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Jueves, 21 de Septiembre de 2017

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Por la libre | Donde lo libérrimo es el límite

La diáspora y el sexo

La diáspora y el sexo
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Si hubiese protección jurídica y social para quienes expresan su sexualidad de manera diversa, podrían emigrar como lo hacen la mayoría de sus compatriotas: con la frente en alto aunque les corran las lágrimas

La huida de Venezuela no para. Cada día más venezolanos tratan de cruzar las fronteras, agarrar un avión para donde sea. Antes se iban con Cadivi, ahora con desesperación. Emigrar puede ser un interesante reto, parte de un plan de vida, pero hacerlo forzado multiplica el esfuerzo que significa dar ese paso, la energía a invertir para enfrentar lo que viene.

Aunque algunos se quedan en el país por decisión y otros quisieran quedarse, muchos quieren irse y bastantes ya se han ido. Se van con estudios inconclusos, recién graduados, profesionales de cualquier disciplina o, sin mano de obra clasificada, sin saber qué hacer. Entre ellos, quienes viven del sexo.

Las noticias dicen de compatriotas prostituyéndose en Colombia, Panamá, México, el cono sur y allende de los mares: sobre todo en España, por aquello de la lengua materna. ¿Será que la situación para esa gente por allá es tan jodida que se ve obligada a hacer lo que nunca había hecho? o ¿será que se fue a hacer, con clientes que mejor pagan, lo que ya hacía en Venezuela?. Unos y otros. Quizás, más lo segundo.

El trabajo sexual, a veces muy lucrativo, es, por lo general, muy fuerte, muy jodido, aunque se le llame “la vida alegre” y muchas y muchos lo disfruten. También es un trabajo, como otros, esperanzador: “algún día lo dejaré” es una aspiración manifiesta de quienes lo ejecutan. Ya sea porque se ambiciona en llegar a Madame o el chulo mayor para solo administrar el negocio, o, conseguida una cierta solvencia económica, dedicarse a otra actividad, menos demandante, menos riesgosa, menos clandestina, menos vergonzosa, como suele ser.

Entre quienes se dedican al trabajo sexual en el exterior, las transexuales ocupan el primer lugar de discriminación por ser, como mínimo, triplemente “transgresoras”: expresan su sexualidad de una forma distinta a lo que biológica pero también socialmente se les ha asignado y se dedican a un oficio ilegal en muchos sitios. Así era en su país de origen pero siendo inmigrantes aumenta su vulnerabilidad, mucho más si se quedan en situación ilegal.

Johnny, puede ser su nombre de día pero es Veruzka de noche y como quisiera se llamada siempre. Como otras, se mueven más cómodamente bajo la luna porque adquieren identidad, dejan de ser invisibles socialmente, aunque a cualquier hora, puedan ser discriminadas, insultadas, humilladas, golpeadas y, posiblemente, asesinadas. A ellas se le niegan los derechos de los demás.

Tanta vulnerabilidad les hace fácil carne de cañón para ser explotadas y allí están los “tratantes de blancas”, como caimán en boca ´e caño, para ofrecerle no solo villas y castillos sino su mayor deseo: la posibilidad de cambiar de sexo, de ser lo que quieren. Y en un país donde tantos quieren emigrar y a los pobres les cuesta más, es fácil que muerdan el anzuelo y el sufrimiento se incremente en un país que no es el suyo.

Si hubiese protección jurídica y social para quienes expresan su sexualidad de esa manera, podrían emigrar como lo hacen la mayoría de sus compatriotas: con la frente en alto aunque les corran las lágrimas, pero al hacerlo entre sombras y en manos de mafias, van directo a un hueco. Por eso, el clima mental hacia esas venezolanas tiene que ser de solidaridad y exigencia de respeto, donde quiera que estén.

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