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Sábado, 18 de Noviembre de 2017

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La lente de un fotógrafo venezolano registra la voluntad de no abdicar ante el terror

La lente de un fotógrafo venezolano registra la voluntad de no abdicar ante el terror
Tras el atentado terrorista del jueves 17, los barceloneses se sostienen con la convicción de no dejarse vencer por el terrorismo - Fotos: Joaquín Ferrer

Ese acto atroz significó el alcance del yihadismo en nuestro imaginario nacional, ya suficientemente vapuleado por las formas criollas del terror político. Y aún más, significa la reiteración del desamparo en que nos encontramos frente al alcance de la violencia, porque ya la noche del 15 de noviembre en París, en las butacas del teatro Bataclan, nos habían dado el primer aviso.

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  • Nelson González Leal
  • Domingo, 20 de Agosto de 2017 a las 2:51 a.m.

Miedo, confusión y rabia, pero también voluntad de no dejarse vencer por el terrorismo, fue lo que se vio en Barcelona durante la vigilia por los caídos. Y esa voluntad nos llega a través de las imágenes del fotógrafo venezolano Joaquín Ferrer

El jueves 17 de agosto, cerca de las 5 pm -hora de España- el mundo recibió, atónito, la noticia de un ataque terrorista en la ciudad de Barcelona. Una furgoneta blanca, marca Fiat, se desplazó a alta velocidad atropellando a las personas que transitaban por el popular paseo La Rambla. El conteo inicial de víctimas arrojó 13 muertos y casi cien heridos. Se supo, pronto, que en el vehículo iba un solo hombre, un conductor joven, probablemente musulmán, que abandonó la furgoneta y huyó a pie.

El atentado generó el terror, como es natural y como lo esperaban quienes planificaron la acción, asumida algunas horas después por el movimiento Estado Islámico. La conmoción internacional fue grande y continúa. Las razones son diversas y trascienden el obvio estupor que produce el asesinato en masa. Lo primero a considerar, de manera objetiva, es que este atentado no supera en víctimas fatales ni en heridos al del 11 de marzo del 2004 en Madrid. El atentado del metro de Madrid, de mayor complejidad técnica y operativa (10 explosiones en distintos puntos del sistema de transporte subterráneo) dejó 192 personas fallecidas y 2 mil heridos. Fue el mayor atentado terrorista cometido en Europa después de la explosión del vuelo 103 de Pan Am sobre la ciudad inglesa Lockerbie, el 21 de diciembre de 1988.

Trece años han transcurrido desde aquel acto terrorista, que se ejecutó en Madrid con una planificación y espectacularidad similar a los del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Trece años durante los cuales los españoles transitaron un difícil camino para curar las heridas y superar el miedo, en el ámbito íntimo y en el público, en el emocional y en el social. Aquel miedo fue sustituido por otro más común, diario y no tan mortal -o por lo menos no de mortalidad tan inmediata-: el de la posibilidad de quedarse sin empleo y sin vivienda como resultado de la crisis económica.

Sin embargo, el pasado jueves 17 de agosto el terror retornó a las calles y a las mentes de los españoles y de todo el resto del mundo occidental, porque esta acción terrorista se ejecutó en un espacio popular, mediáticamente popular, conocido en el mundo como uno de los lugares turísticos de mayor atractivo en Europa, y esto es un aspecto que conocían bien los terroristas.

Este acto, pese a haber generado un número considerablemente menor de víctimas fatales que el de Madrid en 2004, golpeó de forma directa no solo a España, sino a otros 30 países, a otras 30 nacionalidades que se desplazaban durante una bella tarde soleada por la famosa y mítica Rambla de Barcelona. Nos golpeó en directo a nosotros, incluso, porque hubo dos mujeres venezolanas heridas. Ese acto atroz significó el alcance del yihadismo en nuestro imaginario nacional, ya suficientemente vapuleado por las formas criollas del terror político. Y aún más, significa la reiteración del desamparo en que nos encontramos frente al alcance de la violencia, porque ya la noche del 15 de noviembre en París, en las butacas del teatro Bataclan, nos habían dado el primer aviso.

Ahora, sobre la ensangrentada y adolorida Rambla de Barcelona parece ocurrir, como un pleonasmo cínico, la advertencia severa de aquel casi olvidado poema de Constantino Cavafis a quien decide ir a otra tierra, a otro mar, para encontrar “una ciudad mejor”: “No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez”, o te encontrará una violencia igual o mayor que la que pretendes dejar atrás.

En Barcelona, sobre La Rambla y el dolor de quienes ahora la transitan, se ha posado la lente del fotógrafo venezolano Joaquín Ferrer. Él ha registrado la vigilia por los muertos, la marcha por los caídos y heridos, el movimiento de los Mossos d'Esquadra, que ahora patrullan la zona como perros de caza, el miedo y la rabia de quienes sobrevivieron y han vuelto para cerciorarse de que aquello no fue una pesadilla, o de que quizás si lo fue y no cuentan con nadie que los pellizque para sacarlos del mal sueño, con nadie más que aquel que tienen al lado sufriendo iguales espasmos. La esperanza está en aquello que también muestran las imágenes de Ferrer: la voluntad de no abdicar ante el terror.

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