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Martes, 12 de Diciembre de 2017

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La cárcel de la moral ajena y otros dolores modernos

La cárcel de la moral ajena y otros dolores modernos
Foto: Helmut Newton -

En nuestro país "que una mujer se desnude porque lo desea continúa siendo un escándalo" . Esto no es un debate novedoso y menos en un continente obsesionado con el comportamiento femenino y los límites que impone un concepto agresivo de la decencia

Hace unos días, una amiga me comentaba que alguien le llamó “zorra” vía redes sociales por atreverse a compartir una fotografía con cierta connotación erótica. Además, el anónimo interlocutor no sólo la insultó sino que además, insistió en denigrar su trabajo profesional e incluso, su capacidad creativa por el mero hecho de haber mostrado una fotografía de un pecho desnudo. Cuando me lo contó, me provocó una rara sensación de tristeza la moral provinciana de nuestro país.

 — Es nuestro país, que una mujer se desnude porque lo desea continúa siendo un escándalo — me comentó con tristeza.
 — Un desnudo no es algo ofensivo ni debería serlo.
 — Para nuestro país, lo es.

Pensé en la frase, en todas las veces que he tenido que lidiar con la incomodidad de los espectadores de mi trabajo fotográfico — que contiene desnudos, alusiones a la muerte y cierto contenido erótico — y sus implicaciones. En todas las veces que he recibido comentarios insultantes e incluso agresivos, por escribir sobre temas en apariencia “indecentes”. En la ocasión que alguien directamente me amenazó con “golpearme a la cara” por recomendar una película pornográfica que consideré digna de mención. Un país obsesionado con la moral pero que practica a cambio un tipo de hipocresía muy específico. Un país que aún asume que el cuerpo femenino es ofensivo e incluso, directamente vulgar.

 — Al parecer estamos demasiado vivas para esta cultura — dice mi amiga tratando de quitarle importancia al asunto.
— Somos un país adolescente — concluyo al final, desanimada.

No es un debate novedoso, claro y mucho menos en un continente obsesionado con el comportamiento femenino y también, con los límites y restricciones que impone un concepto agresivo sobre la “decencia”. Nuestra cultura parece persistir en la noción que la mujer debe “obedecer” un tipo de percepción social muy específico que no solo complazca las aspiraciones colectivas sobre la mujer ideal sino además, encaje en la percepción secundaria y sumisa de la mujer. El resultado es una extraña visión sobre lo femenino, a mitad de camino entre una fantasía masculina y algo muy parecido a un estereotipo. Un peso cultural que todas llevamos a cuestas. Hace unos meses, leí un artículo muy interesante sobre la influencia del Eterno misterio femenino sobre la cultura occidental. Me asombro un poco que la lectura me dejó con una sensación un tanto amarga: la vida de la mujer, históricamente hablando, siempre ha sido invisible. Porque, aunque desde hace un par de siglo, hemos empezado a cuestionarnos y a preguntarnos el porqué de las diferencia entre géneros, el papel de la mujer carece de la relevancia, riqueza, fuerza que desearía pudiera tener. Sí, lo sé, exponer este tipo de ideas, debatirlas, siempre provoca que me llamen “feminista” sin más, o peor aun, “radical”, pero aun así, estoy convencida que la visión del mundo desde el ángulo femenino — creadora, brillante, estética, ambivalente, poderosa — se encuentra menospreciado por una serie de conceptos más antiguos, arraigados en la historia Universal que compartimos como comunidad biológica. Por supuesto, alguna mujer especialmente osada, ya se había atrevido, cuando era ilegal hacerlo, preguntarse en voz alta el motivo de las diferencias, porque debía aceptarlas sin más. Un buen ejemplo de esa necesidad de comprensión fue el maravilloso libro “La Cité des Dames” escrito en 1405 y que cuestionaba, en un tono bastante moderno, digamos, el rol obligatorio que la cultura imperante imponía sobre la mujer. Porque de hecho, hablamos de un rol que se hereda, de un lugar social que hasta hace poco pareció incontestable. No obstante, tuvo que llevar el positivismo, para que la curiosidad intelectual fuera más fuerte que un aparente orden natural y que la mujer pudiera comenzar a ocupar un lugar bajo el sol por derecho propio, por valor personal.

