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Jueves, 23 de Marzo de 2017

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Opinión

El ojo mecánico

Un (des)apasionado bolerista

Un (des)apasionado bolerista
El cantante Chino interpreta a "El Bolerista de América" Felipe Pirela en la película de DIego Rísquez, "El Malquerido". Google Images. -

Quizás, y muy a pesar de la gran competidora de la película de Diego Rísquez (La guerra de las galaxias: el despertar de la fuerza), El malquerido logre, por la vía de la popularidad de su protagonista, acercar un héroe civil venezolano a las nuevas generaciones de espectadores y melómanos.

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  • Juan Antonio González
  • Viernes, 18 de Diciembre de 2015 a las 6:01 a.m.

El cineasta venezolano Diego Rísquez estrenó “El malquerido”, filme sobre la vida de Felipe Pirela, que presta más atención a las formas que al retrato íntimo del cantante que lo inspira

Hacer cine implica un cúmulo de decisiones. Tanto la escogencia del tema como el resultado final (la película), e incluso la manera cómo ese “asunto” (los hechos o los personajes, reales, históricos o ficticios) será presentado al público, tienen en el director y en la puesta en escena su configuración definitiva. Algunas de esas decisiones pueden no traspasar la zona de confort del cineasta o pueden, también, implicar grandes retos y riesgos creativos.

Cuando Diego Rísquez decidió dejar a un lado ese cine onírico, de cuadros vivos por el que la revista Cahiers du Cinéma le dedicó una reseña en alguna de sus ediciones, para enfrentarse al desafío de la narración explícita y de la dirección de actores, el cineasta nacido en Juan Griego, Nueva Esparta, en 1949, comenzó a redescubrir su oficio. Se lo replanteó.

Pasaron así Manuela Sáenz (2000), Francisco de Miranda (2006) y Reverón (2011), cintas que si bien se apoyan en la estructura inicio-desarrollo-clímax-desenlace-final, siempre contienen la huella primigenia de la obra del autor: una o varias secuencias surrealistas que, en definitiva, sustentan su percepción del sujeto del cual desea hablarnos.

En su más reciente trabajo, El malquerido, solo hay dos: un guiño a Casablanca, la película de Michael Curtis del 42, y una imagen que, por medio de la técnica del croma key, refleja cómo la relación de la pareja protagónica “hace aguas”.

Dada la precariedad de la industria cinematográfica venezolana, estos dos elementos de la nueva película de Rísquez pudieran representar toda una osadía en su filmografía. Pero las mayores dificultades que se perciben en esta cinta dedicada a recrear, con algunas licencias en cuanto a los hechos reales, la vida del cantante maracucho Felipe Pirela, son fundamentalmente dos: el relato y las actuaciones.

Estructurado de forma convencional, el guión de El malquerido parte de una entrevista que en un canal de televisión puertorriqueño se le hace a Pirela. Esta es la excusa para emprender un viaje hacia su pasado. También marca el punto de partida de un relato de vida carente de las “señalizaciones” básicas para que el espectador no se pierda en él: no hay fechas ni se mencionan todos los lugares en los que transcurre la trama.

Sí, es cierto que antes del estreno de El malquerido el mismo Rísquez señaló a la prensa que su intención no era hacer un documental. Tampoco se le pide que lo hiciera. No obstante, la ubicación espacio-temporal era aquí indispensable para poder armar la totalidad de la breve existencia del llamado “Bolerista de América”. El hombre y su circunstancia, recuérdese.

Vista en conjunto, El malquerido es una sucesión de momentos en la vida del cantante de “Ese bolero es mío”. Momentos que se suceden sin ritmo, sin transiciones que logren amalgamarlos, atropellados a la manera de las viejas telenovelas, sin elipsis, sin silencios… como si en efecto se tratase de una producción para la televisión.

Da la impresión de que la información de la que se disponía sobre la atormentada vida de Felipe Pirela era de tal magnitud que ni guionistas ni director supieron cómo hacerla legible, cómo ordenarla. Ayuda, eso sí, el hecho de que el bolerista sea uno de los más recordados héroes civiles venezolanos del siglo XX.

Acerca de las actuaciones, de nuevo, Rísquez se arriesgó al escoger al cantante Jesús “Chino” Miranda para que encarnara a Felipe Pirela. Aquí el resultado es irregular: hay escenas en las que el novel actor da la talla, sin llegar a ser convincente, pero hay otras en las que se le hace imposible conectar con las emociones de su personaje, sobre todo en su descenso a los infiernos del desamor y de la droga. Su entrega luce desapasionada, demasiado calculada.

Sobresale el trabajo de Mariaca Semprún, como la suegra de Pirela, de quien inexplicablemente se omite en la película la información de que a mediados de los años sesenta fue Secretaria de la Comisión de Política Exterior del Congreso de la República, con estrechos vínculos con el partido Acción Democrática; ello explicaría el éxito de la “cacería” que la mujer emprendió contra el cantante y que lo llevó al autoexilio.

También destacan Iván Tamayo, como un inescrupuloso empresario de la industria discográfica (¿Velvet Venezuela? Tampoco se asegura en el filme), y Samantha Castillo, como La Lupe, divertida, divina como fue la cubana.

En términos generales, el reparto luce bastante extraviado en cuanto al acento con el que deben expresarse sus respectivos personajes. A Sheila Monterola le va y le viene el hablar maracucho, que en la voz y la imagen de Sócrates Serrano luce tan poco creíble como la caracterización que Héctor Manrique hace de Billo Frómeta.

El mayor aporte de El malquerido está en su dirección de arte, bajo la responsabilidad de Fabiola Fernández y el propio Diego Rísquez, quienes logran una verdadera proeza al recrear de manera convincente las décadas de los años 50, 60 y 70 en un país propenso a olvidar el pasado o, cuanto menos, a no conservar lo que queda de él. A este logro se suman la magnífica fotografía de Cézary Jaworsky y la impecable producción ejecutiva de Antonio Llerandi, quien hace que la película se vea mucho más costosa de lo que realmente es.

Quizás, y muy a pesar de la gran competidora de la película de Diego Rísquez (La guerra de las galaxias: el despertar de la fuerza), El malquerido logre, por la vía de la popularidad de su protagonista, acercar un héroe civil venezolano a las nuevas generaciones de espectadores y melómanos. Quizás, quizás, quizás… como dice aquel famoso bolero.

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