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Domingo, 22 de Octubre de 2017

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Opinión

El ojo mecánico | De películas y otras anotaciones de un cinéfilo empedernido

Voltear a ver el país

Voltear a ver el país
Imagen tomada de http://www.hamarama.no/filmguide/ -

Hoy se estrena “El Amparo”, ópera prima de Rober Calzadilla que recurre a un bochornoso suceso del pasado reciente venezolano para reflexionar sobre el presente

El cine venezolano, en tiempos en que los gobiernos no osaban intervenir en los temas de las películas locales, por críticos que estos fueran, siempre miraba de frente la realidad política y social del país. Hablaba de ellas sin cortapisas, con vehemencia. Hoy, con un CNAC que sigue a pies juntillas los dictámenes ideológicos del régimen, sorprende que una obra cinematográfica como El Amparo, de Rober Calzadilla, llegue a la cartelera luego de haber realizado un exitoso periplo por festivales internacionales de cine. Para que se entienda: es como si presenciáramos al Román Chalbaud de Zamora, Castro y “El arañero” estrenar por estos días una visión tan comprometida como la de La quema de Judas. He aquí la sorpresa.

El estreno de El Amparo sorprende, además, porque en esta película se recrea el pasado con el certero objetivo de traer sus resonantes ecos al presente. Es el pasado en presente. Sorprende, de nuevo, no por refrescar en la memoria nacional el bochornoso asesinato, en 1988, de 14 pescadores que luego las autoridades (la policía política y las Fuerzas Armadas) de la época acusaron sin fundamento de guerrilleros colombianos, sino porque el filme mencionado pone en tela de juicio una forma de ejercer el poder que no ha cambiado desde 1988 a 2017: a partir de la mentira, del uso desmedido de la fuerza y con el salvoconducto de la impunidad, aspectos que si bien marcaron la administración de Jaime Lusinchi (presidente de la República cuando se perpetró la masacre), y de muchos otros, se han institucionalizado a niveles groseros en el actual régimen de Nicolás Maduro.

Así, en la obra de Calzadilla el pasado opera como una forma de meter el dedo en la llaga de la degradación ética que en todos sus estratos exhibe un gobierno que ya pasó de una etapa incipientemente de autoritarismo a una dictadura instrumentada desde la ilegalidad. No sorprende, eso sí, que el hecho que se recrea en El Amparo haya sido utilizado en instancias oficiales como una comprobación de la violación de los derechos humanos ejecutada en la llamada Cuarta República. No obstante, y accionado con la superficialidad inherente a los organismos que ejercen de censores, la corta vista del CNAC y de las autoridades culturales en ejercicio hace imposible para éstos entender el verdadero texto de fondo de la película de Calzadilla: la verdad no está en una comisión de burócratas ni siquiera en una ley, sino en quienes se sostienen en sus convicciones para darla a conocer e imponerla.

La propuesta de la dramaturga y guionista Karin Valecillos, así como la puesta en escena naturalista de Rober Calzadilla, apunta a dar relevancia a los dos sobrevivientes de la masacre: Pinilla, encarnado por Giovanny García, y Chomba (José Augusto Arias en la realidad), interpretado por Vicente Quintero, pero muy pronto tales individualismos ceden a una especie de movimiento colectivo local en el que toman parte las familias y los conocidos de los hombres acusados de guerrilleros. Este es un elemento esencial en El Amparo, el sentido de afectación de un pueblo venezolano fronterizo con Colombia, cuyos habitantes se unieron en una sola voz para exigir a las autoridades que dieran a conocer la versión real de los hechos, no las que los excusaba del asesinato de 14 pescadores.

El Amparo no es una película histórica, menos la simple recreación de un hecho pretérito. Tampoco pretende serlo. Es volver a ver el país. Y es que el gran aporte de la ópera prima de Rober Calzadilla está en su conexión con el hoy y el ahora, su crítica es certera cuando pone en tela de juicio la manera en la que la “verdad” se impone desde el poder, un poder que tuvo que enfrentarse a toda una comunidad de pescadores que defendió a los suyos de la mentira.

Es una suerte que la ignorancia sea siempre el talón de Aquiles de los censores, pues sus esfuerzos nada pueden hacer contra la metáfora, contra la poderosa significación de las imágenes. El Amparo no recurre a discursos panfletarios ni aleccionadoras voces en off. La inteligencia y la honestidad con la que está contada basta para reconfirmar que ningún gobierno es capaz de acallar la voluntad de una comunidad que reclama la verdad.

Han pasado 30 años desde que ocurrió la masacre de El Amparo. No todos sus responsables están en la cárcel. Pero todavía en una localidad fronteriza del estado Apure persiste la urgente paciencia de que los asesinos paguen en algún momento. El filme de Rober Calzadilla aviva esa memoria, pero tiene el extraordinario don de llevarnos más allá de los hechos para hacernos reflexionar sobre el poder de la voluntad y de las convicciones personales y colectivas para desmontar las versiones “oficiales”. Un acierto conceptual que se ve coronado por una dirección que marchó en sentido inverso: llevó al plano más naturalista (a la expresión de la gente del pueblo apureño) la experiencia interpretativa de los actores profesionales que participan en el filme. Eso es, cuanto menos, un importante logro artístico.

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