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Sábado, 23 de Junio de 2018

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Opinión

Generación NoMo | Una mirada al universo de la mujer moderna

Del cómo te miras al cómo te ves: los prejuicios del imaginario colectivo

Del cómo te miras al cómo te ves: los prejuicios del imaginario colectivo
- Foto: thefeministwire.com

La mujer de nuestra época parece siempre encontrarse en mitad de una batalla incómoda en como demostrar su valor sin recurrir a viejas ideas sobre su permanencia, poder y capacidad

Hará unos diez años recibí una singular lección de vestuario femenino, por llamar de algún modo la esperpéntica discusión que sostuve con una desconocida en una librería. Me encontraba de pie escogiendo un libro, cuando una mujer a quien jamás había visto decidió que era buen momento para criticar mis botas, mis jeans y mi camiseta de superhéroes. "No sé por qué las marimachas no entienden que deben aprender a respetarse a sí mismas", me dijo, lo bastante alto como para que se escuchara en la librería medio vacía. Cuando me volví a mirarla, me encontré con una mujer de más o menos la edad de mi madre, muy atildada y maquillada, vestida con vestido estampado y zapatos de tacón, que me dedicaba lo que podría describir casi como una mueca de repugnancia. Me quedé de pie, sin saber qué contestar  ¿qué se le puede contestar a semejante comentario?  o si debía reír por la evidente preocupación la manera como había decidido vestirme. La vendedora en el mostrador nos dedicó una mirada asombrada y un cliente que revisaba los títulos de un anaquel cercano se acercó para escuchar la discusión más de cerca.

 ¿Y cómo se supone que debería vestirme para "respetarme"?   le pregunté luego de algunos minutos de silencio. Tengo que admitir que tuve que hacer un esfuerzo para no soltar la carcajada.

Llevar ropa femenina, de buen gusto. Maquillaje como debe ser. Una mujer debe ser siempre digna, donde sea que se encuentre o lo que haga.

La miré. Por supuesto, ella se consideraba muy digna, con su aspecto impecable, su cabello repeinado y su maquillaje untoso. Una mujer con unos bien conservado 50 años o unos pocos 60. Las arrugas invisibles, probablemente por algún procedimiento químico o quirúrgico. Manos impecables, la postura muy erguida. Mientras la contemplaba, pensé en todo el esfuerzo que seguramente le había llevado aquel aspecto, lucir tanta elegancia un tanto artificial, sentir que encajaba en el molde de cómo se supone debe lucir una mujer. Mucho más en Venezuela, país obsesionado con la belleza, la vanidad y el aspecto físico. Sin duda, mi aspecto desordenado, anodino y anónimo de sábado por la tarde debió parecerle casi ofensivo. ¿Cuantos prejuicios llevaba aparejado su comentario? ¿La palabra "marimacho", que me soltó con la boca fruncida y tensa? ¿La mirada sobre mis botas cómodas y utilitarias? ¿La mirada furiosa por mi cabello suelto y despeinado? Pensé en todas las dimensiones de la educación que pesa, de los límites y las restricciones estéticas que llevamos a cuestas como un dolor invisible y anónimo. Pensé en todos los años que aquella mujer debió luchar contra críticas, contra los dedos que señalaban, contra la percepción de la belleza convencida en un criterio de obligación cultural. El disgusto que sentí se esfumó de inmediato. Me quedé de pie, un poco cansada, triste. Desconcertada.

Debe ser muy agotador tener que llevar a todas partes esa máscara suya de mujer digna   le dije sin pensarlo demasiado   Un trabajo duro, pesado, que la debe aplastar a toda hora. Sinceramente, debe ser algo insoportable.

