https://www.facebook.com/BeducenVenezuela/

Lunes, 22 de Octubre de 2018

Contrapunto.com

Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

La censura y otros dolores Venezolanos: Una pequeña forma de violencia

La censura y otros dolores Venezolanos:  Una pequeña forma de violencia
Imagen tomada de http://conceptodefinicion.de -

¿A dónde nos dirigimos como concepto de nación? ¿Quién es el nuevo ciudadano Venezolano, nacido de la censura, la represión y el revanchismo legal?

Hace unos días, escribí un tuit sobre la muerte de Ruperta, la elefanta sobreviviente al descuido del Parque Zoológico Caricuao. Lo hice porque en la muy medida frase que utilicé - "El gobierno no aceptó la ayuda humanitaria que se ofrecía para el animal por razones políticas", escribí - había una considerable carga de crítica política que, en un país como el mío, puede resultar peligroso. De modo que lo borré, con las manos temblando de furia y pasé unos cuantos minutos en silencio, pensando que cada vez con más frecuencia, me autocensuro, evito la confrontación pública. Deambulo por una borrosa frontera entre lo que puedo decir y deseo decir, bajo un régimen en que la opinión puede ser un delito.

No es un pensamiento agradable. Mucho menos cómodo. De hecho, es agresivo, duro de digerir y abrumador, porque se encuentra en todas partes, transforma la información y cualquier tipo de visión sobre la temática de Venezuela - como país y circunstancia - en un pequeño espacio limitado por el terror a transgredir esa amenaza difusa que está en todas partes. Si eres mujer, la situación es aún más violenta: he recibido insultos y también todo tipo de improperios por contar lo mejor que puedo sobre la situación del país, también otro tipo de censura, otro tipo de versión sobre el límite de lo que puede informarse o no. De manera que ser escritor, mujer y además, tener cierta conciencia política en Venezuela, puede resultar peligroso. Es de hecho, una espada de Damocles, que pendula sobre tu conciencia y de manera literal, sobre tu cabeza, sobre tu versión del mundo, lo que deseas expresar.

 - Todo régimen con tendencia dictatorial censura como una forma de acumular poder - me comenta mi amigo J. cuando le hablo de mis temores - Mucho más en Venezuela, en donde toda la situación se ha radicalizado con una rapidez asombrosa. No creo que tus temores sean infundados, en todo caso, sino…

No hay mucho que decir, por supuesto. Trabajo en tres medios distintos donde jamás he sido censurada, pero ahora, parece que la posibilidad es muy cercana. No es un fenómeno ajeno: parece rodearme poco a poco, en mi miedo a la expresión, mi terror como una forma de construir algo más sustancioso sobre mi opinión.

 - Tu columna trata sobre el feminismo moderno ¿quién querría censurarla? - me pregunta mi amigo.

 - ¿Qué pasará cuando hable sobre las políticas erradas y distorsionadas del Gobierno sobre la mujer? ¿Sobre las cifras de feminicidio? ¿Cuándo deba analizar la estructura machista y vertical del chavismo?

Mi amigo no responde, ambos sabemos la respuesta. No hay manera de encontrarse a salvo. Suspiro, preocupada, sofocada por la sensación de claustrofobia de analizar el tema sobre lo censurable (lo que puedo decir o lo que no) de una forma tan abierta. Está sucediendo, me repito con un escalofrío de inquietud casi doloroso. Está sucediendo cerca y es probable, me ocurra a mi también.

