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Sábado, 29 de Abril de 2017

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La invasión desde Apure

La invasión desde Apure
- Foto: Mariely Márquez-Noticias 24

Los habitantes de El Setenta dicen que bajo sus tierras hay “mucha plata enterrá”, y no hay mejor descripción de lo que la tierra se convierte para el terrateniente

“La llanura es bella y terrible a la vez;

en ella caben holgadamente, hermosa vida y muerte atroz;

ésta acecha por todas partes, pero allí nadie le teme”.

Rómulo Gallegos, en Doña Bárbara

Hace un año y dos meses, cuatro pescadores apureños fueron muertos después de ser secuestrados y torturados por los administradores y los matones del Hato La Pregunta, en Apure. En ese mismo lugar, según denunciaba el diputado Braulio Álvarez, 15 personas más habían sido ajusticiadas. ¿Qué pasó con las declaraciones de uno de los responsables que permitieron encontrar los cuerpos en la ribera del río? ¿Se hizo justicia o la justicia tiene precio y la vida de unos pescadores no merece ni un titular?

A los pescadores le cambiaron la ropa, con el objetivo de hacerlos parecer invasores, guerrilleros colombianos, denunció el hijo de una de las víctimas. Lo mismo que ocurrió en 1988, en el mismo Apure. El Amparo fue el escenario para que Lusinchi y sus fuerzas de seguridad asesinaran a 14 pescadores y los vistieran de subversivos, para justificar la masacre. Henry López Sisco y Ramón Rodríguez Chacín entonces compartían más que opiniones, daban órdenes, las mismas órdenes y El Amparo los inmortalizaría como torturadores, cuando menos. La defensa de la incursión comunista fue el pretexto para la matanza.

Pero ¿por qué ahora no resuenan las masacres de hoy?

La noche del Nazareno, el 12 de abril de 2017, un número indeterminado de hombres entró en el Fundo propiedad de la familia González, ubicado en el sector El Setenta, municipio Muñoz del estado Apure. Después de dar las buenas noches, enceguecieron a los presentes con sus linternas y se llevaron poel' pico a una madre embarazada de 24 años, de nombre Rosa Milagros González Véliz, a su padre Manuel Antonio González Milano, productor de ganado de 65 años, a la tía que estaba de visita, Miriam Solórzano Veliz, de 39 años, y a un hombre que estaba de paso, Alcides Rivas Pérez, de 53 años.

El periodista Víctor Hugo Majano, desde el lugar de los hechos, recrea el terror que vivieron los sobrevivientes, entre ellos un niño lactante de cinco meses de edad, Abraham, y su hermanito de 3 años, Antonio, quienes fueron hallados sobre el cuerpo de su madre sin vida, marcados por la sangre de Mitu, que así le llamaban a su vientre. El hermano de Rosa, Darwin, pudo escapar y contemplar desde el otro lado del río cómo los hombres inspeccionaban la casa. Su madre y su cuñado estaban en una iglesia evangélica, por lo que pudieron salvar sus vidas.

Desde hace diez años experimentan la persecusión y la muerte de miembros de su familia.

Reciben ofertas por sus tierras, consideradas de las mejores por esos predios, pero las ofertas son emitidas de manera amenazante por extranjeros que, poco a poco se han hecho con la tierra en Apure, para presuntamente cometer todo tipo de delitos, aprovechando la cercanía con la frontera.

Los González, además, son culpables de colindar con el Hato Cañafístola, cuyos administradores, entre los que recientemente figura una junta del Estado, acusan a Los González de abigeatos, en criollo: de cuatreros, de ladrones de ganado. De hecho, uno de los hermanos González, Manuel Antonio, permanece tras las rejas por este delito, desde el 5 de marzo de este año. Su hija de seis años moriría diez días después, de una enfermedad respiratoria, y no pudo siquiera enterrarla.

Cañafístola, que según Majano es de capital inglés y cuyas relaciones llegasen hasta la monarquía, son los responsables de que Manuel Antonio esté tras las rejas, acusado de robarles 30 toros y la tenencia de 3 escopetas de cacería. Los administradores del hato alegan que la tierra de los González es en verdad de ellos y afilan su poder contra pequeños productores.

No es raro entonces que diarios como Visión Apureña reseñen la masacre y justifiquen el asesinato de cuatro inocentes inculpándolos como “integrantes de banda de cuatreros”.

Que por qué no resuenan estas matanzas, porque a través de los medios o se silencian, o se justifican. La invasión no es meramente material, sino que encuentra su correlato en los medios y en consecuencia en la opinión pública: o no se habla de ello, o cuando se habla se respalda al poderoso.

¿Quién mató a esta familia? ¿Quién los mata todos los días con su silencio?

Este mes (el 17 de abril) se celebra el Día Internacional de la lucha campesina. En Venezuela lo celebran algunos protegidos por la burocracia, los que aplauden la minería a cielo abierto, los que se llenan la barriga y se olvidan de los que no comen. A los que un zamuro le picotea el corazón.

Los habitantes de El Setenta dicen que bajo sus tierras hay “mucha plata enterrá”, y no hay mejor descripción de lo que la tierra se convierte para el terrateniente. Están claros que desde allí se libra la verdadera invasión.

“En una choza arruinada de la desierta aldea El Setenta, a orillas del Apure, se decidió la invasión de la Nueva Granada. No había una mesa en aquella choza, ni mas asiento que las calaveras de las reses que para racionar, la tropa había matado no hacía mucho tiempo, una guerrilla realista y que el sol y la lluvia habían blanqueado”.

Casi dos siglos atrás, en mayo de 1819, Bolívar se reunió en la desértica Aldea El Setenta y continuó con la Campaña admirable, para liberar a Venezuela. De ese lugar en el que Bolívar se sentó junto a otros libertadores sobre los cráneos del ganado muerto, ubicado a 50 minutos de la márgenes del río Apure, no queda monumento, sino el recuerdo de la gente que dice que fue tomado por la “civilización”, más específicamente por “terrófagos y latifundistas extranjeros”, precisa Argenis Méndez Echenique, en su libro Apure en cuerpo y alma.

Ese limbo tuvo dueño, la expresión más acabada por la historia del capitalismo, el colonialismo económico. Antes, los ingleses. Ahora, el capitalismo de Estado, el gobierno, quien a través de la Empresa Agloflora administra 11 hatos, entre ellos el mismo Cañafístola.

¿A quién le reclamamos, entonces?

Por cierto, la cañafístola –o lluvia de oro (ah, buen nombre)– es un laxante, del que algunos chigüires han tomado altas dosis ¡La cagada! Oro ya no se mira a simple vista... el oro es la tierra.

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