No recuerdo si esas fueron las palabras exactas que le dije o algunas semejantes, pero lo que jamás olvidaré fue la forma como su rostro se recompuso en una mueca dura, helada, tan furiosa que la piel pareció moverse bajo las capas de maquillaje perfectamente aplicado. Pensé en las horas que debió llevarle tener ese aspecto magnífico: el cabello radiante y bien peinado, las mejillas de una tenue textura suave, bajo los polvos y bases cremosas. El cuerpo muy erguido, quizás por una faja, quizás por costumbre. Y de pronto, esa mujer que me imprecaba en público, representó a todas las mujeres que llevan la violencia estética en Venezuela a cuestas. Las que no se atreven a salir sin maquillaje a la calle, las que piden disculpas por no llevar una manicura perfecta, las que lamentan en voz alta no poder llevar mejores ropas como "buenas venezolanas". Pensé en todas las mujeres que se esfuerzan por calzar en un ideal que no existe, en una visión sobre la mujer arcaica y retrógrada. En un deber ser que en realidad es una imposición histórica tan dolorosa como violenta.

Siempre recuerdo esa escena. Lo hago en ocasiones, cuando escribo sobre distorsión sobre la estética de la mujer en mi país o en ocasiones, cuando trato de analizar cómo nos miramos las mujeres actuales. Una percepción angustiosa, dura, desordenada, en ocasiones tan abrumadora que resulta agotadora cuando intentas construirla como una idea comprensible. La recuerdo, cuando me hacen preguntas sobre si vale la pena seguir investigando, escribiendo y reflexionando sobre la presión estética y cultural que soporta la mujer actual. Si tenía sentido, en una época donde lo femenino había logrado importantes reivindicaciones, la diferencia de sexo es mucho menor que nunca antes y en la cual, además, pareciera que la lucha por la inclusión triunfa por un buen trecho. Una época en que la mujer puede vestir como quiera, hacer lo que quiera. Me lo preguntan sin malicia, con toda buena intención. Aun así, el cuestionamiento me produce un profundo malestar, una pesada sensación de cansancio. Como si volver a explicar la misma idea una y otra vez, en ocasiones la convirtiera en intolerable.

Hablo que a nadie le importa cómo se viste una mujer, cómo luce o cómo se comporta. Que cada quien haga lo que le da la gana   comenta con cierta conmiseración. Hablemos claro, ¿a quién le importa que salgas medio desnuda o que te vistas como te dé la gana? Eso no es importante.

Cuando dice eso, pienso en una pequeña anécdota que me ocurrió hace unos años en una entrevista de trabajo. Para la ocasión, elegí llevar una blusa muy sencilla de color blanco y pantalones negros, además del cabello recogido y poco maquillaje. Cuando me senté frente al escritorio del gerente de recursos humanos, el hombre me echó una mirada apreciativa de arriba a abajo y sonrió con aire burlón.

Usted no viene a un convento, viene a una oficina.

No supe qué responder a eso. Recuerdo haberme quedado de piedra en la silla, con las manos húmedas de sudor nervioso y la sensación no solo de encontrarme fuera de lugar, sino, además, en evidencia, aunque no sabía muy bien por qué motivo. Logré controlar mi incomodidad y de alguna forma recompuse mi expresión para lucir una sonrisa amable.

Pienso que mi curriculum es mucho más festivo que yorespondí. El hombre siguió y entonces hizo algo que nunca olvidé: inclinó la cabeza un poco y me miró las piernas cruzadas. Sin disimulo, sin ocultar un ápice la intención. Entonces soltó una carcajada.

Por lo visto, no quiere que se note acentuó la sonrisa. Lo que se quiere vender, se debe mostrar.

No recuerdo muy bien cuando salí de la oficina. La siguiente imagen que tengo de mí misma, es de pie en el ascensor del edificio, temblando de furia y vergüenza y sin saber cómo había llegado allí. Me recuerdo saliendo a la carrera a la calle, con la piel ardiendo de impotencia, de esa sensación de vulnerabilidad que solo experimenta alguien que ha sido humillada de esa forma. Nunca volví a pensar en el incidente, aunque recibí uno que otro correo de la persona que me había recomendado para la vacante. Pero no supe cómo explicarle la sensación de pena, abrumadora humillación y algo parecido a la amargura que me había producido la situación. Lo borré con todo cuidado de mi mente e intenté asegurarme que no había sido gran cosa.