El Gobierno Venezolano no se ha distinguido por ser especialmente tolerante con la crítica y mucho menos con la información. Tal vez debido a su corte militarista - cuartelero o al hecho que su visión ideología insiste en un control Hegemónico de la información como requisito para su viabilidad, la revolución Bolivariana ha procurado durante quince años ejercer control sobre los medios de la Comunicación y la información como valor social. Desde la tristemente célebre ley Resorte hasta la instancia de corte militarista - política CESSPA, el Gobierno ha intentado manejar los hilos de la repercusión de la información y su estructura para lograr una visión única de la realidad. Y lo ha logrado a medias: Con el control de casi el 80% de los Medios radioeléctricos del país y la complicidad silenciosa del resto, la información que se transmite y se divulga es poco menos que una versión reducida, simplificada y la mayoría de las veces politizada de la realidad. Una estructura de propaganda que se suele comparar - sin mucho acierto - con la monstruosa propaganda del Nazismo Alemán. No obstante, el Gobierno Venezolano no ha logrado que sus métodos de divulgación sean tan certeros y mucho menos, precisos como podría suponerse. Y tal vez son esas grietas en el inestable aparato de comunicación gubernamental, el origen de esa otra Venezuela, la que se debate entre la confusión y el rumor, pero que sobre todo la que insiste en comprender la realidad como dos aspectos del análisis noticioso. Una labor cuando menos compleja en medio de una diatriba política que parece someter a todo aspecto de la realidad a una amarga discusión pública.

Mientras escribo este artículo, recibo un correo de una buena amiga mexicana a quien consulté sobre la censura antes de escribir sobre el tema. Le expliqué lo ocurrido en el portal donde trabajo, el temor que invadió a todos los columnistas y por último, la sensación dolorosa y amarga que camino al borde de la censura. Mi amiga me responde con una frase lapidaria: "Se trata del riesgo que quieras correr, hasta donde quieras llegar, lo que quieras expresar. ¿Deseas hablar abiertamente sobre lo que ocurre o necesitas que sea público y notorio que puede ocurrir?"

Esa es una buena pregunta. Durante los últimos diez años, he sido testigo como la información en Venezuela se ha resumido y restringido en cientos de maneras distintas. Lo hace en la medida que lo que se informa se hace más sensible, peligroso (para su autor) y directamente, una forma de protesta que no resulta admisible para un gobierno que necesita ejercer un control absoluto sobre todo lo relativo a los medios de comunicación y difusión. Pienso en mi columna, tan inofensiva, en mi vida en general, que parece no despertar verdaderas suspicacias. Pero la censura está allí, cercana. Como la violencia, como todas las formas de miedo que expresa y construye la posibilidad del silencio.

Por supuesto, las feministas siempre hemos sido censuradas de una manera u otra. Su opinión disminuida, invisibilizada, menospreciada. Quizás una herencia de la manera en que lo intelectual femenino siempre ha sufrido una presión persistente sobre su existencia. Una forma de vulgarización sobre lo que se expresa como idea y la manera en que se elabora el mensaje que se transmite. No hay nada cómodo en un movimiento de mujeres para mujeres, que debate un sistema establecido y que además, se enfrenta con armas casi siempre insuficientes al puño del poder. Pero en Venezuela, la situación es aún más incómoda y angustiosa: El feminismo fue absorbido por el gobierno como una modalidad de lucha y de pronto, hay un cisma en el feminismo como movimiento. La censura también proviene de una idea esencial y profundamente elemental. Algo relacionado con las luchas minoritarias (que el gobierno usa como bandera) y también, como una forma de convalidar su necesidad de restringuir el ámbito de la información. En su maravilloso libro "Antes que anochezca, Reinaldo Arenas - testigo excepcional de los primeros años de la Revolución Cubana - describió al autoritarismo con una frase contundente: "Toda Revolución es pacata, cursi y vulgar". En Venezuela, además, habría que añadir que es machista, obsesionada con la verticalidad militar, con el hecho de la obediencia. O mejor dicho, que esgrime el poder contra el pensamiento libre de la única forma que puede hacerlo el poder, la ignorancia y el odio: a través de la censura y la represión de las ideas.

Hace unos años, el tema sobre la censura muy cercana tocó puntos sensibles cuando una caricatura de la caricaturista Rayma, fue censurada por el periódico el Universal. Un hecho inesperado que respondió a una evidente presión estadal y demostró sin duda, que la censura interna era una especie de versión territorial sobre los usos del poder en un país donde la libertad de expresión siempre ha sido un tema controvertido. Recuerdo que fue la primera vez en que el tema se debatió en voz alta, en que buena parte de la ciudadanía comprendió los alcances de la censura como medio de represión evidente.

