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Viernes, 17 de Agosto de 2018

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Pensando en la dignidad del hombre mientras camino por Venezuela

Pensando en la dignidad del hombre mientras camino por Venezuela
Imagen EFE -

La justicia social sólo puede obtenerse respetando la dignidad trascendente del hombre

A la dignidad de mis hijos

Las escenas de hombres, mujeres, familias completas comiendo de la basura se han vuelto harto frecuente cuando salimos a las calles de Venezuela. Tan frecuente que ya casi parece normal, tan normal como comer perros callejeros, por ejemplo. Tan normal y frecuente como ver y escuchar a los responsables de este infierno bailando en cadena nacional o culpando a medio planeta por lo que a todas luces es responsabilidad suya. Las historias debidamente documentadas son estremecedoras. Sin incluir acá los casos más patéticos que guardan relación con la imposibilidad de millones de venezolanos de acceder a medicamentos y que ha llevado a cientos de miles de familias a ver morir, sobre todo a niños que, en otras circunstancias, pudieron sobrevivir. Pensar en ello me lleva a recordar un fragmento de una homilía de Monseñor Oscar Romero en la cual afirmó que cada ser humano, cada hombre, cada mujer es un santuario de la creación de Dios. “Porque en ninguna otra cosa puso Dios tanto de sí mismo como en el corazón de un hombre, de una mujer, de un niño, de un anciano, de un joven”. Cada una de estas horrorosas escenas me lleva a preguntar ¿qué significa la dignidad de la persona humana? ¿Tenemos dignidad los venezolanos? ¿Quienes nos gobiernan lo saben? He querido dar respuesta a estas preguntas desde la luz que me brinda la Iglesia católica, madre y maestra, experta en humanidad, con la finalidad de tener claro, bien claro, en cuáles corazones arde el infierno por haber preferido hacer el mal en vez del bien.


El tema de la dignidad de la persona humana ha sido abordado desde siempre por la Iglesia de Cristo. Sin embargo, bajo las sombras que cubrieron de terror al siglo XX, se vio en la obligación de afianzar más sus reflexiones y exhortaciones en torno al tema con la finalidad de que en la vida del hombre la imagen de Dios vuelva a resplandecer y se manifieste en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne humana, pero que, además, esa imagen sea aceptada y reconocida por todos y por cada uno con la esperanza de iniciar así el no tan utópico objetivo de alcanzar la civilización del amor. Por ello, vamos a iniciar este recorrido a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) a partir de uno de sus documentos más acariciados y conocidos: la Constitución Pastoral Gaudium et Spes. En ella, la Iglesia católica, fija su posición frente al mundo moderno, luego de los amargos aprendizajes que nos dejara, en especial, la Segunda Guerra Mundial. La Iglesia, inspirada siempre por el Espíritu Santo, es capaz de hallar la luz en la oscuridad y transformar el mal en un bien común para todos los hombres. Apoyada en la fe en Cristo, busca rescatar la dignidad humana del continuo cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia”. El documento afirma además que “la Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado «a imagen de Dios», con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo de sus pies ( Ps 8, 5-7)” (GS 12).


El hombre y la mujer son, entonces, no sólo síntesis del universo material, superior al universo entero en espíritu, sino “participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material”. Por estas razones, el hombre y la mujer tienen una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual serán juzgados personalmente. Un año después de iniciado el Concilio Vaticano II aparece la Encíclica Pacem in Terris de San Juan XXIII alusiva a la más que necesaria paz entre todos los pueblos a través de la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Significó una auténtica Carta de Derechos del Ser Humano, el reconocimiento tácito de la Iglesia a una dignidad sagrada del hombre por el hecho de ser en sí mismo obra auténtica de Dios Creador, imagen y semejanza de Él mismo. De sus páginas germina con la sutileza de las almas abrazadas por un espíritu sobrecogedor una declaración, una afirmación amplia de los derechos y deberes de toda persona destinada siempre a una vida superior. No puede existir paz si no hay una búsqueda permanente de la convivencia y no puede haber convivencia si no se entiende al hombre como persona, como naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, depósito siempre vivo de la luz que se derrama de las alturas infinitas, a partir de la cual se logra contemplar la plenitud de la dignidad que lo sustenta.


