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Viernes, 02 de Diciembre de 2016

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Opinión

Diversidad en perspectiva

Violadas

Violadas
Mujer irlandesa en una cama de Lucian Freud. Imagen tomada de http://www.4-construction.com/ -

A las mujeres se nos ha impuesto como destino manifiesto la satisfacción sexual de los hombres.

Nuestra sociedad incita y promueve la violación, la permite e incluso la celebra como expresión de masculinidad

Tenía apenas un poco más de 20 años, estaba en una fiesta, y sí, había bebido, casi inconsciente dos compañeros de la universidad comenzaron a tocarme; el primero de ellos tocaba mi pecho, el segundo tocaba mis piernas y comenzaba a desabotonar mi pantalón a pesar de que yo no dejaba de decir “no quiero”. Varios compañeros y compañeras llegaron al espacio donde nos encontrábamos -aunque no se percataron de lo que sucedía- lo cual los hizo rápidamente desistir, y me ayudó a salir del estado de adormecimiento en el que me encontraba; sin embargo, no fue sino hasta mucho después que comprendí que estuve muy cerca de ser violada.

Muchas de las lectoras de esta columna seguro se sentirán identificadas pues en alguna oportunidad habrán estado cerca de ser violadas, o al menos habrán sentido el miedo de ser víctimas de una agresión sexual como consecuencia de la invasión de su espacio, el acoso sexual o la insistencia casi violenta de algún hombre rechazado. Muchos lectores –aunque les cueste admitirlo- también se reconocerán porque de seguro más de uno habrá estado -solo o en grupo- cerca de convertirse en violador.

En esa oportunidad yo salí “sana y salva” de esa situación, sin embargo, diariamente alrededor del mundo miles de mujeres no pueden contar con la misma “suerte”. De acuerdo a ONU Mujeres 1 de cada 3 mujeres en todo el mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas en algún momento de sus vidas, siendo habitualmente los agresores sus maridos o ex maridos, compañeros o novios. Por su parte la Alianza global y fondo para poner fin a la violencia contra los niños, afirma que el abuso sexual contra las niñas es más común de lo que pensamos; los datos del estudio End violence reflejan que 1 de cada 4 niñas a nivel mundial sufre abuso sexual en algún momento de su vida, principalmente por parte de personas cercanas o conocidas.

En el primer Estudio multipaís de la Organización Mundial de la Salud sobre la salud de la mujer y la violencia doméstica realizado en 2005, se observó que el 15% en Japón y el 71% de las mujeres de entre 15 y 49 años en Etiopía referían haber sufrido a lo largo de su vida violencia física o sexual perpetrada por su pareja, y entre un 0,3% y un 11,5% respectivamente referían haber sido víctimas de violencia sexual por parte de alguien que no era su pareja. Así mismo, 17% de las mujeres en la Tanzanía rural, 24% en el Perú rural y 30% en zonas rurales de Bangladesh indicaron que su primera experiencia sexual había sido forzada. En 2012 un estudio realizado en Nueva Delhi reflejó que el 92% de las mujeres comunicó haber sufrido algún tipo de violencia sexual en los espacios públicos, y según un estudio realizado por el Instituto de Pesquisas Económicas Avanzadas (IPEA), en Brasil ocurre una violación cada 11 minutos.

En Argentina y el resto de América Latina la realidad no es diferente. Lucía de 16 años también se convirtió en una estadística, dos hombres la drogaron, la violaron y la empalaron, hasta que por el dolor de la brutal y dantesca agresión su corazón dejó de latir. Pero este no es un hecho aislado, lucia no se lo buscó, y aunque hubiese buscado alguna aventura sexual no se le merecía, ninguna mujer lo merece; por el contrario, este es uno de los muchos actos de violencia contra la mujer que se han naturalizado, cotidianizado y justificado, porque en esta sociedad patriarcal y falocéntrica se nos odia, se nos desprecia, se nos convierte en objetos.

A las mujeres se nos ha impuesto como destino manifiesto la satisfacción sexual de los hombres, por las buenas o por las malas, voluntariamente o por la fuerza, con nuestro consentimiento o sin él, en una sociedad que incita y promueve la violación, que la permite e incluso la celebra como expresión de masculinidad; por lo cual, como afirma Hernán Migoya en su libro de cuentos cortos Todas putas, “violarlas, les aseguro que no produce ningún remordimiento”.

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