Pero sí lo fue. De la misma manera que lo fue para mi amiga G., que en una ocasión contó a su entrenador deportivo un grave problema emocional y recibió a cambio un abrazo que incluyó un apretón de nalgas. Así de vulgar y violento como suena. Mi amiga se quedó paralizada, abrazada a aquel hombre que la había educado como deportista por más de 20 años, al que respetaba y al que quería, pensando en lo que estaba ocurriendo era en parte "su culpa". Por llevar pantalones de licras ajustadas, por llevar una camiseta ajustada. Incluso por ser mujer. Diez años después me lo contó aún temblando de miedo, de vergüenza. "No sabes el miedo que sentí", me dijo, con la voz temblorosa.

Son escenas y pequeñas circunstancias que te dejan muy claro que la mujer debe luchar contra un muro en el que las imposiciones estéticas tienen un peso y una importancia considerable. Escenas inolvidables, que te hacen preguntarte como te comprende la sociedad en que vives, en que educas, en que te haces mujer. Que debes enfrentarte siempre que puedas, a imposiciones invisibles, a ideas que te menosprecian y te humillan, que te hacen sentir que tu cuerpo, tu aspecto físico, tu identidad está bajo el peso de una evaluación constante y dolorosa que por momento te aplasta como una historia que comenzó antes de tu nacimiento. Ideas que nunca olvidas, de la misma manera en que seguramente debe suceder a Jenny Beavan, la premiada vestuarista de 66 años que recibió el Oscar en la ceremonia de los premios de hace tres años gracias a su trabajo en Mad Max. La gran dama no solo se enfrentó a la opinión masculina de Hollywood rompiendo la regla invisible de llevar un exquisito vestido de noche, peinado de gala y cuidado maquillaje, sino que lo hizo además sin desperdiciar la triunfante caminata hacia el escenario para recoger el más importante reconocimiento a su carrera. Beavan, por entonces de 66 años, tiene algunos kilos de más, una melena rebelde de cabello despeinado y la noche de la entrega del Oscar, no se molestó en llevar maquillaje. En homenaje a la película que le llevó al triunfo, vestía pantalones de cuero, una chaqueta de piel gastada decorada con un cráneo enjoyado y una larga bufanda de seda alrededor del cuello. Sin ninguna semejanza con el desfile de alta costura que se paseó por la alfombra roja, Beaves no solo expresó algunas ideas muy sutiles sobre la apariencia y las exigencias culturales, sino que, además, dejó muy claro que no le interesan, cualquiera que estas sean.

Por supuesto, con toda seguridad será una experiencia inolvidable para Beaves, por tomarse el atrevimiento de contravenir no solo un código de vestuario, sino también una forma de comprender que el tiempo y la noción sobre la mujer como una expresión de individualidad. Aunque ambas tienen relación con la apariencia y la manera como se califica a la mujer a través de ella. Y mientras yo me debatí con el terror del acoso   ese juicio sexual y violento que invade y asfixia  , Beaves convirtió su manera de llevar la ropa   y lo que implica  en un mensaje muy claro. En una clara declaración de principios y de argumentación visual sobre un tema muy viejo: la sexualización y el juicio constante sobre el aspecto físico de una mujer. Con paso firme y después una amplia sonrisa de satisfacción, Beaves levantó la estatuilla e ignoró la risa sin disimulo del director de Spotlight, Thomas McCarthy, la mirada de duro desprecio de González Iñárritu, quien además se niega a aplaudirla e incluso el leve gesto de desconcierto del actor Tom Hardy, que siguió con la mirada el paso de Beaves hacia el escenario como si no pudiera dar crédito a lo que veía. A pesar del rechazo, la censura y el juicio silencioso de una audiencia que exige a la mujer cierto aspecto y que fomenta un tipo de cultura que lo convierte en obligación

Aplaudí a Beaves, desde detrás de la pantalla del televisor, emocionada por no por su gesto sino también por sus implicaciones. Porque de alguna manera esa notoria expresión de poder  de mostrar que la mujer es algo más que la ropa que lleva en un mundo obsesionado con la aparienciaes un triunfo modesto pero significativo en medio de una marejada constante de ideas restrictivas sobre la identidad femenina. Porque Beaves, atacada, criticada e incluso expuesta a la burla pública por haber cometido la imperdonable osadía de ignorar un limitado patrón estético sobre la mujer, no solo deslumbró por su capacidad para ignorar lo evidente sino apropiarse del momento con enorme gracia y dignidad.