Aún no hay respuesta para la mayoría de las preguntas que definen el rol de género. ¿Como se estableció el quién es quién dentro de la cultura occidental? ¿Hubo una edad de oro donde la mujer no dependió de la identidad masculina para encontrar su identidad cultural? De hecho sí, el matriarcado fue un concepto que durante muchos siglos, formó parte de la cultura y la vida cotidiana de numerosas tribus y civilizaciones antiguas. Una manera de concebir a la mujer como ente creador, divinizado. Sin embargo, ese papel puramente emocional, probablemente entronizado en el poder reproductivo, acabó con la propiedad privada y la familia, cuando las tribus dejaron de ser nómadas y se asentaros en poblados concretos. Según Engels, quien por mucho tiempo debatió la identidad y el rol sexual a un nivel cognoscitivo, el hombre necesitaba asegurarse hijos propios a los cuales pudiera heredar las conquistas, los logros de guerra, el nombre. Y para eso, necesitaba controlar a la mujer, quien engendraba y paría a los hijos que heredarian. Una idea que a la distancia puede parecer dramática y exagerada pero que se manifiesta en todo tipo de percepciones modernas sobre la mujer: la persistente idea del Rol doméstico, la noción sobre la concepción como última meta de la vida de una mujer e incluso, la comprensión del hecho femenino como parte de una idealización constante sobre la mujer. Pero ¿Qué ocurre con la mujer de carne y hueso? ¿La mujer que no se categoriza? ¿La que no forma parte de ninguna expresión social que intente definirla? ¿La mujer que sobrevive a ese estigma de ser un aspecto de sí misma? ¿La que no acepta la cultura que la menosprecia y la infravalora?

En más de una ocasión, me he preguntado hasta que punto esa cultura que infantiliza a la mujer es la culpable de la manera en que la mujer actual comprende de su cuerpo. Y lo he meditado justo por esa percepción de lo “femenino” — o lo que analizamos sobre la conducta de la mujer — es en ocasiones abrumadora y asfixiante. El primer médico ginecólogo que me atendió en mi vida, era una mujer. Una de esas veteranas del prejuicio que parece recorrer justamente el camino contrario, hacia la liberación. Luego de realizarme todos los exámenes de rutina — y lidiar con mi nerviosismo de doce años inquietos e incómodos — me pidió escuchar una pequeña charla sobre lo que llamó “la verguenza social”.

- Tu vulva es un tesoro — me dijo en esa primera cita — te dirán que te cubras, que es la florcita de la familia, que te respetes. Pero es tuya. Es el poder de que te dio la naturaleza. Creas vida, sientes placer. Eres poderosa.

Jamás había escuchado palabras semejantes sobre mi vagina. Con doce años, sabía que siempre debía cerrar las piernas si llevaba falda, no nombrar directamente a “esa” parte de mi cuerpo. Las monjas del colegio en el que me eduqué insistían en cada oportunidad posible que mi cuerpo “podía ser tentador y provocador de pecado”. De manera que las palabras de la doctora me gustaron. Después me enteraría que para poder estudiar medicina, había tenido que huir de la casa paterna. Su padre, un hombre conservador y machista, le había tratado de convencer por años que debía licenciarse en algo más femenino. Como me explicará en su oportunidad, la idea de un mundo signado por el género la aterró, de manera que decidió estudiar medicina, sin el apoyo familiar.

- Te dirán que eres decente, que la decencia comienza por cuidar de tus partecitas — soltó una carcajada — no le permitas a nadie convencerte que tu vagina, tu vulva, tu concha, no te pertenece. Es tuya. No utilices epítetos infantiles. La mujer debe ser adulta.

Esa idea me intrigó y me molestó por años. Porque justamente, a la mujer se le convierte en una niña eterna. Una niña que jamás habla de su cuerpo, que utiliza eufemismos para referirse al sexo, que la cultura insiste en valorar según el tamaño de su escote o sus decisiones sexuales. Viviendo en un país machista como el mío, esa noción sobre lo que la mujer puede o no hacer con su cuerpo, parece elaborar un propio concepto de lo bueno y de lo malo. La niña buena lleva falda a la rodilla, no se ríe en voz alta, no es fácil ( lo que sea que signifique ese término ). La chica mala por el contrario, es destructora, temible. La que todos desean mirar pero nadie tropezarse. Tal vez por ese motivo, la primera vez que me tropecé con una fotografía de Nelson Garrido, sentí un inmediato alivio. Con sus temática vulgar, su creación de la mujer fetiche y esa devoción por lo femenino como transgresor, era una bocanada de aire fresco en toda esta necesidad de reconstruir a la mujer como figura de culto, más allá de la visión real de las cosas.

