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Jueves, 21 de Septiembre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

Todo por la estatuilla

Todo por la estatuilla
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Los gremios cinematográficos locales se aprestan a elegir la película que representará al país en los premios Óscar

La Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC), las organizaciones gremiales vinculadas a la actividad fílmica y los miembros de la recién conformada Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Venezuela –de la que aún no se entiende muy bien su funcionalidad en un país con un medio fílmico prácticamente paralizado– tienen hasta el 2 de octubre para postular ante la Academia de Hollywood a la cinta venezolana que se peleará con el resto de las cinematografías del mundo un puesto entre las cinco obras nominadas a la Mejor Película de Habla No Inglesa en la nonagésima edición de los premios Óscar, que se entregarán el 4 de marzo de 2018.

Un total de 17 películas nacionales comparten las mismas oportunidades para asumir tal representación, toda vez que cumplen con los requisitos exigidos por la Academia estadounidense. Sin embargo, como si se tratara de un codiciado tesoro al que muchos le tienen la vista puesta, apenas se dio a conocer la convocatoria de la ANAC, han salido a la palestra pública toda clase de especulaciones sobre las obras con más chance para enarbolar la bandera tricolor en la ceremonia que representa la quintaesencia de la celebración del cine del mainstream.

Se habla de dos fuertes candidatas: El Inca, el accidentado título de Ignacio Castillo Cottin, sacado de cartelera por decisión del Tribunal Supremo de Justicia, y Tamara, filme de Elia K. Schneider que fue uno de los más vistos en el país después de El peor hombre del mundo, de Edgar Rocca.

Como nunca queda claro sobre qué parámetros se hace la selección, aunque casi siempre salgan a relucir aspectos más politiqueros que estrictamente artísticos, se comenta en el medio fílmico local que la cinta que produjo José Ramón Novoa acerca de la vida de la diputada de la Asamblea Nacional Tamara Adrián, basa la solidez de su candidatura en el hecho de que tanto Schneider como su esposo (Novoa) hacen vida personal y profesional en el mero centro de la industria fílmica estadounidense: Los Ángeles.

Pero ante tal argumento cabría preguntarse si ciertamente, los realizadores de Tamara gozan de algún poder en los estudios californianos. Desde la distancia es bastante perceptible que la dupla Schneider/Novoa no detenta la presencia con la que, por ejemplo, cuentan los mexicanos Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Ni siquiera se acercan al apoyo que el comediante azteca Eugenio Derbez ha recibido de una firma como Lionsgate. Seamos sinceros.

En cuanto a El Inca, también resulta penoso admitir que las probabilidades de su postulación descansen en el hecho de haber sido censurada en su país de origen. Nunca podría compararse el caso del filme de Castillo Cottin con el de, por ejemplo, el realizador iraní Jafar Panahi, llevado a la cárcel por sus obras, por el alcance de los discursos de éstas, que siempre van más allá de lo anecdótico o lo biográfico. Como quiera que sea, argumentar que la película sobre el boxeador Edwin Valero merece ir al Óscar por la bochornosa decisión de un juez que ordenó sacarla de cartelera, sería como darle el Polar Music Prize al violinista Wuilly Arteaga por haber permanecido detenido en un destacamento de la GNB.

¿Por qué una película venezolana merece ir al Óscar? Esta es la cuestión de fondo que, por lo visto, parece no formar parte de las discusiones de los gremios y los opinadores de oficio. ¿Tamara lo merece porque sus autores están en Los Ángeles?, ¿lo merece El Inca por haber sido censurada? Y finalmente, ¿dónde quedan los valores artísticos y discursivos de las obras que representarán a Venezuela ante la Academia de Hollywood?, ¿tienen esos elementos algún peso en quienes tomarán una decisión al respecto?

Ciertamente, hay que manejar estrategias cuando se postula una película para los Óscar. A veces es necesario detenerse en los gustos de los miembros de la Academia, tal como lo hacen muchas cinematografías europeas que envían obras de temáticas sensibles para los votantes: dramas familiares con personajes infantiles involucrados; historias de superación personal en medio de las circunstancias más terribles; grandilocuentes recreaciones de épicas históricas; o películas de connotados directores extranjeros muy apreciados en la Meca del Cine (Polanski o Almodóvar, por ejemplo). A veces, simplemente, hay que dejar que el auténtico arte de las imágenes en movimiento sea el que hable.

Por supuesto, aunque una película venezolana llene los requisitos mencionados, si no está bien contada, bien actuada e impecablemente producida es todavía más cuesta arriba que despierte el interés de los miembros de la Academia, acostumbrados a ver filmes sin costuras evidentes.

La historia local demuestra que cuando se trata de elegir la candidata nacional para los premios de la Academia, el pueblo chiquito se convierte en un gran infierno. Todos pujan para su lado, todos merecen ser elegidos, mientras la autocrítica brilla por su ausencia o, por el contrario, la mano plenipotenciaria del Estado venezolano termina salomónicamente bajando o subiendo su dedo pulgar.

Y mire usted, amigo lector, que por los vientos que soplan, si eso es así ni Tamara ni El Inca irán para el baile por ser demasiado “escuálidas”; y no le extrañe que para la supremacía oficial, la película que merezca tal honor termine siendo el bodrio de La planta insolente, del cineasta consentido de la tiranía, Román Chalbaud.

Después de todo, ¿quién dijo que aquí se está hablando de arte?

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