y la conducta humana dual

Tanto los personajes como las historias contadas en el cine por Sofía Coppola están atravesadas por la dualidad, por una ambigüedad que los hace sumamente atractivos. Por ejemplo, las cinco hermanas Lisbon, las protagonistas de Las vírgenes suicidas (1999), comparten la belleza y la vitalidad de su juventud, pero el entorno cerrado que les han procurado sus padres las hacen propensas a la autodestrucción; y en Perdidos en Tokio (2003), un actor de cine y una veinteañera comparten sus soledades en una ciudad con una altísima densidad poblacional (14.000 personas por kilómetro cuadrado).

Además de un refinado gusto por la estética, la hija del gran Francis Ford Coppola ha insistido en toda su filmografía en hacer el retrato de las contradicciones humanas: personajes que viven circunstancias contrarias a sí mismos. Inocencia-madurez, soledad-popularidad, irresponsabilidad-compromiso, fama-perdición…

En el caso de la más reciente película de Coppola, The beguiled (La seducción), la cineasta parte de la novela de Thomas P. Cullinan, llevada al cine en 1971 por Don Siegel, con el título de El seductor y Clint Eastwood como protagonista, para adentrase en una historia con la dicotomía debilidad-fortaleza.

La seducción está ambientada en plena Guerra Civil en Estados Unidos –una oportunidad de oro para una realizadora fascinada por las historias de época–, en el interior de un internado para jóvenes de Virginia. La tranquila y controlada vida de la señorita Martha Farnsworth (Nicole Kidman) se ve alterada cuando una de sus pupilas se encuentra en un bosque cercano con un soldado de la Unión mal herido. Las mujeres le dan refugio y lo curan, pero las intenciones de John McBurney (Colin Farrell), el soldado, parecen ser otras, pues inmediatamente comienza un juego de seducción con sus benefactoras.

Coppola se tomó algunas licencias en su adaptación de la novela de Cullinan. La más visible es la supresión del personaje de la sirvienta negra Hallie, y se entiende porque la intención de la directora no es distraer la atención de las ambiguas conductas de las señoritas del internado, que van de la inocencia al proceder fríamente calculado, de la bondad a la brutalidad, de la honorabilidad al crimen. Lo que Sofía Coppola busca en este filme es dejar a un lado la misoginia mostrada en la historia original para adentrarse, sin prejuicios ni juicios valorativos, en la capacidad de sobrevivencia de un puñado de mujeres aisladas del mundo exterior, o peor aún, acostumbradas a vivir “seguras” en la burbuja de una casona sureña de Estados Unidos a donde las evidencias de la guerra llegan a través de los ecos lejanos de las bombas.

La seducción, ésta de Coppola, no es simplemente la historia de unas mujeres que viven en una especie de cofradía enfrentadas a un solo hombre. Tampoco se trata de un solo hombre sometiendo a siete bellas doncellas. La directora de este filme está clara en que su indagación de las conductas humanas va más allá de una variante de la “guerra de los sexos”; al contrario, su objetivo no es otro que desnudar los mecanismos por los cuales lo virginal, lo puro, lo decente, la inocencia se transforma en todo lo contrario.

Exquisitamente ambientada, excelentemente fotografiada (el trabajo de Philippe Le Sourd, sin llegar a su genialidad, recuerda al que realizó John Alcott para Barry Lyndon) y con una muy cuidada dirección de arte, La seducción es otra demostración del buen gusto de Sofía Coppola.

Lástima que la cineasta deseche (y está en todo su derecho de hacerlo) aspectos como la segregación racial y la misoginia de la cinta de Siegel. Aunque queda claro que el propósito de Coppola es, de nuevo, plantear la ambigüedad de los personajes, lo cual explica que para el reparto haya escogido a algunas de las actrices más bellas del momento: Nicole Kidman, Kirsten Dunst y Elle Fanning, por nombrar a las más destacables y capaces de concentrar en la expresividad de sus rostros, esa mezcla de ingenuidad y brutalidad que marca el proceder de estas doncellas alejadas de la guerra, pero tan víctimas de ella como cualquiera. ¿Y qué decir de Colin Farrell? Pues, que luce aquí como en la mayoría de su filmografía: demasiado macho, demasiado esquemático.

Más allá de los hechos que se cuentan en La seducción, hay que prestar atención a lo que Sofía Coppola deja colar sutilmente en los cruces de miradas de los personajes. He aquí la poética de su puesta en escena. Hay un mecanismo psicológico que la realizadora pone en marcha de manera simultánea con las circunstancias que rodean a sus mujeres. Un proceder que escapa a los diálogos explicativos y a la conducta visible de la señorita Martha y sus pupilas, a quienes en algún momento dejamos de percibirlas como víctimas.

Eso sí, el carácter casi de cuento de hadas le resta dramatismo a una historia que bordea muy de cerca los límites del terror. En tal sentido, el cinismo de Siegel siempre será más cautivador.

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