Y es que justamente la gracia y la dignidad son las que se ven melladas y vituperadas cuando la mujer debe enfrentarse a una sociedad que le exige y le impone como debe verse a cambio de reconocimiento y cierto éxito social. Como yo, sentada en una silla mientras un hombre juzgaba que me había cubierto demasiado para "ser exitosa", Beaves declaró, sin necesidad de palabra alguna que el canon y el estereotipo está destinado a romperse, a sufrir los embates de una nueva visión de la mujer. De un tipo de espíritu independiente y formidable capaz de crearse a sí mismo y asumir el valor de ese trayecto duro hacia algo más poderoso que una idea tradicional.

Hace unos días, recordé la proeza de Beaves (porque lo fue), cuando la actriz Kristen Stewart se descalzó en la alfombra roja de Cannes y avanzó descalza, triunfante y desafiante hacia el podio en la que le esperaban el tradicional tumulto de periodistas. "Si no le pides a los hombres que lleven tacones, tampoco nos lo puedes pedir a nosotras". Hace un año, la actriz insistía en enfrentarse a la famosa polémica que estalló en el festival, cuando una invitada no pudo atravesar la alfombra roja por no cumplir la obligación de llevar zapatos de tacón alto durante los estrenos diurnos y nocturnos. Por supuesto, el escándalo fue mayúsculo y desde entonces la etiqueta del evento se relajó lo suficiente para evitar una situación semejante. El festival aclaró que no había una regla escrita sobre el código de vestuario (y no la hay, por cierto, como he podido investigar) pero, en resumidas cuentas, hay un peso anecdótico y tácito que insiste en que las mujeres deben lucir de determinada forma para representar "la respetabilidad" del evento.

El lunes pasado por la noche y quizás en uno de los momentos más álgidos del Festival justamente durante el estreno de una de las películas favoritas BlacKkKlansman Stewart aprovechó para enviar un mensaje muy claro sobre las restricciones de vestuarios al Festival, en el que ahora es jurado. Después de recorrer parte de la alfombra y posar frente a los fotógrafos en la entrada del Palais  como marca el recorrido protocolario de los invitadosse inclinó, se quitó los zapatos y comenzó a caminar descalza. La actriz, conocida por su claro y decidido activismo feminista, dejó muy claro que los tiempos en que las mujeres debían obedecer un código de vestimenta para acceder al éxito al menos comenzaban a ser desafiados por una nueva generación de mujeres seguras de su lugar en el mundo y de la forma en que construye una nueva idea sobre si misma. El gesto de Stewart ocurrió al día siguiente en que 82 mujeres de la industria  con Cate Blanchett y Agnès Varda a la cabeza leyeran un manifiesto conjunto en el que declaraban los derechos de las mujeres y su nueva representatividad en el mundo del espectáculo. Poco a poco, la visión sobre la mujer, la presión estética pero sobre todo la noción sobre su identidad supeditada a su aspecto parece decaer en favor de una mirada mucho más profunda, inteligente y perspicaz sobre lo femenino.

Claro está, vivimos en un mundo hipócrita. En uno en el que a menudo se considera que una mujer “demasiado femenina” en ocasiones es menos inteligente o tiene menos legítimos derechos de convalidar sus ideas, por el mero hecho de cómo luce. De la misma manera que se menosprecia a la mujer por no calzar en el canon reluciente y tradicional de lo femenino edulcorado y consumible, lo cual resulta una ironía tan desconcertante como común. De una u otra manera, una mujer de nuestra época parece siempre encontrarse en mitad de una batalla incómoda en como demostrar su valor sin recurrir a viejas ideas sobre su permanencia, poder y capacidad. Y esa quizás sea una lucha que nunca termine, que está en todas partes, pero que vale la pena librar.

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