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Martes, 12 de Diciembre de 2017

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Opinión

Mensaje sin destino | Reflexiones a la luz del humanismo cristiano

Un palillo de romero seco

Un palillo de romero seco
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Mons. Romero se describió como un palillo de romero seco injertado en el olivo

A los seminaristas de Maracaibo, de Venezuela y del mundo entero.

Hemos celebrado recientemente el Centenario del Nacimiento de Monseñor Oscar Romero, beato y mártir de la Iglesia por odio a la fe. Curiosamente, de lo que más hablamos todos fue sobre los tres años de su arzobispado en San Salvador, lo que es igual a decir que, durante la celebración de su nacimiento, terminamos recordando más su muerte. Claro está, su muerte no fue una cualquiera ni para él, ni para los suyos, ni para la Iglesia universal, ni para El Salvador. Sin embargo, este mártir que se caracterizó por su voz profética, que terminó siendo la misma voz del sufrimiento de los pobres, los sin voz, aquellos cuyos lamentos subían cada día más tumultuosos al cielo, tuvo un origen, viene de un mundo, de un universo muy distinto al que, su sentir por la Iglesia, fue obligado a cargar sobre sus espaldas, sobre su conciencia hasta la hora de su martirio. Estas líneas indagarán en la memoria para hallar, partiendo de sus primeras lecturas que, sin duda alguna, no sólo avivaron su espíritu, sino que le brindaron vitalidad a la fe de un joven que iniciaba el tan particular peregrinaje de un sacerdote por este mundo, muchas veces, tan ajeno, tan apremiante y tan peligrosamente seductor. Indagaremos en las lecturas favoritas de aquel joven seminarista que se describió como un palillo de romero seco injertado en el olivo, como plata que se ha ennegrecido y que debe ser limpiada porque esa plata es la que da forma a un anillo de boda, el anillo de boda con Jesús, el cual hay que limpiar todos los días, pues, este mundo, suele ensuciarlo con pavorosa facilidad.

Los más importantes biógrafos de Monseñor Romero concuerdan en que desde muy niño buscó los caminos más expeditos y contrarios al mundo para intentar ordenar sus decisiones personales en sintonía con las decisiones de Dios y que, además, buscó siempre vivir en estrecha relación con la escucha de la Palabra y de la voluntad eclesial, desde muy temprano Romero inició su peregrinaje íntimo a través de su sentir por y con la Iglesia. El padre Jesús Delgado, que fue su secretario en tiempos de su arzobispado, recuerda que la vocación sacerdotal de Romero, descubierta gracias al alcalde del pueblo, nació de su servicio como carpintero, labor que sus padres deseaban que explorara y fuese el norte de su vida. Entre trozos de madera, martillos y clavos, como seguramente también ejercitó el hijo de aquel carpintero de Nazaret, fue tallándose en la fina madera de su corazón el brillo de la piedad y la dignidad sacerdotal. Y así, sobre el lomo de una mula, el tierno joven Romero se enrumbó hacia el seminario de San Miguel. En esos tiempos, el obispo de San Miguel, era Monseñor Juan Antonio Dueñas, afirma el padre Delgado, tenía un concepto muy elevado de esa dignidad sacerdotal, por esa razón trabajó denodadamente para que su seminario menor, donde ingresaba el joven Romero, iniciara a los seminaristas en el amor por la ciencia y la virtud, en la piedad y en la cultura. En tal sentido, Monseñor Dueñas confía esta misión a los padres claretianos, pues tenían la convicción firme de concebir el seminario como una familia de vida sencilla tejida por la profundidad de una férrea espiritualidad.

De tal manera que, probablemente, una de las primeras referencias de formación que tuvo aquel joven seminarista sería la de San Antonio María Claret, aquel hombre que pedía arder en caridad para encender un fuego de amor por donde pasemos; que deseaba eficazmente y procuraba, por todos los medios, contagiar a todos del amor de Dios, es decir, el amor que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Aquel San Antonio María Claret que cuando le preguntaron cómo era capaz de hacer tanto respondió: "Enamoraos de Jesucristo y del prójimo y lo comprenderéis todo y haréis más cosas que yo". bajo la inspiración de ese carisma, Romero penetra en las líneas que dan forma a un famoso manual llamado El Colegial Instruido, manual compuesto por el propio Claret en el cual, además de explicar las cualidades que se requieren para el sacerdocio, insiste en que el buen sacerdote debe caminar con dos pies: la virtud y la ciencia. O dicho con otro símil: debe volar con las alas de la oración y el estudio. El propio Romero recuerda su experiencia con este manual como un momento en el cual, no sólo se leía en sus páginas lo referido por Claret, sino que se vivía en aquel ambiente de sacerdotes dignos, humildes y serviciales, en su sistema activo de educación. Además de ello, Romero comenzó a tener un acercamiento radicalmente íntimo con el sentido de la palabra predicada, esa que sería la marca que caracterizaría el camino hacia su martirio en el altar. “Tu palabra, escribe en un poema de esos años, es la cátedra santa, doctrina eterna; es luz que ilumina, consejo que alienta; es voz de esperanza, es fuego que incendia; vida…, eternidad…”