La Censura a Rayma Suprani fue la acción más simbólica de una lenta escalada de censura que se agudizó luego de los meses de protesta que sacudieron al país a principios del año 2014. Suprani, con un agudo sentido del humor, se había convertido en una figura incómoda dentro de la nueva administración de la información de la nueva línea editorial del Periódico el Universal. Unos meses atrás de la censura definitiva, una de sus caricaturas ya había sido restringuida y criticada por el periódico, quien argumentó se trataba "de una falta de respeto inadmisible" para el presidente de Colombia, a quien Rayma había dibujado con los rasgos de un cerdo. El aviso fue suficiente para dejar muy claro que el humor corrosivo de la caricaturista no era bien recibido por el poder. Aún así, Rayma continuó dibujando hasta que finalmente, no le permitieron seguir haciéndolo.

No se trató de nada reciente ni que en realidad sorprendiera a alguien, a no ser por la especificidad de la medida y el mensaje implícito que llevaba a cuestas. El Gobierno de Hugo Chávez siempre tuvo una piel muy sensible a la crítica y la opinión independiente - baste el ejemplo del cierre de RCTV, la cadena radial CNB y todo tipo de presiones en contra de medios de Comunicación independiente - Nicolás Maduro parece decidido a imponer el puño de hierro del poder en todo resquicio de oposición intelectual. Para Maduro y los lideres emergentes del Chavismo, la idea de la Libertad de expresión tiene como único objetivo, la mirada complaciente hacia el poder, la aceptación del inevitable peso de quien lo ejerce y la sumisión a la ideología que lo sostiene. Más allá, la censura, la opresión y el silencio cómplice parecen convertirse en una expresión de como el Chavismo comprende la política y sobre todo, el peso de la libertad de pensamiento.

Ya por el año 2002, Pedro León Zapata, institución del humor crítico en el país, fue acusado de Mercenario por un iracundo Hugo Chavez: "¿Zapata cuánto te pagaron?, vociferó el difunto presidente, encolerizado por una de las caricaturas del autor. Poco después, el Humorista Laureano Márquez fue multado por escribir una carta imaginaria a la hija del Presidente Hugo Chávez. En más de una ocasión, Chávez acusó a los medios de Comunicación de utilizar los espacios a su disposición "como arma de guerra, como burla a la investidura presidencial". Para la Revolución Chavista, la crítica a través del tiene un ingrediente incisivo y directo que le resulta incontrolable, ofensivo. No importa si se trata de humor, de análisis intelectuales, de opinión o un mero análisis de la realidad: la censura existe para analizar la diatriba sobre el poder y sus alcances. Como bien diría Andrés Cascioli en su estupendo recopilación "La revista Humo y la dictadura" , el humor es en ocasiones el único resquicio de libertad del que disfruta el ciudadano en medio de la opresión. Esa capacidad para encontrar en la burla y la sátira, la imagen del país real, el que se esconde detrás de la versión oficial y más allá, el que intenta comprenderse a través de esa capacidad sutil de la risa para contar la realidad. Lo mismo podría decirse de cualquier idea que contradiga al poder, que se enfrente a sus desmanes, que se tome el atrevimiento de levantar la voz.

Pero no todo es tan sencillo ni tampoco, tan evidente. Lo pienso, mientras compro el periódico en el mismo kiosco donde lo he hecho durante casi dos décadas de mi vida. La escasez de pensamiento también llegó a ese lugar tan sencillo y cotidiano: El stand donde solía haber una variedad estimulante de revistas y periódicos está vacío. Apenas si se vende un periódico de circulación nacional, reducido a sólo dos hojas de papel finísimo, con una impresión borrosa. Desaparece la opinión, se hace menos nítida, una colección de fragmentos que no encajan en ninguna parte. Un país quebradizo.

- Ya uno no sabe ni que es lo que está pasando, a menos que uno tenga "la internet" - dice uno de los ancianos habituales del Kiosko. Vende un desabrido café casero que los clientes solemos comprar por hábito más que por gusto, en cada visita. También para él, la Venezuela socialista tiene un costo: del pequeño mostrador de madera portatil que solía utilizar para atender a los madrugadores, a los habituales, a los de siempre, ahora lleva sólo una jarra de café de plástico. Somos pocos los que volvemos, los que aún mantenemos el habito del cafecito y el comentario sobre el todos los días. Tierra arrasada incluso en ese pequeño rincón de lo cotidiano.

