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Sábado, 21 de Abril de 2018

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Obra macabra

Obra macabra
- Foto: http://www.orecifeassombrado.com/

Curioso poema-bolero necrofílico adjudicado a diversos autores, aunque, hasta que se demuestre lo contrario, es de un escritor venezolano

Mi tía Eloína no es realmente una lectora de poesía. Y mucho menos de cierto tipo de lírica contemporánea en la que algún aspirante a versificador "minimalista" coloque como título de su "inspiración" la palabra "Silla", para luego completar tal arrebato dejando casi toda la cuartilla en blanco y apenas agregando un solitario y lánguido verso: "Presiento que no me sienta bien tu labio leporino". Fin del poema. Es una broma, pero de verdad que hay algunos poetas (afortunadamente pocos) que en lugar de sensaciones o imágenes provocan adormecimiento. Sus logros no podrían medirse con un lirímetro; al contrario, apuntan a los destinatarios con un lirómetro; pasan a la posteridad provocando somnolencias. En contraposición, existen también creadores algo más arriesgados a quienes, por alguna razón, las historias literarias condenan al más per-verso ostracismo, como si hubiera motivos oscuros para asegurarse de que no pasen del momento en que les correspondió escribir.

En la poesía venezolana, uno de esos misteriosos y desconocidos autores se llamó Carlos Borges Requena (1867-1932), un transgresor al que deberían tener más en cuenta quienes se ocupan de historiar nuestro acontecer literario. No tanto porque haya dejado una vasta obra, sino porque debe haber removido buena parte del ambiente eclesiástico, social, político y artístico de su momento. Aunque sin hacerlo demasiado notorio, ha sido considerado por una franca minoría como el primero y menos enrollado escritor erótico nacional.

Si vemos su trayectoria cronológica, nos damos cuenta de que vivió un entresiglo, entre dos dictaduras venezolanas. Alabó a Cipriano Castro, apenas llegado Juan Vicente Gómez, y eso le costó cárcel, pero, oh paradoja, terminó siendo capellán del ejército de este último, luego de que, durante la estancia en prisión, se dedicara a adularlo con sus cuartetas. Sirvió a ambos, pero eso no bastaría para considerarlo un buen rapsoda; está demostrado que apoyar a un sátrapa no ayuda mucho a convocar a las musas; más bien las apoca.

Más cerca de la poesía estaría su desempeño profesional bifronte como pastor de almas y robacorazones. Borges Requena fue un muy particular sacerdote jesuita, condiscípulo del narrador Manuel Díaz Rodríguez (también gomero, pero mejor apreciado por la crítica local). Motivado por sus incursiones etílico-líricas, varias veces renunció a la Iglesia y varias veces regresó a ella, perdonado por el obispo de turno. Arrepentido, reincidente y travieso serían buenos adjetivos para catalogarlo. Deguste solo las dos primeras estrofas de un poema suyo (que a algunos rapsodas "versolibristas" parecerán facilonas porque son rimadas) y saque la cuenta de por qué lo excluirían de la Iglesia y de la poesía:

Ante la imagen de Jesús rezaba
con místico fervor mi devoción,
cuando cerca de mí pasó una hermana,
casi rozando con mi corazón.

El demonio bíblico y maldito
me hizo, ¡Dios mío!, profanar mi rezo,
corrí tras ella, la alcancé, y la vida,
la vida toda se la di en un beso.

No obstante, no es esa la obra más célebre de este original e irreverente cura-bardo. Su producción fue escasa, o al menos eso es lo que se sabe, quizás un par de muy breves volúmenes. Sin embargo, supuestamente su obra más famosa vivió mucho tiempo al amparo nominal del poeta colombiano Julio Flórez, a quien todavía se le atribuye el poema Bodas negras. Sin aclarar que fuera ajeno, Flórez solía incluirlo en su recitales, hasta el punto de que forma parte su obra antologada. Enterado de esto —y previa calificación de "pésimas estrofas" y "versos detestables"—, el propio Borges Requena ofreció en 1912 testimonio escrito de ser el autor y haberla pergeñado (mas no publicado) a finales del siglo XIX; e incluso de haber entregado copia, en 1893, a otro notable y polémico escritor venezolano de su tiempo, Julio Calcaño. Borges confiesa también que tenía el hábito de ofrecer serenatas a las tumbas, vestido de negro, cual "caballero de la muerte". El texto es mucho más que famoso porque —aparte de haber sido inspirado por otra monja— pasó a la posteridad en tono de bolero, con música del compositor cubano Alberto Villalón, quien por cierto también ha sido considerado por algunos el letrista de tan particular canción.

Pero la confusión no termina con eso. Un cantor y arreglista español conocido como Bonet de San Pedro llegó a incluir, sin aclarar nada, la primera estrofa de la pieza en un foxtrop de tema similar y cuyo título es Raska-Yu (1943); de modo que se ha llegado a creer que le pertenece. Siendo tan popular como ha sido e interpretada por diversos cantantes, tampoco extraña que haya sufrido algunas modificaciones a lo largo del camino. También se le conoce como Boda negra/Boda macabra. Según Borges, el verdadero título original es Obra macabra. Cuenta la historia de un enamoradísimo y fúnebre caballero que decide desenterrar a la dama que fuera su novia y contraer nupcias con ella, aparte de haber ejercitado con el esqueleto algunas caricias. Es una joya en cuanto a vocabulario modernista y a imágenes propias de lo que podría denominarse lírica necrofílica. Si usted no lo ha escuchado o leído, aquí transcribo la letra original.

Obra macabra

Oye la historia que contome un día

el viejo enterrador de la comarca:

era un amante a quien, con saña impía,

su dulce novia le robó la Parca...

Todos los días iba al cementerio

a visitar la tumba de la hermosa;

las gentes murmuraban con misterio:

Es un muerto escapado de una fosa.

En una horrenda noche hizo pedazos

la losa de la tumba abandonada,

cavó la tierra y se llevó en sus brazos

el rígido esqueleto de su amada.

Y allá en su triste habitación sombría,

de un cirio fúnebre a la llama incierta,

sentó a su lado la osamenta fría

y celebró sus bodas con la muerta.

Ató con cintas los desnudos huesos,

el yerto cráneo coronó de flores,

cubrió la horrible boca con sus besos,

y le contó sonriendo sus amores.

Llevó la novia al tálamo mullido,

se tendió junto a ella enamorado,

y para siempre se quedó dormido

¡al esqueleto rígido abrazado!

Incluso aceptando la posibilidad de que fuera una parodia, sería difícil hablar de versos carentes de ritmo interno o de métrica desajustada y descuidada cadencia. Al hecho de que el poema iba más allá de los abordajes del modernismo referentes a las relaciones amorosas y eróticas, se añade en este caso una personalidad extravagante y desparpajada. Ya es hora de que las páginas y otros documentos que siguen atribuyendo el poema a Flórez, a Villalón o a San Pedro, corrijan su falacia o, en caso contrario, demuestren que alguno de ellos, y no Borges Requena, es el verdadero autor de Obra macabra.

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