La Carta Encíclica Populorum Progressio (1967) del beato Pablo VI, apuesta por un desarrollo integral del hombre a partir del reconocimiento de su dignidad en lineamientos muy claros y precisos: Verse libres de la miseria, hallar con mayor seguridad la propia subsistencia, la salud, una estable ocupación; participar con más plenitud en las responsabilidades, mas fuera de toda opresión y lejos de situaciones ofensivas para la dignidad del hombre; tener una cultura más perfecta -en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser también más-, tal es la aspiración de los hombres de hoy, cuando un gran número de ellos se ven condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en ilusorio deseo tan legítimo” (PP 6). En 1960, el entonces obispo auxiliar de Cracovia, futuro papa y santo de la Iglesia, Karol Wojtyla publicaría un libro en el cual va a presentar su definición de lo que es la persona y que será una de las claves para comprender su pontificado. En Amor y responsabilidad (1960) escribe que “la persona se diferencia de la cosa por su estructura y por su perfección. La estructura de la persona comprende su interioridad en la que descubrimos elementos de vida espiritual, lo cual nos obliga a reconocer la naturaleza espiritual del alma humana y de la perfección propia de la persona. Su valor depende de esta perfección. La perfección de la persona, espíritu encarnado y no meramente cuerpo, por muy estupendamente que esté animado, al ser de carácter espiritual, no se pueden considerar como iguales una persona y una cosa. Un abismo infranqueable separa el psiquismo animal de la espiritualidad del hombre”.


Estoy convencido de que nadie dentro de la Iglesia católica ha dedicado más palabras sobre el tema de la dignidad del ser humano que San Juan Pablo II. El personalismo que caracterizó su pensamiento y su pontificado así lo demuestran. No fue un mero luchador por ideologías políticas y sociales, sino un hombre que luchó por la totalidad de las dimensiones del ser humano. “La fe nos enseña que el hombre es imagen y semejanza de Dios (Cf. Gen. 1.27); esto significa que está dotado de una inmensa dignidad; y que cuando se atropella al hombre, cuando se violan sus derechos, cuando se cometen contra él flagrantes injusticias, cuando se le somete a las torturas, se le violenta con el secuestro o se le viola su derecho a la vida, se cometa un crimen y una gravísima ofensa a Dios; entonces Cristo vuelve a recorrer el camino de la pasión y sufre los horrores de la crucifixión en el desvalido y oprimido”, dijo en la Eucaristía celebrada en Guatemala en 1983. En su Exhortación Apostólica de 1988 Christifidelis Laici afirma que la persona del hombre y de la mujer, de cada hombre y de cada mujer, sin importar condición social, posición política, ideológica o confesión de fe, es “un templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre”. En su Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz en 1999 reconoce que “la dignidad de la persona humana es un valor transcendente, reconocido siempre como tal por cuantos buscan sinceramente la verdad. En realidad, la historia entera de la humanidad se debe interpretar a la luz de esta convicción. Toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-28), y por tanto radicalmente orientada a su Creador, está en relación constante con los que tienen su misma dignidad. Por eso, allí donde los derechos y deberes se corresponden y refuerzan mutuamente, la promoción del bien del individuo se armoniza con el servicio al bien común”. Y en la Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987) apunta que “la justicia social sólo puede obtenerse respetando la dignidad trascendente del hombre. Pero éste no es el único ni el principal motivo. Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosas y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia”.


Por su puesto, esto que acabo de hacer es un repaso muy superficial sobre cómo el tema de la dignidad del ser humano ha sido abordado por la Iglesia de Cristo. Resulta imposible, en tan pocos caracteres, hacerlo. Son montañas de documentos que están respaldados por la sangre de mártires que ofrendaron su vida por la defensa del Evangelio que, desde la Iglesia, acaricia a la persona humana. Sangre que han hecho derramar gobiernos de derecha como gobiernos de izquierda, ya que no es la ideología la que esclarece los ojos ante la dimensión profunda que habita en los hombres y las mujeres. Tampoco lo hacen las directrices de un partido político, mucho menos si estos han sido montados sobre las bases del odio y del infierno que reinaban en sus pilares fundadores. Sin embargo, este repaso, aunque breve y superficial, puede servir para que puedas reflexionar, desde una dimensión más humana y menos interesada en escalar la cadena animal de la política venezolana, cada vez que veas lo que yo he visto, lo que todos hemos visto en las calles de este país que no para de clamar al cielo.


Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum

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