También fueron los tiempos en los cuales penetró en las páginas poderosas de la Imitación de Cristo de Kempis. Libro que leía con rigurosidad, luego de la lectura y meditación del Evangelio. Este clásico de la literatura espiritual católica, además de cargar el corazón a aquel joven seminarista, también sirvió, muchos años atrás, de inspiración para San Ignacio de Loyola en la composición de sus Ejercicios Espirituales. El libro de Kempis propugna colocar a Jesucristo en el centro de la vida de fe y de oración. Imagino a aquel apasionado seminarista regodeando su alma en ciertas líneas del libro, por ejemplo, cuando dice que es “dichoso quien comprende lo que es amar a Jesús, y ser capaces de sacrificarse por Él”, o cuando afirma “Quieras o no quieras, al fin tendrás que separarte de todo lo que es simplemente terrenal. Un día tendrás que abandonar todo esto. Confía en Jesús en la vida y en la muerte. Cuando todo te falle, él no te fallará”. Otro que también leyó la Imitación de Cristo fue San Juan Bosco, del cual dijo: “En mi juventud leí la Imitación de Cristo y me quedé admirado al darme cuenta de que este libro trae más enseñanzas en una sola página que cualquier otro libro en varios volúmenes.” Sin duda, son palabra que en la adultez interrumpida por el odio, pudo haber dicho en cualquiera de sus homilías Monseñor Romero.

La vida de oración del joven Romero se volviendo más profunda e intensa, y ese afán por ir más allá de él mismo para acercarse al silencio pleno que desnudan el aliento de Cristo en la cruz, lo llevaron a contemplar con admiración la espiritualidad jesuítica española, espiritualidad que sembraría en Romero la semilla que germinaría frondosa cuando comience a sentir el dolor de los más pobres en su propia piel. En ese peregrinaje por la oración entra en contacto con otra lectura que será determinante en su vida, más allá de San Juan de la Cruz o San Agustín, será beato Dom Columba Marmion, monje, sacerdote y tercer abad de la Abadía de Maredsous, monasterio benedictino del siglo XIX, situado en Denée, Provincia de Namur, Bélgica. Marmión supo desarrollar en la espiritualidad moderna la persona y misterio de Jesús, junto con una formidable frescura con la que presenta las verdades más sublimes como las más simples del mundo. De este modo, el influjo de su doctrina y ciencia, no sólo permeó en el corazón y mente de Romero sino que llegó más allá del esfera benedictina, llegando hasta papas, gente sencilla, protestantes, ateos y gentes de diversas culturas. De él seguramente aprendió que “Una acción humana es verdadera si está realmente de acuerdo con nuestra naturaleza humana de criaturas dotadas de razón, de voluntad y de libertad”, y que “cuando nuestro Señor se propone unirse a un alma, la hace pasar muchas pruebas; pero si esta alma se entrega sin reserva en sus manos, todo lo arregla Dios para bien suyo, para su mayor provecho, según se lee en san Pablo: ‘Para los que aman a Dios, todo redunda en su bien’”.

El joven Romero seguía su camino sacerdotal sumergiéndose cada vez más en la ascética y la mística que lo acercaba a estar más cerca del sacrificio de Jesucristo en la cruz. Ser un sacerdote comenzó a significar para él morir un poco cada día, escribirá el padre Delgado, hasta entregar toda su vida en aras de la muerte redentora de Jesús, hasta llegar a “ser con Cristo un crucificado que reparte resurrección y vida”, escribirá el propio Romero. Un camino hacia Cristo que San Bernardo de Claraval le ayudó a ver en la Virgen Santísima. San Bernardo, último de los Padres de la Iglesia, el de la boca de miel, derramó en Romero la claridad mariana le destacó en su personal devoción por la Virgen de la Paz. Imagino a aquel joven meditando el consejo de San Bernardo: “Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial”.

Sin embargo, la lección más profunda que en aquellos años seguramente aprendió perfectamente Romero fue lo que es capaz de hacer el pecado, la maldad y la desmedida ambición humana, ya que fue testigo de la oscuridad de la guerra. La Segunda Guerra Mundial desató, no solamente la muerte de millones de hombres y mujeres, de familias enteras, sino que animó al hombre moderno a poner una práctica una nueva manera de hacer política en la cual era válida la desaparición, la tortura y la muerte con tal de que prevalecieran la ideología, el partido y los intereses creados. Romero vio emerger desde las oscuridades del alma humana el nazismo y el comunismo, las ideologías del mal, los totalitarismos que, al final de su vida, pretendieron tener la última palabra. Sin embargo, en esos mismos años, nuestro Monseñor Romero comprendió que, al llevar a Cristo y a María en el corazón, pero especialmente en la mente, nunca la violencia y la muerte tiene la última palabra. Por ello, partiendo de este recuerdo de la vida sencilla de Romero, rescatamos la importancia fundamental que tiene la preparación intelectual y espiritual (razón y fe) de los jóvenes que se desarrollan en los distintos seminarios del mundo. Responsabilidad de las autoridades de los seminarios, pero señalamiento central en la entrega total y absoluta del seminarista en la misión que comienza a asumir para que, un palillo de romero seco, se transforme en árbol frondoso que abriga, protege y anima en la fe.

Laus Deo. Virginique Matri. Pax et Bonum.

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