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Martes, 12 de Diciembre de 2017

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Por la libre | Donde lo libérrimo es el límite

Odio, no

Odio, no
- Foto: Twitter

Discriminar, amenazar, perseguir, amedrentar, manipular, engañar, son formas perversas de hacer política. Son contenidos de discursos expresados por sectores del gobierno y de la oposición

La historia de la humanidad se podría narrar a través de expresiones de odio más que de amor, como quisiéramos.

Estamos hechos de conflictos con nosotros mismos, entre grupos y naciones, de guerras calientes y frías, de siembras de miedo, de persecuciones, de explotación de unos por otros, de desigualdades, de terrorismo, represión y sorpresivas agresiones y matanzas, aparentemente incomprensibles.

Tenemos miedo al odio, tanto expresarlo como sentir su amenaza y, por supuesto, sus violentas consecuencias. Por ello, hay que disfrazarlo.

El odio puede revestirse de amor o bondad. Los machistas dicen golpear o matar a su pareja porque “la aman”. El síndrome del lobo, aquel que se comió a la abuela y se hizo “bueno” para comerse a la nieta, es el odio oculto. En otros cuentos clásicos infantiles ese sentimiento es más descarado, se ve, muy frecuentemente, en las caras de las madrastras. También en el cine, la TV y videojuegos lo encontramos. El odio y la violencia, paradójicamente, entretienen.

Gobernantes y líderes políticos, religiosos, económicos, entre otros, detrás de sus discursos afectuosos y acciones de protección pueden ocultar odio, desprecio, hacia los demás.

El odio es humano porque lo genera la sociedad. En casos, se puede superar; en otros, queda en forma de resentimiento. La rabia, a diferencia del odio, puede ser pasajera. El odio tiene muchas expresiones pero, siempre, se libera malvadamente.

Inclusive, el odio puede convertirse en miedo, hacerse pánico y manifestarse en trastornos hacia situaciones o espacios como ocurre cuando se sufre de claustrofobia o agorafobia. Pero ningún odio tan dañino, tan perverso, como el que se siente hacia otros seres humanos.

La discriminación, la intolerancia, la ofensa, la humillación, la burla, el engaño, son expresiones de odio a través de enfermedades sociales como la xenofobia, la homofobia, la intolerancia de credos religiosos o políticos distintos al propio.

También algunas expresiones que no tienen el sufijo “fobia”, como el racismo, el clasismo, el sexismo, expresan el odio hacia los que son distintos a nosotros en conductas o pensamientos. El odio niega la diversidad.

El odio, por lo general, conduce a violencia y la violencia es sancionable venga de donde venga, exprésese como se exprese.

Obvio que es necesario frenar el odio y la violencia pero la mejor forma es no generándolo. Mucho menos cultivándolo. Discriminar, amenazar, perseguir, amedrentar, manipular, engañar, son formas perversas de hacer política. Son contenidos de discursos expresados por sectores del gobierno y de la oposición. No solo en Venezuela sino en TNT, en el mundo.

Basta de odio. Mejor un clima mental que provoque abrazos y besos más frecuentes, pero no a través de discursos, ni decretos, sino creando condiciones de vida que permitan expresarse así.

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