Todas las fotografía de Nelson Garrido suele asquear o atemorizar al espectador. Su dilema es la búsqueda del impacto a través de lo retorcido, lo inquietante y lo directamente desagradable. No obstante, una de sus imágenes suele causar revuelo allá donde se muestra, sobre todo a las mujeres: se trata de una vagina, fotografiada de una manera muy evidente y frontal. El encuadre pequeño y muy cerrado no deja ningún elemento a la imaginación. Y como si eso no fuera suficiente, entre los labios interiores — justo en la llamada flor del deseo, el eufemismo más ridículo que he escuchado para clítoris — hay una pequeña escultura de un niño Jesús. Idéntico a los que se suelen usar en el pesebre. Inmediato escándalo. Incluso hay un grupo de devotos enemigos de Nelson Garrido que lo odian justamente por esa imagen.

La primera vez que yo la vi, me la mostró una amiga. Y estaba muy aterrorizada por todo: la vagina visible, con una escultura religiosa en evidente provocación. Pues a mi me encantó. Miré la imagen fascinada por un largo rato y me pregunté cómo habría sido tomarla, crear una alegoría crudísima y directa sobre el temor al sexo, la pudibundez cultural y la estereotipación de la conducta sexual a través de algo tan orgánico como los genitales femeninos. Bien podría haber desarrollado un símbolo fálico, bien visible y exuberante, pero Garrido, en toda esa radiante visión suya sobre la mujer y el arte, lo hizo a través de una vulva. Por supuesto, cuando se lo expliqué a mi amiga, se escandalizó.

- ¡Esto es una falta de respeto! — exclamó — colocar allí un crucifijo…
- ¿Allí donde? — pregunté con intención. Me dedicó una mirada durísima. Y se sonrojó.
- Allí, Aglaia…allí abajo.
- Eso tiene un nombre — dije rotunda — vagina.

Mi amiga se ruborizó aún más y me angustio un poco que una palabra — su propio cuerpo — le provocara tanto horror. Manoteó y me quitó de las manos la revista que contenía la imagen.

- Ya sabía que no entenderías nada — me reclamó.
- ¿Qué tenía que entender? — pregunté perpleja. Ella me miró con los ojos muy brillantes.
- ¡Es Cristo! ¡Es sagrado! ¡Y lo puso allí! — casi escupió las palabras. Sentí que un malévolo sentido del humor me subía a la garganta.
- En la vagina.
- ¿Te encanta la palabra no?
- Solo es una palabra — dije. Y mientras las emociones de mi amiga parecían sofocarla aún más, a mi toda la conversación me parecía más incomprensible. ¿Por qué tanto pánico? ¿qué había tan temible en su cuerpo como para para angustiarle así?
- ¡Es una grosería lo que hizo ese hombre!
- Tu cuerpo es tan sagrado como el crucifijo — respondí. Ahora sí comenzaba a disgustarme — no puedo entender porque miras tu propio cuerpo como algo corrompido e inquietante.
- ¡Tu no entiendes nada! — me reclamó y sin más, me dejó plantada en el café donde nos encontrábamos. La verdad no, no entendía nada.

Pasarían algunos años hasta que pude preguntarle directamente a Nelson Garrido el motivo que le había llevado a tomar esa fotografía y otras muy parecidas. Cuando le cuestioné directamente su visión del cuerpo y la moral, soltó una de sus carcajadas nasales.

- Solo puse el crucifijo, que considero Santo como buen católico, en el lugar más Sagrado que encontré — respondió. Nos encontrábamos sentados en la pequeña biblioteca de su Escuela de su fotografía y su respuesta me pareció extraordinaria, como si fuera parte en belleza y esencia, de ese pequeño templo a la imagen en el que nos encontrábamos. Tomé un sorbo de café, mirando fascinada.
- A usted le llamarian feminista radical — comenté. Me dedicó una de sus amplias sonrisas socarronas.
- No. Soy consciente del poder del símbolo. La mejor forma de escandalizar en el arte es hacerte pensar. Y quien ve esa fotografía, no la olvida. Ya sea para insultarla, mostrarla, pensarla o como tu, sonreír con ella.

Pensé en esa conversación por mucho tiempo y aún lo hago. Después de todo, el cuerpo femenino sigue siendo un misterio, un terreno de debate y sobre todo, una percepción muy compleja sobre la identidad de la mujer extrapolada a ideas históricas muy concretas. ¿Habrá en el futuro la posibilidad que la mujer social y cultural sea concebida como un adulto? Miro la fotografía del profesor Garrido, que siempre conservo cerca, para recordar las pequeñas transgresiones simbólicas. Espero que sí.

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