- Esto lo vi yo en mi país durante la dictadura - dice Jaime, argentino y que a pesar que emigro a Venezuela hace dos décadas, continúa teniendo un dejo de es delicioso acento sureño. Sacude su cabeza hirsuta y canosa y suspira - nadie sabia lo que estaba pasando, viviamos de los rumores. Era una cosecha de horas: salias a la calle y reunías pedacitos de información. Los unias, los ordenabas, le dabas forma, lo organizabas. Lo que veías era un país extraño, irreconocible, lleno de cicatrices.

Se toma de un sorbo el café del vasito. No digo nada, con el periódico entre las manos, tan pequeño, anodido. A mi alrededor, la vida de Caracas transcurre, avanza, ruidosa y fallida. El país vivo, al margen de la esa otra realidad que se oculta y se evade. José, el dueño del Kiosko se encoje de hombros, sacude la cabeza.

 - Pensar y criticar es un hábito Venezolano que siempre admiré. También lo expropiaron, supongo.

El hecho de la censura, sea cual sea su origen y su motivo, es traumático. La agresión tiene una connotación durísima no sólo a nivel intelectual sino también emocional. Pienso en la comediante @AleOtero, que fue citada hace unos años al SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) como "testigo" sin que se conociese otro motivo que su manera de hacer humor. Pienso en las cadenas de radio que han sido silenciadas, en los periódicos más delgados. En los periodistas como @Laura_Weffer y @TamoaC, silenciadas por el puño de poder silencioso de los intereses políticos que distorsionan el derecho a informar. Pienso en las pantallas vacías de televisión, que jamás informaron sobre los gravísimos sucesos que vivió el país durante los casi cuatro meses de protestas diarias. Pienso en este silencio como de pesadilla, en esta insistencia en la resignación que donde se mira el ciudadano común. Y pienso también en esta nueva sociedad que se acostumbra al silencio, que se mira con temor, que se analiza superficialmente. Me pregunto quiénes somos: los sobrevivientes a Quince años de empuñar el poder como un arma de guerra, como una visión de lo que tememos, de esa lenta destrucción de las ideas que se considera como una nueva visión de la nación. Un pensamiento inquietante, me digo, de esa ideología que insiste en que la humillación es una forma de enfrentamiento político.


Pienso en todo lo anterior mirando la calle a mi alrededor. Las conocidas avenidas de mi infancia, en donde crecí y me hice adulta, ahora están cubiertas por el rostro de un líder muerto para provecho y beneficio de una nueva clase política. El paisaje urbano deformado y destruido para crear algo más, una inquietante visión de la identidad nacional basada en la ideología, construida a base de retratos de un pensamiento político que no termina de encajar en ninguna parte y que forma parte de toda una nueva concepción del gentilicio. ¿A dónde nos dirigimos como concepto de nación? ¿Quién es el nuevo ciudadano Venezolano, nacido de la censura, la represión y el revanchismo legal? ¿Quién es este nuevo hombre que asume la opresión como una forma de política? La respuesta a cualquiera de esas preguntas me abruma, me produce escalofríos. Una profunda desazón.

Lee también en Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna: La reina y su trono | Una dimensión rojo carmesí: el misterio de la ira femenina | El paisaje del país irreal | La máscara rota |


Las opiniones emitidas en esta sección son responsabilidad de los columnistas. Su publicación no significa que sean compartidas por Contrapunto.com.

Contrapunto.com respeta y defiende el derecho a la libre expresión, pero también vela por el respeto a la legalidad y al uso de un vocabulario libre de insultos y de contenidos inapropiados a la luz del sentido común y las leyes. En consecuencia, nos reservamos el derecho de editar o eliminar los textos o comentarios que incurran en estas situaciones.

http://www.contrapunto.com/noticia/suspiros-y-galletas-dulce-antojo-coloniero-103816/